viernes 19 de abril de 2024

¡ZULIA HISTÓRICA EN NAM! El Príncipe aún vive: Udón Pérez ¿Qué lo inspiraba? ¿Cómo se hizo poeta? ¿De dónde su musa?

Udón Pérez mordisquea con frucción un puro de una antigua fábrica de La Habana, mientras saluda al grupo de parroquia nos que, al desfilar por la entrada del bar La Zulianita, de don Pradelio Angulo, deviene en un coro griego que saluda: «Como esta, poeta?»

Y él, orgulloso y declamativo, como siempre, les responde, vociferante como un trueno: «Aquí, feliz de verlos caminando por mi Maracaibo». La ciudad le pertenece. Es su verbo el que convierte a la pequeña urbe en ciernes en su principal escenario. Es él, el poeta a quienes las personas nombran, con orgullo gregario, «El Príncipe».

Y, a la par que le construye versos para narrar episodios épicos, también reparte metáforas entre la gente, para los distintos acontecimientos sociales: un poema en ocasión del nacimiento 0 bautizo de un hijo; una elegía a la madre viva o muerta; un juramento encendido de amor eterno.

Todo pasa por su máquina versificadora. Un tipo de carácter fuerte, pero siempre; listo para repartir palabras como prodigios. Por eso lo querían tanto. Nació el 6 de marzo de 1871 y cuando falleció, de un paro cardíaco, el 24de julio de 1926, la ciudad lo lloró como par nadie nunca antes lo había hecho. Era una leyenda viviente. Y él lo sabía.

Exhala de su habano un ciclo de volutas que, enrollándose en sus gruesos mostachos, dibujan en el aire una ciudad en cuyo puerto nunca cesan las actividades comerciales. Café con aroma de poesía.

Desde las regiones productoras de los Andes y Colombia llegan centenares de bultos que terminarán humeando en las elegantes tazas servidas en los cafés de Roma, Londres o Paris.

Udón lo vive, a su modo, en la modesta población lacustre de 50.000 habitantes, en la cual nació y de la que nunca querrá marcharse. A él se lo llama por uno de los 200 teléfonos que, a finales del siglo XIX, sirven a la gente. Una época floreciente.

«Ante a infamia, ante el vicio inmundo
podrá callar el mundo;
la justicia faltar, si mal se inspira:
más no mi maldición a los perversos,
mientras estalle en versos
la cólera sagrada de mi lira.»

Hombre cotidiano

Udón se levantaba temprano, corregia algunos de sus poemas. Cerca de las 10:00 de la mañana estaba vestido, casi siempre de blanco lino. No le faltaba bastón ni sombrero impecable.

Prefería caminar antes que aceptar las constantes «colitas» que le ofrecían los choferes. Recorrer la plaza Baralt era su primera aventura cotidiana. Topaba con vecinas tempraneras que espiaban la calle a través de las ventanas.

Gentiles muchachas le ofrecían el brazo. Todos querían el privilegio de compartir al poeta. Y para ellos siempre tendría una rima.

Gobernaba Jesús Muñoz Tébar y en el Zulia había 35 escuelas preparatorias, 12 elementales, tres superiores, cinco nocturnas y una de dibujo. Los pintores Julio Arraga y Manuel Puchi Fonseca estaban becados en Italia.

Udón lo contempla todo. Casi todo el mundo estudiaba en alguna institución. Ellos eran sus «fans». Para ellos vivía.

«El se convirtió en un ser importante para la ciudad, por poeta, más que por su poesía. La gente lo adoraba como un ídolo, como su creador de versos maravillosos que reflejaba a las personas en sus distintas facetas de alegría 0 tristeza», comenta Cosimo Mandrillo, autor de La ciudad de Udón” ,un libro indispensable sobre el autor de la letra del himno del estado Zulia.

EI poeta, de fino porte, caballero de una época en la que el machismo rige con sus códigos de ética, se reconoce a sí mismo como un hombre en contacto permanente con mucha gente, ora en el mercado, ora en la plaza y sus famosos bares, en los que la ciudad solía congregarse a diario.

En ellos le gusta beber, hablar de arte y cultura, para redondear cada tarde con la lectura de sus versos. Eso define esencialmente el espíritu de su poética: historias talladas en palabras floridas para enorgullecer a sus paisanos.

Termina de leer cada poema y los aplausos reportan admiración y perplejidad. Y allí está él, Udón Pérez, viudo y padre responsable, preparando ya otra declamación. Y la alegría anima la melancolía de los ocasos de la Maracaibo con bombillas alimentadas con luz eléctrica, donde el tranvía cruza Bella Vista con farragoso estruendo.

El héroe bigotudo que era Udón, con revólver al cinto, escancia tragos de brandy añejo. Su mirada vuelve a perderse en el confín de la memoria:

«Mi padre, Santos Pérez, transportista, vivía de sus viajes desde Maracaibo a la Guajira.

Se casó con una muchacha de La Cañada, llamada Josefa Machado, cuya madre era una mujer muy fuerte, tipo caudillo era mi abuela. El hombre no tardaría en marcharse a Sinamaica, donde seria enterrado…»

Con su madre se quedó el muchacho, Udón Antero, quien seria famoso por sus letras.

«Había una gran modestia de la pobreza… No era miseria, porque aquí nadie pasaba hambre …Veamos el precio de un menú de la época: un plato de mondongo, 25 centavos; una arepa así(sic) una locha; un bistec, doce cobres y un pocillo de café … Se ganaban salarios de cuatro bolívares…».

Y recorre con lúcida devoción una ciudad con seis tipografías, 16 licorerías, cuatro líneas de tranvías, cuatro periódicos, mas los talleres de fotograbado instalados por los hermanos Manuel y Guillermo Trujillo Duran, quienes introdujeron el cine en Venezuela, cuando Udón solo tenía 26 anos.

Exclusivamente poeta. Esa claridad de vocación le condujo a ganar cuatro veces la Flor Natural, es decir, el premio principal en los Juegos Florales, concursos de poesía que, En su época, proyectaban la musa criolla. Otro medio centenar de lauros liricos encumbro su poética, parnasiana y criollista, influenciada por el modernismo, con ciertos matices del nicaragüense Rubén Darío.

La familia Romero Luengo jugará un papel importante en la vida del poeta. La belleza de las cuatro hermanas: Antonia, Elena, Ana Elía y Delia, florecía durante las festividades patronales de la Chinita y durante los carnavales. En algún domingo, a la salida de misa de once – cuando los hombres vestían de solemne blanco, pajilla incluida, mientras que ellas lucían velos, mantillas y tocados que la moda europea traía en los barcos – él declaró su amor a Delia. Con ella contrajo nupcias y se instalo a vivir en la calle Carabobo, donde hoy se le recuerda.

Tuvieron siete hijos, cuatro hembras que llevaron todas el nombre de su mama y tres varones: Udón, Arbonio y Wintila.«A todos nos canto con su lira enternecida», declaraba este ultimo.

En 1920 murió su esposa, una desgracia de la que jamás pudo recuperarse. Y fue ese contacto directo con la muerte la que impregnó su poesía de unos matices conmovedores.

Su hijo Wintila cuenta: «Los seis años que la sobrevivió fueron de continuos recuerdos, no pudo olvidar a su «ida para siempre ida». Había, en la sala de la casa, un cuadro de su primera Delia y con frecuencia podían encontrarse en el vidrio de aquel cuadro las huellas de sus labios…».

«Vibra un preludio arrullador la orquesta,
i, trémula de dicha, i de esperanza,
se da el concurso a ritmo de danza,
sobre el muelle tapiz de la floresta.
Mi adorada beldad, ágil i presta,
al torbellino armónico se lanza:
más no es mi brazo el que su talle alcanza,
ni es mío el hombro en que su sien recuesta.”

El historiador Luis Guillermo Hernández, coautor del Diccionario del Zulia, interviene para recordar la presencia en la ciudad de Udón, de ciudadanos alemanes, holandeses, españoles, italianos o ingleses, que unirán sus aportes en la construcción de las principales instituciones.

Era una época en la que los conglomerados en cervecerías y botiquines abrigaron la cita cotidiana de los poetas con la incipiente urbe.

«El Centro de la Juventud, de Geramel González; La Zulianita, de Pradelio Angulo, botiquín New York, de Cesar Otero y otros de Pedro Mazzei, acostumbraban  a sacar al frente de sus negocios y colocar sobra las amplias aceras, sillas y mesas … y relucientes plataformas de mármol de Carrara…», apunta J.A. Araujo Belloso en sus Crónicas de cacería.

El intelectual de la ciudad no escapaba a la carencia de centros adecuados de distracción, y por lo tanto frecuentaba diariamente, como buena parte de la población, los nombrados botiquines. Se dio lugar de esta manera a una especie de bohemia literaria y artística, muy común a finales del siglo XIX.

Una tarde de Carnaval, en 1903, Udón Pérez estaba sentado en el bar La Francia. Llegó de pronto un hombre, llamado Ramón Cadenas, quien se acercó y vació un paquete de harina (costumbre popular de juegos callejeros) sobre él. Saco un revolver (siempre lo portaba) y disparó, con tan mala suerte que hirió mortalmente a un coronel llamado Felipe Peralta. El 21 de agosto de ese mismo año fue absuelto. Ningún periódico reseño el suceso, más allá de la reseña necrológica infausta.

Eso da una idea clara del sentimiento de respeto y pleitesía que inspiraba Udón Pérez entre sus conciudadanos.

Un ataque cardíaco segó la vida del hombre que consagro su existencia en función de una obra literaria que el mismo convirtió en su propia leyenda. Por eso hubo tanto conmoción cuando se desmayo, al mediodía del 24 de julio de 1926. Par eso la ciudad lloró tanto aquella tarde, cuando exclamo, en su último estertor:

 «Se me ha ido el mundo». 

NAM/Viejo Zulia

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