Impactando a más de 100 mil personas, el proceso de expropiación de 76 contratistas petroleras acantonadas en la Costa Oriental del Lago, en Maracaibo y San Francisco, constituyó una de las políticas de mayor impacto jamás antes aplicadas en este país petrolero por parte de un presidente de la República. Fue el comandante Hugo Chávez, quien, en un plan integral de ‘nacionalización’ y reestructuración de Petróleos de Venezuela Sociedad Anónima (PDVSA) inició este proceso de un modo bastante brusco y autoritario.
Fue inconsulto, poco conciliador e impositivo. Chávez, en una especie de cadena de radio y televisión, simplemente anunció la medida y comenzó a proferir su célebre frase ¡Exprópiese! Y de esa forma, sin más ni más, las empresas tercerizadas fueron tomadas por efectivos de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB). Aquello generó una conmoción muy grande en la Costa Oriental del Lago, donde un gran número de habitantes habían desarrollado una dinámica económica importante alrededor de las contratistas y de la propia Pdvsa y de un momento a otro, les ‘bajaron la santamaria’ de un solo viaje.
Bajo la tesis sobre la cual las contratistas petroleras eran ‘fuerzas imperialistas expoliadoras que explotaban a los trabajadores en menoscabo de una remuneración y un trato digno, el presidente Chávez ordenó la ocupación de las mismas.
Una versión sólida
Desde que a Venezuela llegó la llamada Revolución Bolivariana, ha habido una suerte de reinterpretación de la historia. Una reedición de la historia basada en tesis de que, los historiadores con los cuales crecimos y crecieron los mismos líderes de esta revolución, la escribieron bajo un libreto ‘imperialista y hegemónico’ ‘ocultando o disfrazando verdades o medias verdades’.
Se dijo que las contratistas fueron fundadas por extranjeros –americanos, italianos, holandeses- para “robarnos el petróleo e imponer su hegemonía imperialista a través de una cultura foránea que se instauró a través de la explotación petrolera y que, las contratas eran parte de ese macabro plan”.
Esa versión de la historia dista enormemente de la realidad. En más de 500 años, Venezuela sigue siendo uno de los países con las reservas probadas de petróleo más extensas del planeta; hay yacimientos vírgenes y un caudal inimaginable de crudo aún no explotado bajo su suelo, pero, como lo exponía el cronista Teodoro Zabala, quien con un orgullo que le brota por los poros habla inglés, francés e italiano: “En la Lagunillas de 1910 no había ni 50 carros”.
Refiere Zabala, que, en 1912, llegaron al país, con sus geólogos y científicos con amplio conocimiento para iniciar un largo camino de exploración para iniciar con él una etapa de progreso que realmente se vivió en el país.
“Recordamos a la Caribbean Petróleum, a la Floyd C. Merrit y a la Garnet Joslin, que llegaron al Zulia, Falcón, Trujillo y Mérida y abrieron camino hacia lo que vendría luego para el país”.
En los años 50 llegaron a la Costa Oriental del Lago las contratistas Lago Petroleum Company que fue de las pioneras en perforación; posteriormente, Schlumberger prestó sus primeros servicios de extracción de crudo.
La Brawn & Rooth, el varadero y atracadero de Terminales Maracaibo y una de las más recordadas y emblemáticas empresas: Zaramela y Pavan (Z&P) que, en el tiempo y con su indetenible avance se constituyó, además de una fuerza generadora de empleo, en columna de respaldo al camino de la evolución urbanística de Lagunillas, según asegura ‘Teo’ Zabala.
Otras compañías aparecieron para complementar toda esta estructura de apoyo y consolidación de una pujante industria asentadas en la zona de Las Morochas:
- Loffland Brothers
- Compeca
- Cadeco
- Hallibourton
- Flags Instalaciones
- Cobsa
- Muelles y Servicios
- Materiales Batista, entre muchas otras
Y, consecuentemente, alrededor de ellas, se asentaron pequeños comercios que, a su vez, les ofrecían servicios a estas empresas; ventas de comida, venta y reparación de repuestos, fabricantes de tubería y piezas mecánicas, venta y servicios de insumos de seguridad, higiene y ambiente, servicios de transporte marítimo y terrestre, entre muchas otras.
Bajo la sombra del ‘socialismo’
En mayo del 2009 como parte de la llamada “transición hacia el socialismo”, el presidente de ese entonces, Hugo Chávez, decretó la expropiación de 76 empresas que prestaban servicios de transporte y mantenimiento a la estatal PDVSA en el Lago de Maracaibo, una de las zonas con mayor tradición petrolera en el occidente del país.
La Asamblea Nacional (Parlamento) de Venezuela aprobó el 07 mayo una ley que otorgaba al Estado el control de actividades ligadas al sector de hidrocarburos, que permitió estas tomas al día siguiente.
Las contratistas expropiadas se ubicaban en los municipios Baralt, Valmore Rodríguez, Lagunillas, Simón Bolívar, Cabimas y Maracaibo; por mencionar algunas: Zaramela y Pavan (Z&P), Brupalca, Gutesca, De-Ko Construcciones y Terminales de Maracaibo, algunas de las cuales ya mencionamos anteriormente.
PDVSA absorbió la mano de obra de todas esas contratistas que pasaron a ser directas de PDVSA, sin embargo, muchos trabajadores quedaron a la espera de ser llamados.
Comenta un trabajador de PDVSA que esto sucedió “porque muchos de los empleados de esas contratistas se quejaban porque no les pagaban bien, decían que los maltrataban y no cumplían con los contratos colectivos, manifiesta además, que había un ente regulador de esto, que era la Inspectoría del Trabajo y a ellos no les prestaban atención, y como el presidente de ese entonces notó que pasaba el tiempo y se seguían presentando las quejas, sumado a la cantidad de dinero que generaban esas empresas y las grandes deudas por parte del Estado, tomó esa decisión.
“Los dueños de esas empresas eran extranjeros que se vinieron cuando la II Guerra Mundial y fundaron esas empresas, que se materializaron gracias a su esfuerzo y sacrificio, Chávez por lo de las facturas, estatizó las empresas, al principio todo se pintaba muy bonito porque se las dejaron en buenas condiciones”.
¿Y las deudas del Estado?
Ciertamente, cuando PDVSA dejó de cumplir cabalmente –como fue siempre su política- con los pagos por servicios prestados a estas compañías, comenzó la debacle, porque, a su vez, estas tampoco tenían como generar las condiciones de otrora a sus empleados.
El Estado acumuló una deuda muy grande con todas estas compañías y una de las salidas para ‘zafarse’ de ese compromiso era absorber estas empresas.
Pero, las promesas de prosperidad social y justicia obrera que prometió el Mandatario cuando tomó las operaciones nunca se materializaron y a las puertas de los que eran unos bulliciosos muelles industriales en Ciudad Ojeda, ahora sólo se observa un cementerio de máquinas, lanchas y equipos, y con ellos pequeños grupos de obreros buscando trabajo.
“Desde ese momento se perdió el control de todo, el control de supervisión, prácticamente los trabajadores eran los que mandaban, los que decidían, si iban o no iban, si trabajaban o no trabajaban, si se dañaba algo no le invertían dinero o pedían el dinero y en vez de arreglarlo se lo agarraban, y así poco a poco, al pasar los años la situación iba empeorando, se dañaban los equipos, ya que los repuestos eran importados, entonces así fueron desechando” detalla el trabajador petrolero que insistió en mantenerse en anonimato.
Por ejemplo, si se dañaba una lancha, la arrimaban, y comenzaron a desarmar lanchas para armar otras o tomaban las inhabilitadas para repuestos de las que estaban operativas. Eso hizo que la industria decayera al extremo. La mayoría de esos muelles han cerrado, y por eso PDVSA en algunas partes ha quedado prácticamente en ruinas porque ya no se tiene la fluidez de dinero.
El obrero afirma que “con la pandemia empeoró, porque bajó la producción, la extracción de crudo, por lo consiguiente bajó la compra de petróleo, se ha puesto difícil la cosa, las empresas también han paralizado”.
¿Exprópiese o aprópiese?
Aunque parezca increíble, esta acción gubernamental generó, incluso hasta suicidio en algunos de los propietarios de las contratistas, que vienen siendo hijos o nietos de sus originales fundadores.
Una acción de expropiación asume una indemnización inmediata, pero, a decir de estos afectados, nunca llegó un pago por el valor de estas empresas y sus bienes y todavía hoy, el Estado no les ha cancelado dichas indemnizaciones, además de que las compensaciones económicas en ningún momento fueron satisfactorias, y el desenlace posterior de dichas empresas ha sido lamentable y precario.
Todo un misterio
La PDVSA de hoy intenta recuperarse. Parece que aquella frase colocada en letras rojas y grandes, como para que todo el mundo la viera a lo lejos: “Patria, Socialismo o Muerte” fue la crónica de una muerte anunciada, al punto tal, que el propio presidente Hugo Chávez, una vez que supo de su padecimiento de salud, mandó a eliminar la frase y la sustituyó por “Independencia y Patria Socialista, Viviremos y Venceremos”.
Pero, a los efectos, fue demasiado tarde, principalmente en lo tocante al objetivo que persiguió la estatización de las contratistas petroleras.
Ser testigos de esa recuperación no es tarea sencilla para la prensa, pues el acceso a las instalaciones está totalmente negado.
Desde que se inició ese proceso de expropiaciones, aquel día jueves 7 de mayo de 2009, el acceso a las instalaciones para los periodistas es negado. No hay una instalación petrolera que pueda ser pisada por un comunicador social en el sagrado ejercicio de su deber de informar, sin antes pasar por todo un proceso burocrático para que al final, sea negado el permiso si el medio de comunicación va a publicar lo que el periodista y su reportero gráfico observen in situ.
Misma situación ocurre con la industria eléctrica, con las empresas básicas de Guayana y con todo lo que maneja el Estado. Solo los medios del Estado y los afectos al gobierno obtienen los permisos para acceder. Sin embargo, solo basta darse una vuelta por las contratistas y medio asomarse para observar la situación en la que están.
Solo en el recuerdo
El cronista lagunillense Teodoro ‘Teo’ Zabala encarnó la transformación social que trajeron las contratistas petroleras a los municipios de la COL: “Mejores escuelas, mayor tecnología, formación personal, disciplina, sentimiento de identidad y pertenencia, orgullo por la tierra y lo que de ella se produce, fueron los fundamentos aportados por estos empresarios a la comunidad. Eran personas que venían de Europa huyendo de la guerra, preparados, estudiados y muy capacitados y eso lo transmitieron de generación en generación a todos y cada uno de los que llegaron a trabajar con ellos”.
Huellas imborrables
Raúl Fatorello, empresario de origen italiano que creció en Ciudad Ojeda y que fundó su empresa Sitma, en 1986, ilustró para los días posteriores a las expropiaciones las consecuencias que ellas trajeron. “De 50 trabajadores solo me queda uno y para pagarle tengo que hacer peripecias”.
Eso lo contó en el 2010. Al día de hoy, no sabemos si Fatorello aún vive, pero, de estar vivo, con toda seguridad sigue luchando mientras la salud se lo permita.
Fatorello, con toda la sapiencia y conocimientos heredados y adquiridos a base de capacitación y estudios permanentes, fabricaba piezas mecánicas e hidráulicas con alta precisión y prestaba ese servicio a las contratistas petroleras.
Muchas de sus piezas todavía están en las instalaciones de los campos. Para él y su familia la política de estatización, simplemente, le cambió la vida, pero, no para bien.
En este Zulia Histórica en NAM, no es el propósito atacar a Pdvsa ni al Estado, sino mostrar lo que ocurrió tras una política que, tanto afectos al gobierno como opositores y expertos de ambos bandos han calificado como un error, una equivocación, al menos en los métodos utilizados y las consecuencias son notables.
NAM/María Auxiliadora Sabril/Reportajes Especiales
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