La madre seguía buscando a su hijo cuando él ya llevaba meses muerto.
Todavía caminaba lentamente por pasillos de tribunales, cárceles y oficinas públicas con una carpeta doblada contra el pecho, preguntando el mismo nombre una y otra vez, mientras en algún archivo del Estado venezolano la historia ya había sido cerrada como un trámite más.
A veces alguien le decía que volviera al día siguiente.
A veces le aseguraban que no aparecía en el sistema.
A veces nadie siquiera levantaba la mirada.
Y ella regresaba.
Porque las madres no dejan de buscar solamente porque el país se haya acostumbrado al silencio.
Durante más de un año, aquella mujer anciana, Carmen Teresa Navas, recorrió oficinas preguntando por su hijo, Víctor Hugo Quero Navas, detenido el 1 de enero de 2025 en Caracas por funcionarios vinculados a organismos de inteligencia del Estado venezolano. Según organizaciones de derechos humanos, posteriormente fue recluido en el Internado Judicial Rodeo I, una cárcel señalada reiteradamente por denuncias de torturas y tratos crueles.
Lo buscó entre listas incompletas, rumores de traslados, custodios que hablaban en voz baja y funcionarios entrenados para no decir demasiado.
—Por favor, díganme algo sobre mi hijo… no sé su paradero—, seguía suplicando la señora Carmen junto a otras madres que preguntaban por sus hijos detenidos.
Mientras ella esperaba noticias, el Estado ya sabía algo que decidió ocultar: su hijo había muerto meses atrás.
El propio Ministerio para el Servicio Penitenciario reconoció finalmente que Víctor Hugo Quero falleció el 24 de julio de 2025 en el Hospital Militar Dr. Carlos Arvelo de Caracas, luego de haber sido trasladado desde El Rodeo I por complicaciones de salud. La confirmación oficial llegó en mayo de 2026, casi diez meses después de su muerte.
Esta es quizá una de las formas más crueles de violencia moderna. No solamente arrebatar una vida, sino administrar la incertidumbre. Convertir la esperanza en un castigo prolongado.
Porque mientras no exista confirmación, una madre sigue imaginando posibilidades.
Quizás lo cambiaron de cárcel.
Quizás está incomunicado.
Quizás mañana llamen.
Quizás todavía respire detrás de alguna puerta cerrada.
La anciana seguía viviendo dentro de esos “quizás” mientras el país burocrático ya había enterrado la verdad.
En Venezuela el silencio dejó hace tiempo de ser una omisión. Se convirtió en un método.
No hizo falta una sentencia pública ni un comunicado solemne. Bastó el viejo mecanismo del desgaste: dejar que la madre envejeciera preguntando. Que caminara bajo el sol con documentos en la cartera. Que esperara horas en bancos metálicos. Que regresara a casa sin respuestas. Que el tiempo hiciera el trabajo de la resignación.
Hay algo profundamente devastador en imaginar a esa mujer despertándose cada mañana con la obligación de seguir buscando a su hijo. A su edad, cuando debería estar descansando, terminó convertida en investigadora de un país roto. Ella misma tuvo que perseguir la verdad que las instituciones decidieron esconder.
Mientras preguntaba por su hijo, otros ya habían firmado papeles.
Mientras esperaba noticias, otros ya habían cerrado expedientes.
Mientras conservaba una mínima esperanza, alguien ya había registrado la muerte. Eso es lo insoportable.
No solamente la pérdida del hijo, sino la frialdad organizada alrededor de la pérdida. Porque el horror contemporáneo muchas veces ya no necesita gritar. Se expresa en una ventanilla. En un sello.
En un “no aparece”. En un funcionario incapaz de sostener la mirada de una madre desesperada.
Y quizás lo más terrible sea esto: durante meses ella siguió buscando a un hombre que el poder ya sabía muerto.
La dejaron continuar.
La dejaron regresar.
La dejaron esperar.
En otros países las familias reciben llamadas oficiales, certificados, explicaciones.
En Venezuela muchas veces reciben rumores. El rumor sustituye a las instituciones. Alguien dice haber visto al detenido. Otro asegura que fue trasladado. Otro comenta que quizá está enfermo. La verdad se vuelve una sombra dispersa entre pasillos oscuros y voces incompletas.
Así viven hoy miles de familias: suspendidas.
Ni duelo ni esperanza completa. Apenas incertidumbre.
Por eso esta historia duele tanto. Porque no habla únicamente de un periodista muerto, ni de un venezolano fallecido bajo custodia del Estado. Habla de una madre anciana atravesando sola el laberinto de un país donde la verdad también parece detenida.
Y hay algo casi cruelmente simbólico en todo esto: mientras ella caminaba lentamente preguntando por su hijo, el tiempo seguía avanzando sin misericordia. El cuerpo envejece. Las piernas se cansan. La memoria falla. Pero una madre continúa buscando incluso cuando el resto del país ya aprendió a callar.
Tal vez ese sea el retrato más exacto de la tragedia venezolana: mujeres mayores cargando carpetas gastadas mientras persiguen respuestas que el poder decidió esconder.
No sabemos cuántas veces aquella madre repitió el nombre de su hijo frente a oficinas indiferentes. No sabemos cuántas noches durmió esperando una llamada imposible. No sabemos cuántas veces creyó escuchar una noticia que nunca llegó.
Lo único cierto es que siguió buscando.
Y eso es precisamente lo que vuelve esta historia insoportable.
Porque lo más cruel no fue solamente la muerte.
Fue permitir que una madre siguiera preguntando por un hijo que ya estaba muerto.
NAM/Profa Luz Neira Parra
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