Hace una semana llegué a mi casa después de estar siete meses fuera del país.
Abrí la puerta, dejé las maletas, empecé a poner la ropa otra vez en el clóset, a reconocer mis espacios, mis cosas, mis rincones. Y mientras ordenaba, sentía algo mucho más profundo: estaba volviendo a habitar mi vida.
Decir: aquí estoy.
Mi casa está llena de recuerdos. Fue construida en matrimonio, en familia, en conversaciones, comidas, celebraciones, dificultades, risas, decisiones… vida. Mucha vida.
Nunca había estado sola allí.
Y, sin embargo, esta vez llegué sola y no me sentí sola.
Me sorprendió sentir la protección de ese lugar. Como si las paredes guardaran todavía las voces, los abrazos, las historias. Como si cada espacio me recordara que una casa también puede convertirse en memoria, refugio y pertenencia.
He entendido que habitar no es simplemente dormir en un lugar.
Habitar es abrir las ventanas.
Volver a usar tu taza.
Saber dónde está cada cosa.
Sentarte en ese sillón que conoce tantas versiones tuyas.
Caminar por un espacio y reconocer parte de tu historia.
Y también es permitirte construir una nueva.
Porque a veces volvemos a los mismos lugares siendo personas distintas.
Esta semana he hecho eso: habitar, habitar y habitar.
Mi casa.
Mis recuerdos.
Mi presente.
Y quizás eso también sea hogar: ese lugar donde puedes volver a ti, incluso cuando llegas sola.
NAM-Laura la Rosa Colmenarez
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