• ¡A PROPÓSITO DEL INCREMENTO DE ABUSOS INFANTILES! NAM presenta en exclusiva la desgarradora historia de ‘Jazmín’, contada por ella misma

    Lo que leerán a continuación es la realidad en centenares de miles de hogares, en centenares de miles de niñas que no entran ni entrarán nunca en las estadísticas oficiales y no oficiales de víctimas de abuso infantil, una práctica que no es ni de ahora ni de hace poco, es una práctica tan vieja como la historia misma, pero que sirva de advertencia o de ‘sacudida’ a las autoridades, a las instituciones y a la familia misma.

    Tras el incremento, en los últimos meses de los abusos sexuales a menores de edad, concretamente a niñas de entre 7 y 14 años, por parte de padres, padrastros, tíos o primos y peor aún, con el consentimiento de la madre de la víctima, NAM hizo una búsqueda profunda hasta llegar a una víctima quien hoy cuenta con 32 años y fue capaz de compartir su horrible testimonio, el desgarrador infierno que vivió durante toda su niñez y adolescencia, para mostrarnos cuántos sobrevivientes hay desconocidos en este mundo y marcados por la aberración y la complicidad.

    La llamaremos “Jazmín”. Por razones obvias, no divulgaremos su verdadera identidad, además, es irrelevante para el objeto de este reportaje hábilmente realizado por Arelys Munda, una cursante del octavo semestre de Comunicación Social en LUZ, quien tuvo el arrojo y la destreza periodística de poder contactar a la víctima y realizar este testimonial que sigue a continuación.

    I

    Mi nombre es Jazmin, tengo 32 años. Nací en Maracaibo, en el Hospital Central Urquinanoa, el día 19 de febrero de 1990. Nací prematura, porque mi madre, que no llevaba una buena vida, jamás cuidó de mi embarazo: ‘fuiste un error, una metida de pata, me fregaste la vida’ siempre me repitió eso. Son palabras que taladran mi cerebro y que cada vez que pienso en ella me vienen al recuerdo.

    Por ser prematura, tuve muchas complicaciones de salud. Nací con dificultades para respirar, para ver, para comer, para todo, incluso me daban tetero con un gotero.  Los doctores exigían una casa en muy buenas condiciones, con un cuarto sin nada de luz del sol y por lo menos dos enfermeras y un doctor durante las 24 horas del día.  En mi casa y mi familia nunca han sido personas de dinero, cuando mucho, clase media, hasta allí. Desde chiquita sentí el rechazo, principalmente de mi madre.

    Se hicieron cargo de mí, mi tío y mi abuela. Ellos siempre sonríen cuando lo cuentan: ‘Me la traje para la mitad de bloques de la casa’, que era mitad bloque –sin frisar- mitad rancho de lata con todo el polvero, porque no había piso, todo era de arena. Fungían de enfermera mi abuela y mi tía mayor. Afortunadamente, mi tía también había dado a luz a mi prima, éramos de la misma edad, por lo que mi tía me daba de su leche materna para amamantarme, mientras mi mamá no estaba para nada pendiente de mí.

    Muy poco veía a mamá ni compartía con ella; ella nunca tenía tiempo, quienes me llevaban al colegio eran mi tío y mi abuela, que fueron en realidad mis padres. Compartí mucho con mis primos cuando iban a casa. La mayoría son varones y uno de los recuerdos agradables de mi niñez evoca los momentos en los cuales nos íbamos a patinar al mirador, al Parque La Marina. Con ellos aprendí a jugar metras y a volar petacas. Fueron momentos fugaces, pero lindos, aún los recuerdo y sonrío. Jamás olvidaré el olor a pintura fresca que me recuerda a mi tío.

    II

    Mamá conoció a su esposo cuando yo tenía cuatro años, trabajaban juntos en una Panadería. Allí comenzó mi infierno. Ellos vivían en una pequeña casa en el sector Valle Frío, eso era literalmente un hacinamiento. Allí, aparte de él con mi mamá, vivían una hermana de él y su esposo y dos hermanos más. Comenzaron a obligarme a dormir en esa casa los fines de semana, eso era traumático para mí. Cuando llegaba el día jueves, a mí se me arrugaba el corazón y hasta me daba fiebre, luego de pasar ese horrible fin de semana, ellos me llevaban el lunes al colegio y luego volvía a casa de mi abuela, donde era feliz, porque sentía cariño.

    En Valle Frío, esos tres o cuatro días, eran horribles. Soportaba desprecios, humillaciones, me mandaban a hacer de todo cual si fuera una esclava y era apenas una niñita de cuatro años. Cuando cumplí los siete años mamá sale embarazada y ahí fue que comenzó mi película de terror. El tipo era un monstruo y una vez presencié cuando ese tipo lanzó a mi madre del bus de Ruta 2 a la calle, pudo matarla, pero no ocurrió yo llegué pálida y llorando y me amenazaron con pegarme si contaba algo de eso en casa de mi abuela. Allí comencé a vivir los maltratos, él la maltrataba y ella, no solo lo permitía, sino que lo justificaba y lo defendía.

    Al salir mamá embarazada, ellos deciden mudarse a una urbanización llamada Urbanización Urdaneta, situada en La Cañada. Ella decidió llevarme a vivir con ella por un ‘apego’ que todavía no entiendo cuál apego, por pura maldad, me llevó, solo para que le sirviera de cachifa a ella y al marido.

    Nunca disfruté estar allí. Me alegraba de ver los girasoles; había girasoles muy grandes y hermosos, yo los contemplaba y sonreía. En La Cañada teníamos que levantarnos a las 3.00 de la mañana para poder llegar temprano al colegio que quedaba muy lejos. Caminábamos una barbaridad con el cielo aún oscuro, muchas veces sin luna y sin estrellas y con el frío de la brisa madrugadora arañándome el cuerpo. Lo propio era de regreso, pero peor, porque, era a mediodía con el sol a todo lo que daba, pero no llegaba a casa como una niña normal, a bañarme y descansar para esperar el almuerzo. Me obligaban a limpiar toda la casa, extenuada, agotada y roja de sol y no podía comer nada hasta no haber terminado toda la tarea; imagínense una niña de siete años limpiando una casa a pleno mediodía, luego de haber caminado kilómetros bajo el sol; terminaba almorzando a las 4.00 de la tarde.

    Me obligaban a decirle papá al tipo, no porque era lo correcto ni porque él alguna vez se portó conmigo como tal, sino, porque, de no hacerlo me abofeteaban. Me montaba en una gavera de cerveza vacía para llegar a la altura de la batea y lavar los pañales de mi hermanita que ya había nacido. Tenía que lavar sus pañales que eran de tela y toda su ropa, poner a calentar el tetero y esperar que este estuviera tibio. Literalmente yo era la mamá sustituta de mi hermanita.

    Asimismo, me obligaban a limpiar una y otra vez toda la casa diciéndome con desprecio que tenía que ‘ganarme la comida’. Tanto él como ella me lo recalcaban. Yo no lloraba, ya yo venía lamiéndome sola mis heridas y armando una coraza para no mostrarme débil ante ellos, estaba inmuta y no decía nada, pero por dentro quería gritar a más no poder y salir corriendo de ahí.

    III

    A los 9 años hice la Primera Comunión, entonces el tormento fue aumentando, ahora nos mudábamos a Valera, estado Trujillo, ahora sí, lejos de mi abuela y mi tío, de mi casa de infancia, el único lugar seguro para mí. Recuerdo que nos mudamos al barrio ‘El Milagro’ calle 8, donde estaba el colmado de malandros del sector. Lloré como si fuera el fin de mi vida y en verdad lo fue.

    El tipo no me dejaba hablar con nadie, me aisló de todo el mundo, no podía tener amigos ni amigas, entonces, por las tardes, a la hora de la siesta, él me metía en un cuarto y me leía fragmentos del Apocalipsis, del Nuevo Testamento. Siempre he sido muy visual, con facilidad recreaba en mi mente lo que mis ojos leían o mis oídos escuchaban, como si lo viviera y él comenzó a describirme todo aquello del Apocalipsis y yo temblaba de pánico. Era una niña de 9 años y a medida que él leía y me veía asustada, poco a poco iba deslizando su mano sobre mis partes íntimas y yo simplemente me paralizaba. Literalmente hasta la respiración se me cortaba, yo no entendía, porque entonces había mucho tabú, todavía era cosa que le explicaban a uno que los niños los trae la cigüeña y cosas por el estilo, no hay la vorágine informativa que existe ahora y mucho menos en tema de sexo.

    Así que él me leía y me tocaba. Yo me paralizaba, temblaba, pero no decía nada. Sentía un pánico espantoso y mi corazón se aceleraba a mil revoluciones por minutos. Fueron momentos realmente espeluznantes. Sin embargo, yo no entendía, para mí eso era algo nuevo, no sabía entonces que era algo malo que él me estaba haciendo, no sabía que a los niños no se les hace eso.

    Al día siguiente, como en un cuartel me levantaban a las 5.00 de la mañana y tenía que ir a comprarle la comida a los pollos y a los patos; comprar la comida para hacerles el desayuno a los tres. Ya medio alcanzaba en la cocina, ya no me montaba en la gavera de cerveza.

    Yo debía llevarle la comida al hombre a su cama y ya no me gustaba cuando me tocaba ni como lo hacía. Yo lo mordía y salía corriendo, él se reía con ese rostro monstruoso y sínico, afloraba sadismo, morbosidad, cochinada. Me metía por un hueco y me saltaba a la casa de mi vecinito, que también estudiaba en el mismo colegio que yo. A él fue el primero a quien le conté todo. Esas escenas se repetían y se repetían todos los días. El hombre leyéndome y tocándome.

    Entonces, el hombre visitaba a la mamá de mi vecinito y era el momento en el cual aprovechaba de irme corriendo a mi casa, meterme rápido en el baño, ponerme mi uniforme e irme en dos ruedas para el colegio. Bajaba y subía todos los días 113 escalones desde mi casa hasta el colegio, asustada, aterrada y agotada.

    IV

    Al regresar del colegio, simplemente me encerraba en mi cuarto. Mi mamá ya estaba en casa cuando yo llegaba. Jamás me preguntó cómo me fue, qué había aprendido, nada, yo era ahí como la propia arrimada, me encerraba en el cuarto y no podía hacer nada de ruido.

    Por las noches, me acostaba boca abajo y solo sentía la mano que pasaba, desde la altura de la espalda hasta mis nalgas. ¡Que frio tan horrible le da a uno en los huesos cuando siente eso! ¡Qué cosa tan fea! te late el corazón muy rápido, quieres gritar, pero ¿quién te puede ayudar?, tu mamá no lo va a hacer, es peor cuando lo saben y no dicen nada.

    Una vez más me paralizaba mientras él me tocaba y me manoseaba. Ya estaba más grande y ya entendía que estaba mal, pero él me amenazaba y amenazaba con matar a mi mamá si a mí se me ocurría decir una palabra.

    Yo sentía como el cuento del ‘coco’ “viene en la noche y te comerá” es que, yo vivía con ‘el coco’. A los días, ellos –mamá y el esposo- tuvieron un pleito, un problema y me mudé con mi mamá a dos casas de los papás de él. Y fue cuando me envalentoné y le conté lo que pasaba a mi mamá, le dije que no quería vivir más allí, que prefería irme de esa casa a vivir debajo de un puente.

    Ellos se sentaron a conversar y al día siguiente, hicieron como una especie de reunión familiar donde mi mamá me obligó a ponerme de rodillas delante de ese siniestro para pedirle que me perdonara por las cosas que yo había ‘inventado’ de él. Me amenazó con internarme en un reformatorio si yo abría la boca y seguía diciendo esas cosas.

    Desde entonces, mamá me fue afeando. Me vestía con ropa de varón o ropa ancha; no me dejaba soltarme el cabello, no utilizaba short ni vestido de ningún tipo. Los zapatos que me compraba eran dos tallas más grandes de la mía.

    Yo iba creciendo rebelde, llena de mucha rabia y a diario, cuando ya no me quería dejar tocar por mi padrastro, éste tomaba un cuero de vaca y con eso me pegaba hasta que me dejaba toda morada.

    Entré al liceo y no me dejaron ir al compartir de mi graduación, pues mi padrastro decía que no sabía qué cosas iba yo a hacer ahí.

    V

    En el liceo conocí mucha gente y me integré a un grupo de muchachos que asistían a un apostolado parroquial. Fue la mejor vía de escape, fue algo que puso Dios en mi camino para aliviarme un poco el terror de mis día a día.

    Le pedí permiso a mi mamá para que me dejara ir por las tardes. Le imploraba que me dejara ir, que yo haría todos los oficios de la casa antes de las 3.00 de la tarde que llegaba su esposo de trabajar y a esa hora me iba. Allí me divertí muchísimo haciendo lo que me gustaba que era leer, cantar, escuchar cuentos, pero lo más importante de todo, olvidarme de mi casa.

    Nuevamente me desilusionó el saber que en mi casa no aprobaban que yo asistiera a la iglesia. Jamás fueron a ninguna de mis presentaciones, nunca me acompañaron a nada. Una vez le comenté al sacerdote lo que estaba pasando y él me preguntó si yo tenía familia y a regañadientes le contesté: “si, padre, si la tengo, pero ellos no me quieren”.

    Comenzaron a no dejarme ir a la iglesia y a pesar de todo, mis calificaciones eran buenas, porque le ponía empeño a los estudios todo en el afán de olvidar, de distraerme y entonces, el tipo, con el cuento de ‘darme afecto’ comenzaba a hacerme cosquillas y esas coquillas no eran otra cosa que apretujones y arrecostones contra la pared, sobadera por todos lados. Son las manos más repugnantes que me han tocado. Ya no temblaba, ni me paralizaba, simplemente sentía asco, repulsión, pero vivía amenazada. Lo más asqueroso era cuando pasaba sus labios por mi cuello, luego yo lo empujaba y me lanzaba corriendo a la calle, era más seguro estar en la calle que en esa casa.

    Después agarraron la manía de fabricar, con unos coladores y un rallador de queso un polvo blanco que colocaban en unos pitillos. ¡Lo que es la inocencia! ¿qué iba a saber yo que era droga? Me ponían a sellar los pitillos con un yesquero. Fue cuando pedí prestada una llamada a la vecina y llamé a mi abuela en Maracaibo para contarles lo que hacía aquí en mi casa en los ratos libres con los pitillos y a los dos días me fueron a buscar a Trujillo.

    VI

    Me volvió el alma al cuerpo; volvió a tomar algo de color mi vida, estando en mi casa de siempre, de donde nunca debí salir, donde era feliz. Ya no había más palizas ni toqueteos ni malas caras ni humillaciones ni trabajos forzados ni almuerzos a las 4.00 de la tarde ni noches sin cenar.

    Mamá siempre supo que el tipo me tocaba, lo sabía, era consciente de eso, porque ella me obligaba a verlos a ellos teniendo relaciones sexuales sin pudor alguno (hubo épocas en mi vida, durante años en donde no soportaba que nadie me mirara) solo recordaba como ella se reía mientras yo la miraba, es tan grotesco e insensible por parte de una madre.

    Regresé cuando cumplí 14 años, ya era una señorita, pasé viviendo una historia muy fea durante siete años tratando de escapar de una pesadilla y resulta que ellos se devolvieron ‘porque yo no podía crecer sin mi mamá’.

    Una vez más, me secuestraron, porque eso era lo que yo sentía, que me secuestraban para maltratarme, humillarme y hacerme su esclava. Así que de nuevo a revivir el horror. Nos mudamos para detrás del Centro Comercial Sambil Maracaibo. Miré perpleja a mi madre y le dije: “¿Es en serio?” pues, sí, era en serio, a vivir de nuevo con el enemigo.

    Afortunadamente, en medio de tantos maltratos, a la edad de 15 años conocí a un muchacho pudiente, nos enamoramos, amor adolescente y eso fue lo que me salvó. Yo le conté a él y a su mamá y ésta le reprochó a la mía y la mía le salió con cuatro groserías diciéndole que yo no era hija de ella y que eso no era su problema.

    Pero me regresé donde mi abuela y tuve dos años de noviazgo con este muchacho, luego, la relación se acabó y mi mamá me reprochó que yo era la culpable de que su matrimonio se estaba destruyendo por mi rebeldía y tuvo el tupé de insinuarme que hiciera lo que su esposo decía y ya. Era que él me quería para satisfacer su morbo y su mente retorcida conmigo y seguro manipulaba a mi mamá con dejarla si ella no hacía que yo volviera a casa para él seguirme abusando.

    VII

    Llego un momento crucial, termine mi relación, me iba mal en la universidad, y como castigo debía volver a casa de mi mamá. Creo que fue uno de los días más duros de mi vida. Llegue a casa, fui a la tienda y compre cinco sobres de Campeón (veneno para ratas) me tome 4. Prefería estar muerta que volver a casa con esa gente tan repugnante. Prefería no volver, antes de matar a alguien o que se yo, o seguir aguantando palos o hambre porque no hacia lo que alguien más quería que hiciera, porque no estaba dispuesta a seguirme dejando abusar.

    Recuerdo que mi mamá no fue al hospital; mi tío se cansó de llamarla y ella nunca llego. Me hicieron nueve lavados estomacales y estando consciente me preguntaban porque lo había hecho y Yo sólo le contestaba a los doctores y a los enfermeros que tenía problemas familiares.

    Tío sólo lloraba no entendía nada; del Hospital Central me trasladaron al Chiquinquirá, porque, allí había hematólogos, ambulancias y todo lo que hiciera falta para salvarme la vida. Sinceramente, me dolía por mi tío; pero no quería que nadie me salvara la vida. Quería que me dejaran descansar de tanto sufrimiento.

    Llegando al ‘Chiquinquira’, los médicos dijeron que ya no podían hacerme más lavados porque tenía los latidos del corazón a 14 (demasiado lento). Y la misma pregunta ¿Por qué lo hiciste? Y La misma respuesta: “tengo muchos problemas familiares”.

    Recuerdo vagamente que muchas voces hablaban, muchas personas, centros de cama, inyectadoras, soluciones, agua mineral, carbón; la puerta sólo abría y cerraba sin parar. Tío del otro lado de la puerta le mandaron a quitarse la correa, los cordones y todo lo que sirviera para amarrarme, el accedió a todo lo que los médicos decían.

    Debían amarrarme para que yo no me quitara el oxígeno o no intentara de nuevo matarme. El medico salió y dijo que yo era muy joven, una muchacha de 17 años y mi organismo estaba muy débil: “se tomó cuatro papeletas de esto que tenía en el bolsillo, solo responde que por problemas familiares (…) Debe mirarla y despedirse de ella, porque, le inyectaré ‘Atropina’ y puede que reaccione o puede que no”, le dijo el galeno a mi pobre tío.

    Entré en un proceso como de shock; me inyectaban la medicina cada 5 minutos, porque, tenía los latidos del corazón a 14 por segundo. Literalmente estaba muerta. Estuve dos días o tres días así. Pero, el medicamento sacó todo de mi subconsciente, comencé a exhalar toda la inmundicia que viví con esos seres y ahí se supo todo. Yo estaba inconsciente, pero en mi delirio lo dije todo.

    Ese hombre nunca pago por su abuso; según mi mamá, él nunca me abusó, todo fue ‘un invento mío’. Quince días estuve en el hospital, cuando dejé de reaccionar a los medicamentos y estaban a punto de desconectarme, desperté. Afortunadamente no se me daño ninguno de mis cinco sentidos. Los tengo todos bien. Al salir del hospital, como se vio amenazada y acorralada por mi verdad, Mamá tomo nuevas decisiones: encerrarme nada menos que en el Hospital Psiquiátrico de Maracaibo, que es, literalmente, el infierno en la tierra.

    Me encerró alegando que yo le podría hacer daño a ella, a su pareja e incluso a su otra hija; y como temía por la seguridad de los suyos era mejor dejarme allí que llevarme a casa. Lloré, me sentí muy frustrada, era menor de edad y no podía hacer nada. Llamé, grité, supliqué que no me dejaran allí, pero nadie pudo hacer nada.

    Tío conocía gente allí, enfermeros que vivían cerca de la casa y gracias a ellos me colocaron la inyección pertinente. Allí estuve por más o menos alrededor de una semana, no recuerdo, siempre estuve sedada, por lo menos la mayoría del tiempo. Mi tío -tan bello- pagó a esos señores para que me tuviesen en el cuarto de enfermeras, así no sufriría violaciones ni maltratos de parte de los demás internos.

    Al sacarme del Psiquiátrico me devolvieron a mi casa ¡Que infierno, Dios mío! Allí mi encantadora madre me mantuvo sedada por cinco meses con ‘Paxil’ y ‘Valcote’ medicinas realmente fuertes, me colocaban un pañal y solo me despertaban para comer y luego me encerraban con llave en un cuarto.

    Los Domingos no me daban los medicamentos, porque me visitaría mi familia, lo tenían todo planeado y lo disimulaban muy bien. En aquellos días, una vecina me susurro al oído: “deja de tomarte las pastillas, te quieren volver loca, guárdalas y me las das cuando venga yo me las llevo”.

    Increíblemente, eso fue lo que me salvó. Parece ese día haber escuchado la voz de Dios. Eso fue lo que hice, las deje de tomar le daba a la vecina, no sé, alrededor de 20 pastillas, cuando mami llegaba yo me hacia la muerta.

    Hasta que un día me levanté, ya iba a cumplir 18 y dije que iba a salir con mi vecina. Agarré un morral, me fui a casa de mi abuela y hasta el sol de hoy no volví a vivir con mi mamá.

    Me sometí a tratamiento psicológico, durante 2 años más o menos, así fue como Salí adelante, me colocaba en las computadoras a armar rompecabezas y realizar crucigramas para ejercitar el cerebro. Leía en voz alta para terapias del lenguaje, salía al parque para volver a caminar y aquí estoy. Viva y Libre.

    VIII

    Con mi madre no tengo ningún tipo de trato. Ella sigue viviendo detrás del Sambil y yo aquí en casa de mi abuela. De vez en cuando la saludo, no la odio. Si algo he aprendido con todo esto es que odiar te hace más daño a ti que a la persona que odies y no tiene sentido, porque las personas no cambian porque tú las odies.

    A mi hermana no le hablo, es decir, no tenemos trato de ninguna clase, ha de ser por lo mismo, porque no tengo trato con mi mamá, ambas vivimos en un mundo muy diferente, yo nunca pertenecí a su mundo, simplemente fui un obstáculo en su vida, un estorbo.

    A toda niña que haya pasado por esto o que lo esté viviendo, le digo que las cosas pasan y de todo eso uno aprende. Que es duro, pero que todo va estar bien; Dios siempre pone ángeles en el camino que te ayudan a salir, a escapar de esa situación y que no albergue odio en su corazón.

    Aprendí que cada persona vive en su mundo y nadie va a cambiar, así sepan que lo están haciendo mal, la gente no cambia, porque justificarán sus actos y siempre te señalarán a ti como culpable, aunque al final no lo seas. A pesar de que mi mamá y ese hombre se separaron, ella lo sigue queriendo y eso es criticable, pero al final, ella no va a cambiar, porque ella está convencida que somos los demás los que estamos equivocados y ella no.

    ¿Un daño irreversible? No tengo pareja y no creo que la llegue a tener. Gracias a lo que padecí vivo siempre desconfiando y no estoy dispuesta a permitir que nadie más me dañe a mí o a mi hijo. El padre de mi hijo, cuando yo salí embarazada me encerró en un cuarto con llave porque él decía que yo no me iba a ir de la casa, pero ya yo estaba más que clara que no iba a permitirle a nadie un solo maltrato más y me fui.

    Simplemente no confío, no confío en nadie, yo estoy bien sola, estoy tranquila, criando a mi muchacho sola y es mejor así. No tengo pareja gracias esas inseguridades, literalmente tengo tres años sola y no sé si algún día eso pueda cambiar.

    XXX

    Jazmín estudió, con mucho esfuerzo y dando trompicones, pudo sacar su carrera de contaduría en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de LUZ y está a punto de graduarse de contadora. Es talentosa, le gusta escribir, le encanta la poesía, la literatura, le gusta pintar y le gusta la fotografía. Ama la naturaleza, adora las flores. Tiene un niño de tres años al cual cría con mucho amor, haciendo diametralmente todo lo opuesto que su madre hizo con ella. Sigue viviendo y contando su experiencia para que otras víctimas puedan tener el valor que ella tuvo.

    NAM/Ernesto Ríos/Arelys Munda

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