martes 27 de febrero de 2024

#OPINIÓN || El Hugo Chávez que conocí || Rafael del Naranco

Apasionado de la elocuencia, el Comandante era un líder que, habiendo dado un sentido de dignidad a los necesitados más paupérrimos, no pretendió, o no supo, hacer que esos desheredados subieran de escalón social; al contrario, azuzó para que la clase media – hoy casi desaparecida en Venezuela – se empobreciera, mientras dividía el país en dos mitades pavonadas de resentimiento, y cuya única salida fue su muerte en La Habana, la cual sigue dejando considerables incertidumbres.

 
Chávez era un sabueso político que terminó entregado en cuerpo y aliento a Fidel Castro, amigo entonces de Carlos Andrés Pérez. Por cierto, ese primer contacto en La Habana, cuyo boleto yo adquirí a pedido de Luis Miquilena, es otra narración esperpéntica para ser descrita en su momento.

Sus ideas vehementes en el campo socioeconómico eran nobles y encendidas, pero sin valor estable, aparte de que se hallaban en un completo desbarajuste, exigiendo una salida esperanzadora cara aquel futuro inmediato.

Hugo, hombre jovial, dadivoso, campechano, entusiasta y risueño, que tan hermosas expectativas creó en un país ansioso de un futuro prometedor, y que acudía a nuestra oficina de la Revista Élite en la Torre La Prensa de la Cadena Capriles, para charlar y tomar apuntes de nuestras palabras, aún permanece activo en nuestro recuerdo.

Después llegó el poder pleno, absoluto, y se revistió en altanero, esquivo, y en muchos aspectos con desequilibradas emociones.

Fidel Castro – hasta entonces muy amigo de CAP- lo secuestró meses en La Habana basándose en una supuesta excelencia hospitalaria que sin duda poseía. No obstante, Caracas contaba con médicos de gran valía, profundos profesionales de reconocida valoración.

Hugo – sin dejar de reconocer sus méritos, que los tenía- solía tener ideas de cuartel y por lo tanto fijas. Mal augurio. Terminó creyendo que nada se hace con votos, sino con borceguíes.

En La Habana, esperando su muerte, siguió encerrado en el pasado soldadesco y en unos sueños ennegrecidos y tortuosos, producto de una enfermedad que aún los venezolanos no conocen con exactitud.

No había leído el “Gatopardo”; tampoco, por supuesto, “Memorias de Adriano”, aunque durante las noches se dedicaba en un profundo duermevela a imaginar edictos para soltarlos en sus arengas de cuatro o cinco horas de duración en “Aló, Presidente”.

A Hugo, alguien, cuando era niño por los morichales de Barinas, un ronquido de viento sabanero o llamado de garza en celo, le indicó el camino a seguir, como a Paulo de Tarso tras una cegadora luz en los ojos camino de Damasco.

En ese llamado arrebatador, el nieto de Maisanta recibió el legado de ser el estandarte de la nueva Iberoamérica, desde Río Grande a la Patagonia, y por eso andaba de Medina a la Meca, vendiendo su doctrina revolucionaria e inventado un nuevo orden mundial, sin saber que ya el príncipe Fabrizio de Salina, recreado en “El Gatopardo” por Giuseppe Tomasi di Lampedusa, había acuñado la frase para entender que la supervivencia política pasaba por una inteligente acomodación, llamada precisamente gatopardismo: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.

El hombre de Sabaneta ciertamente lo intentó, pero aquello largos meses en La Habana, fueron nefastos para él y Venezuela.

El mismo Chávez lo había subrayado infinidad de veces: no tengo contrincantes, sino enemigos, y con ellos plomo parejo.

Su revolución era armada, y él, un animal de guerra, un soldado, como le agradaba decir. Ni pidió ni dio cuartel. Se sentía el guerrero elegido. No requeriría de nadie – acaso un que otro consejo del Bolívar cuyo espíritu deambula en San Pedro Alejandrino – , y aún así, un día le expresamos una frase – la escuchó y no dijo nada – que le habría de retratar de cuerpo entero:

“El líder no se somete a las masas, sino que actúa de acuerdo con su misión. No adula al pueblo ni lo ama. Duro, implacable, toma la espada tanto en los buenos días como en los malos”.

Y es que todo ser portador de carisma como ha sido el suyo, una vez lograda la obediencia absoluta, lleva a la marabunta humana que le sigue mansamente tras su persona, y con ello al despeñadero.

Angustiosamente, la extensa historia venezolana está colmada de esos magros acontecimientos.

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NAM/El Universal

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