La labor de la Iglesia católica de aliviar el hambre de los migrantes en la frontera con Venezuela, alcanzó este martes una cifra que ya retrata su desbordada capacidad: un millón de almuerzos se han repartido en el hogar de paso La Divina Providencia, que desde hace dos años atiende a la población venezolana en el sector de La Parada, a pocas cuadras del puente internacional Simón Bolívar.

Dos años después, la distribución de estas raciones, entregadas por las manos de 800 voluntarios, se quintuplicó y, tras el cierre de frontera del pasado 23 de febrero, ya se sirven más de 5.600 raciones diarias, una demanda superior a las dos toneladas de alimentos que proporciona Naciones Unidas a través del Banco Mundial de Alimentos para elaborar los menús.
“Nos hemos querido poner al servicio de los hermanos venezolanos y vivir la caridad con ellos, quienes viven en situaciones de pobreza muy complejas y de necesidad (…) Con el paso del tiempo, hemos notado un deterioro de las condiciones de vida de estos migrantes, principalmente en las madres y en los niños, que siempre son nuestra mayor preocupación”, indicó monseñor Víctor Ochoa, obispo de Cúcuta.
Si bien este año el albergue estrenó una zona con baterías de baño y amplió sus instalaciones, el lugar ya se quedó pequeño frente a la afluencia de migrantes que se amontonan en la entrada desde las 11 de la mañana hasta las 4 de la tarde.
Debido a esto, los encargados del lugar estudian la compra de más comedores, la instalación de una nueva cocina para atender a más población migrante y la ubicación de consultorios de medicina general con enfoque en mujeres gestantes y menores de edad.
Durante la eucaristía celebrada a propósito de esta conmemoración, el clérigo aprovechó para solicitar ayuda a los entes territoriales por medio de recursos y logística, que sigan garantizando el amparo de esta acción humanitaria.
El Tiempo / NAM / Samdy Godoy
