El partido UPP 89 (Unidad Política Popular 89) hace público un nuevo documento que lleva como título «Rescate moral del país. La necesidad de crear una nueva referencia política revolucionaria«. El documento viene suscrito por Reinaldo Quijada, Oswaldo Flores y Rafael Nuñez. La UPP 89 es una de las organizaciones, de carácter nacional, que están actualmente vigentes ante el C.N.E. Como partido nuevo no tuvieron que someterse al proceso reciente de “renovación” por estar previamente legalizados.
Manifiestan su rechazo tanto al gobierno/PSUV, como a la oposición/MUD: “Hoy no nos queda otra alternativa ética que enfrentar al presente del gobierno del Presidente Maduro y de la dirigencia del PSUV. Al igual que al pasado de la oposición/MUD y también a sus principales referentes presentes”.
Afirman, sin embargo, que mantienen su total identificación con lo que fue inicialmente el proceso revolucionario, un proceso – que consideran – complejo de entender y sometido a los embates del capitalismo mundial: “Cuando hablamos de la revolución bolivariana hablamos de un proceso político que se caracterizó, en sus inicios, por su frescura, por su espontaneidad, por la “voluntad indomable” de su principal figura, por el entusiasmo general que despertó en la población. Por su vitalidad. Un proceso que no podía estar exento de contradicciones… Un proceso político que ha estado sometido, en lo mediático, a un descomunal asedio, con una campaña incesante de desinformación, descontextualización y agresión que ha buscado erosionar progresivamente la base de apoyo popular del gobierno y generar una percepción de caos total, ingobernabilidad e incertidumbre”.
Y explican las razones de sus diferencias actuales con el gobierno/PSUV, recalcando que si esa campaña de desestabilización de la derecha nacional e internacional es cierta, también lo es que el proceso revolucionario se ha venido progresivamente desvirtuando en su esencia: “todo empezó a entrar progresivamente en un proceso de retroceso e, incluso, de degradación. La política, el socialismo… El proceso revolucionario, el legado de Chávez… La CRBV, la democracia participativa y protagónica, el poder constituyente… Las instituciones, el ejercicio de la función pública, la economía… El trabajo, el conocimiento, la educación, la investigación científica… El lenguaje mismo… Y, por supuesto, los principios y los valores”.
Adicionalmente, denuncian que se ha ido perdiendo la conexión con el pueblo: “La política ya no está al servicio de la sociedad, de la gente, como lo estuvo en los primeros años de la revolución, sino está siendo utilizada en beneficio de un partido, el PSUV, y de su dirigencia”. También reiteran su rechazo a la ANC porque no existen “razones superiores – objetivas, históricas o éticas –” para su convocatoria.
Consideran que “de lo viejo y corrompido – el PSUV y nuestra alta dirigencia actual – no puede nacer lo nuevo” y concluyen que “la única redención posible es el fin de lo que se ha pervertido irremediablemente”.
A continuación el texto completo:
Rescate moral del país
¡La necesidad de crear una nueva referencia
política revolucionaria!
UPP 89 – Documento No. 5
11 de julio de 2017
Hay muchos prejuicios en torno a un proceso político revolucionario como el venezolano. Muchas mentiras o verdades a medias. Muchas incomprensiones. Muchos intereses en juego, empezando por la apetencia por el petróleo venezolano. La intención manifiesta de “torcerle el brazo” a un proceso liberador que ha enfrentado al capitalismo mundial, a la derecha internacional, a los grandes centros de poder.
Existe una discusión en desarrollo en la sociedad venezolana y nos interesa particularmente la que se está dando en el seno de la izquierda (discusión que ha trascendido nuestras fronteras), en apoyo o en rechazo al Gobierno del Presidente Maduro. Una discusión difícil de contextualizar, de enmarcar ya que son muchísimos los elementos a considerar.
Se nos dice, a los que somos críticos al gobierno del Presidente Maduro y que creemos en la necesidad de crear una nueva referencia política revolucionaria, que le estamos “haciendo el juego” a la derecha, que no podemos hacer “frente común” con ella, con los “enemigos de clase”. Que no son admisibles, en este sentido, las “dudas, ni las vacilaciones”. Que hay que entender las contradicciones y las fallas, propias de cualquier proceso de creación humana y luchar por superarlas.
Veamos “las dos caras” de esta discusión.
Una cara de la moneda
Cuando hablamos de la revolución bolivariana hablamos de un proceso político que se caracterizó, en sus inicios, por su frescura, por su espontaneidad, por la “voluntad indomable” de su principal figura, por el entusiasmo general que despertó en la población. Por su vitalidad. Un proceso que no podía estar exento de contradicciones. Su propia complejidad y su entorno lleno de hostilidades así lo condicionaron.
Un proceso que se fue desarrollando en un mundo dominado por el capitalismo, opuesto a cualquier iniciativa emancipadora. En un país petrolero, de economía rentista sujeto a los vaivenes de los precios del petróleo. Y con un sector empresarial, bastante parasitario y poco nacionalista, más preocupado, desde siempre, por apropiarse fácilmente de la riqueza petrolera, por vía del comercio y las importaciones, que por desarrollar una verdadera fuerza productiva nacional y siempre inclinado a preservar sus ganancias mediante una fuga constante de capitales sin precedentes en el mundo.
Un proceso político que ha estado sometido, en lo mediático, a un descomunal asedio, con una campaña incesante de desinformación, descontextualización y agresión que ha buscado erosionar progresivamente la base de apoyo popular del gobierno y generar una percepción de caos total, ingobernabilidad e incertidumbre. Cualquier hecho lamentable que ocurre en nuestro país es maximizado. Se hace lo contrario con lo que viene sucediendo en otros países del continente con gobiernos de la derecha. Y cualquier manifestación que sucede en sectores de clase media, o en aquellos municipios bajo el control de gobiernos locales de oposición, se presenta como si se tratase de situaciones generalizadas.
La oposición y sus medios hacen referencia permanente a la represión de las fuerzas públicas, y ciertamente algún nivel de exceso de ellas existe, pero nunca comparable con la que se vivió en las décadas del 60 al 90. Debemos recordar las masacres de Cantaura, Yumare o El Amparo, los teatros de operaciones, las cámaras de tortura, las desapariciones y un espeluznante etcétera. Es una oposición, por lo demás, en sus componentes más visibles y violentos, que ciertamente recibe apoyo económico externo – siempre lo ha recibido – particularmente de los Estados Unidos, para financiar las “guarimbas” y que, hoy día, les paga a jóvenes de barrio para exacerbar la violencia en las manifestaciones. Y que, incluso, como lo ha denunciado el gobierno, les suministra armas y drogas.
Todo lo anteriormente señalado forma parte de la memoria histórica reciente del país que no podemos olvidar y de nuestro tiempo presente. Y, además, en beneficio de quienes defienden al gobierno, es necesario recordar lo que significó, en sus rasgos más distintivos y generales, la IV República: la exclusión social, los privilegios de los grupos económicos, los “pactos de élites”, la apertura petrolera con contratos contrarios a la soberanía nacional, la lesiva agenda neoliberal, la corrupción institucionalizada y otro largo etcétera. No olvidamos, por lo tanto, el drama de lo que significaría un regreso de la derecha al poder.
Y, aún más allá, yéndonos al plano superior de lo ético, es indispensable ponderar lo que fue el “punto de partida moral” del proceso revolucionario venezolano. Sus principales motivaciones iniciales fueron la lucha por la independencia nacional, la liberación del pueblo y la participación democrática. No es lo mismo, debemos señalarlo enfáticamente, la violencia causada por el gobierno de los Estados Unidos y el imperialismo, en cualquier latitud del mundo que la violencia que pueda haber generado cualquier proceso de independencia o cualquiera lucha liberadora de los pueblos oprimidos o sojuzgados.
En nuestro caso cualquier análisis crítico de la situación actual del país debería preguntarse: ¿Por qué surgió un proceso como el que dio inicio a la revolución bolivariana? ¿Por qué surge un líder como Hugo Chávez? ¿Por qué era necesario saldar la deuda social existente hasta ese momento? El “cómo” y el “por qué” se llegó a la situación imperante en una IV República, que se caracterizó por la mayor de todas las violencias, la violencia, antes mencionada, de la “exclusión social”, debe ser un elemento central de cualquier debate sobre el país. Todo esto, lo anteriormente señalado, sin duda, le dio legitimidad al triunfo del Comandante Chávez en 1998, a la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente en 1999 y, también, unos años antes al proceso popular que se inició en 1989 con el llamado Caracazo y a las insurrecciones cívico militares de 1992. ¿Pero le sigue dando legitimidad al gobierno del Presidente Maduro y al PSUV? ¿A la nueva convocatoria de una ANC?
Veamos nuestra respuesta.
La otra cara de la moneda.
Si bien los signos de deterioro ya empezaban a manifestarse en vida del Presidente Chávez y las contradicciones se acumulaban, éstos se aceleraron con la llegada al poder del gobierno del Presidente Maduro que significó, ante la ausencia del líder fundamental del proceso revolucionario, un reparto del poder y la instauración de una “sociedad de cómplices”. Nadie tenía la fuerza suficiente para imponerse sobre los demás factores de poder, todos se necesitaban, y se necesitan, los unos a los otros. Y todo empezó a entrar progresivamente en un proceso de retroceso e, incluso, de degradación. La política, el socialismo… El proceso revolucionario, el legado de Chávez… La CRBV, la democracia participativa y protagónica, el poder constituyente… Las instituciones, el ejercicio de la función pública, la economía… El trabajo, el conocimiento, la educación, la investigación científica… El lenguaje mismo… Y, por supuesto, los principios y los valores.
Aún quedan algunos logros de la primera década, particularmente en cuanto a lo que ha sido una redistribución social sin precedentes. La misión Barrio Adentro y los invalorables aportes de los colaboradores cubanos; las misiones educativas, la creación de universidades y la municipalización de la educación superior (aunque la calidad ha mermado significativamente); la construcción de viviendas (aunque los servicios públicos se han deteriorado y no han tenido la misma atención); los casi 4 millones de pensionados (aunque financiados con dinero inorgánico que ha causado una descomunal inflación); los alimentos subsidiados a través de los CLAP, MERCAL, etc. (aunque son sólo un paliativo ante la inflación, la escasez y el inmenso desorden económico) y otros logros que podríamos enumerar y que son propios de la dinámica de cualquier gestión social.
No podemos agregar entre los logros ni la recuperación de la soberanía nacional, ni la nueva correlación de fuerzas políticas que surgió en América latina, impulsada por el triunfo de la revolución bolivariana en Venezuela. Esto último ha sido importante, como la creación del ALBA, la CELAC, UNASUR, PETROCARIBE, etc. pero ha venido decayendo ante la derrota de varios gobiernos progresistas del continente, y los errores de partidos, como el PT de Brasil, que es necesario estudiar y, por supuesto, del PSUV. Lo primero debemos cuestionarlo también cuando vemos las concesiones otorgadas a transnacionales en el llamado “Arco Minero”, las grandes ganancias de la banca privada y las empresas de seguros, la reciente negociación de bonos de PDVSA, con un escandaloso descuento de un 69%, con Goldman Sachs y, sobretodo, cuando vemos que muy poco se ha hecho en los últimos 18 años – no hubo la suficiente conciencia para ello – por enfrentar la maquinaria ideológica capitalista.
La política ya no está al servicio de la sociedad, de la gente, como lo estuvo en los primeros años de la revolución, sino está siendo utilizada en beneficio de un partido, el PSUV, y de su dirigencia. Una dirigencia ambiciosa, que no quiere perder sus privilegios y, lo que es más dramático y la hace más peligrosa, atrapada sin salida en sus contradicciones. Y, por lo tanto, aferrada al poder que ahora pretende mantener, por vía de la convocatoria a una ANC, sin que existan razones superiores – objetivas, históricas o éticas – para ello y aunque tenga que llevarse por delante al país.
La desconexión con el pueblo, y la insensibilidad hacia él, es total. Basta con ver la inflación descomunal que el gobierno ha generado, sin buscar contener, en alguna medida el gasto público, cuando menos los gastos suntuarios, mientras la población reclama por comida y medicinas. Ni que hablar de la democracia participativa y protagónica, o del pueblo como depositario del poder constituyente originario. No se cree en el pueblo, se le manipula, se le miente, se le chantajea. Vemos con indignación como se le pide a los estudiantes de medicina integral comunitaria o a los beneficiarios de los CLAP, llenar planillas con las firmas de respaldo para la ANC, con el nombre del postulado “en blanco”. ¿Es esto, al igual que otras prácticas recurrentes, ético o propio de un proceso revolucionario?
El liderazgo de Chávez ocultaba esas debilidades. Obviamente, no son nuevas, ni recientes, pero tampoco, en lo fundamental, como lo señalan los defensores del gobierno de Maduro, son producto de una coyuntura difícil. Un documento crítico, dirigido al partido PSUV y a su dirigencia, como lo es “Las 5 Líneas Estratégicas de Acción Política” así lo evidenciaba a principios (enero) de 2011. Las advertencias y las exhortaciones de Chávez nunca fueron escuchadas:
El reconocimiento… de un conjunto de errores, deficiencias y obstáculos que podrían dificultar el logro del objetivo estratégico, que no es otro que consolidar el camino de la Revolución Bolivariana en su avance hacia el Socialismo.
Nuestro reto inmediato es identificar esos obstáculos, combatirlos y superarlos…
El actual momento político y social exige de la militancia y de la dirigencia del PSUV audacia y honestidad para reafirmar y defender nuestros logros… pero también para encarar los problemas de diversa índole que afectan a nuestra organización: la burocratización, el oportunismo, el sectarismo, entre otros. Ignorarlos o subestimarlos sólo contribuiría al debilitamiento del partido y, por ende, del futuro de la Revolución.
Nada de eso fue escuchado, y para quienes conocemos esa dirigencia, también sabemos que poco le importaba. No hay audacia y menos honestidad. El partido nunca ha dejado de ser una mera maquinaria electoral y lo que le exigía Chávez tampoco se cumplió: “pasar de la cultura política capitalista a la militancia socialista” y “pasar de la lógica del partido-maquinaria electoral a la lógica del partido-movimiento al servicio de las luchas del pueblo”. Ni un paso se ha avanzado en este sentido. Todo lo contrario, el partido es el receptáculo putrefacto de todas las arbitrariedades, abusos, desafueros y atropellos de la política ruin: el irrespeto a los liderazgos naturales, el clientelismo vulgar, la compra de conciencias, la coacción miserable, etc. ¿Alguien puede tener duda o no darse cuenta de ello?
Más allá de Chávez, el resto de nuestra alta dirigencia no tiene capacidad revolucionaria, ni sentido de la responsabilidad personal y menos posibilidad de entender la trascendencia histórica de un proceso. Sólo han utilizado la confrontación ideológica con el capitalismo mundial para encubrir sus inconsistencias éticas y conceptuales. No se puede lograr un desarrollo de la conciencia individual cuando la dirigencia, en cada acción, en cada gesto, en cada práctica, aún en vida del Presidente Chávez, actúa en contrasentido. En el mejor de los casos, el gobierno de Maduro y su dirigencia buscan alcanzar algunas transformaciones de orden material económico – por ejemplo, los llamados 15 motores de desarrollo, aunque éstos sean más una consigna que una realidad – sin encarar el tema fundamental del desarrollo de la conciencia. Y ese desarrollo de la conciencia tendría que empezar por la propia dirigencia, algo que Chávez intentó, y se empecinó en ello, pero nunca logró. Más bien aquellos dirigentes que más destacaban fueron absorbidos por las “leyes del relajamiento moral” de la corriente mayoritaria, incapaces de enfrentarse o resistirse a ellas (salvo algunos pocos que optaron por alejarse del espacio público). ¿Es realizable el socialismo bajo esas condiciones?
En los primeros 14 años de la revolución, la economía creció, de manera sostenida, se redujo sustancialmente la pobreza y aumentaron los índices de desarrollo humano, en unos niveles sin precedentes. Hubo grandes ideas y grandes avances en lo social, aunque fundamentalmente sustentados en el dinero, en los ingresos petroleros, y menos en un desarrollo económico conceptualmente sólido y en un desarrollo de las capacidades humanas. El ser humano, como factor fundamental de la economía y del desarrollo social, no fue realmente tomado en cuenta, más allá de cierta retórica, lo cual es una inmensa paradoja, de nuevo de carácter ético, en un proceso revolucionario socialista. Como un sociólogo brasileño dijera: “seguimos cumpliendo la función que nos asignó el sistema colonial, que es producir recursos naturales”. No nos hemos alejado en lo fundamental de las políticas neoliberales al no haber sido capaces de fomentar la economía por el lado de la oferta y de fortalecer el aparato productivo nacional, muy por el contrario lo hemos debilitado más de lo que ya lo estaba.
Si hacemos memoria y miramos hacia atrás, tenemos que admitir que esas inconsistencias éticas se fueron incubando muy temprano en el proceso revolucionario. Chávez sacó del poder a los grupos económicos tradicionales pero, al mismo tiempo, desde el año 1999, primer año de la revolución, Luis Miquilena, en ese entonces, segunda figura jerárquica de la revolución, impulsaba la conformación de nuevos grupos de poder económico, como lo fue el conocido caso de la empresa Multinacional de Seguros, entre muchos otros. Otras contradicciones iniciales causaron una gran desmoralización interna, como el nombramiento del Consultor Jurídico de Multinacional de Seguros, sin credenciales jurídicas, como magistrado del TSJ y luego como su VP, o el nombramiento de un diplomático de carrera, sin credenciales políticas, como Ministro de Interior y Justicia, por el solo hecho de ser amigo de Luís Miquilena y de José Vicente Rangel. ¡Eso lo pudimos conocer directamente y desde el año 2000 lo denunciamos! Tenemos escritos que así lo evidencian.
Y fueron muchas contradicciones que este espacio no permiten detallar. Chávez intentó ser un muro de contención ética para ello. ¡Sin duda lo intentó, aunque sin lograrlo! Se multiplicaban cada vez más dichas contradicciones aunque quizás el fervor de los triunfos electorales las ocultaba. Luego, con la enfermedad y posterior fallecimiento del Presidente Chávez todo se desbordó y se llegó a lo que podríamos calificar como el paroxismo de la degradación ética. Demasiada acumulación de vicios y de compromisos adquiridos.
Nuestra dirigencia ha creado una narrativa de guerra económica para encubrir una inmensa red de ineficiencias y corruptelas. En Venezuela, es necesario recalcarlo, el “gran corruptor” es el gobierno o las instituciones públicas, nos referimos a aquellas que actúan en el área económica, como el Ministerio de Alimentación, CADIVI/CENCOEX, el BCV, entre otras. Se ha establecido intencionalmente una maraña de controles burocráticos, y se ha apoyado con divisas preferenciales, con total desparpajo y descaro, a lo más nefasto de la “burguesía parasitaria”, como lo son las “empresas de maletín”. No se trata que no exista “contrabando de extracción”, “acaparamiento”, “especulación”, pero todo esto tiene como fuente primaria, y caldo de cultivo, la corrupción inmensa en el sector público. La “corrupción institucionalizada” fue una de las características principales de la IV República, y la llegada de Chávez rompió inicialmente con ello, pero hoy día, la corrupción, de nuevo, se ha “institucionalizado”. Largo sería enumerar todos los desafueros en esta materia, ya hemos escrito en muchas oportunidades al respecto. ¿Cómo se profundiza un proceso revolucionario o se construye el socialismo bajo esas circunstancias?
El trabajo y el conocimiento como valores, al igual que la educación o la investigación científica no han tenido la relevancia que deberían tener en un proceso revolucionario. Se empezó con buen pie, con las misiones educativas que incluía la campaña contra el analfabetismo, la municipalización de la educación y el mayor acceso a ella, en todos sus niveles. Ese impulso inicial, evidentemente no ha sido suficiente, y así lo afirmamos porque no se refleja en la sociedad en su conjunto. No se ve por ningún lado. Cuando uno va a cualquier de nuestros barrios o a cualquier comunidad rural, o entra en contacto con la juventud, uno se da cuenta que no ha habido cambios sustanciales. ¿Y uno, con asombro, se pregunta por qué? ¿Por qué ese esfuerzo y esa mayor inversión en educación no dieron resultados palpables? La respuesta, en nuestra opinión, radica en la baja calidad revolucionaria de nuestra dirigencia. No bastó el ejemplo de Chávez. No se puede construir una revolución sin liderazgo revolucionario. Son pertinentes estas reflexiones de un político y dramaturgo checo:
“La política cobarde desarrolla la cobardía también en la sociedad, mientras que la política audaz despierta la audacia humana. Nuestros pueblos son capaces de portarse cobarde y valientemente, manifestar un ahínco sagrado o indiferencia egoísta… y lo que predomina en la sociedad y en cada uno de sus miembros en un momento dado, depende, en gran medida, justo de la situación que la élite política cree en ese momento… de todo aquello que induzca al estímulo por su labor y su propio ejemplo. También por esa razón la política postula mayores exigencias a las calidades humanas y morales de quienes la ejercitan”
La “política cobarde” es aquella que no se plantea la política desde su dimensión moral: la política que no asume riesgos, que no busca cambiar el “orden establecido” y que se adapta a él, que no rompe con los paradigmas existentes, que asume los mismos códigos, métodos y procedimientos del sistema que cuestiona. Es también una política que no respeta los liderazgos comunitarios auténticos. Esos liderazgos de base deberían ser la principal élite o vanguardia política de nuestra revolución, y tienen las condiciones para serlo, pero el PSUV, entre sus múltiples perversiones, ha dividido las comunidades y ha afectado la influencia que ese liderazgo pudiera tener en el desarrollo de esa conciencia individual necesaria.
El lenguaje mismo, incluso, debería ser un tema de gran consideración en un proceso revolucionario. Y, en nuestro caso, es un reflejo más de la degradación ética. Basta con mirar cualquier programa de opinión del canal de televisión oficial o escuchar cualquier intervención pública de nuestra alta dirigencia. La fatuidad, la banalidad, la superficialidad y la vulgaridad son su signo distintivo, en medio de un festín grotesco de insultos y descalificaciones, y sin recato alguno por el uso abusivo del poder. Bien decía, un famoso escritor argentino:
“Las revoluciones hay que hacerlas en todos los planos: … hay que hacerlas, sí, en los hechos, en la realidad exterior; pero también hay que hacerlas en la estructura mental de la gente que va a vivir esa revolución y va a aprovecharla”
El lenguaje de nuestra dirigencia no tiene nada de revolucionario y sí es muy parecido al lenguaje convencional de nuestros adversarios ideológicos. ¿En qué andamos entonces? ¿Qué faceta sana de la revolución, de lo que fue inicialmente, queda?
De lo viejo y corrompido – el PSUV y nuestra alta dirigencia actual – no puede nacer lo nuevo. En política, quienes conocemos de ella, y más allá de ello, lo que demuestra la historia de la humanidad, desde los tiempos inmemoriales, es que una vez se es esclavo de los pactos y compromisos, ya es imposible librarse de ellos. La única redención posible es el fin de lo que se ha pervertido irremediablemente.
Hoy no nos queda otra alternativa ética que enfrentar al presente del gobierno del Presidente Maduro y de la dirigencia del PSUV. Al igual que al pasado de la oposición/MUD y también a sus principales referentes presentes. El chantaje de que podemos favorecer con ello un regreso de la derecha al poder no es un argumento válido. Tenemos, por el contrario, la obligación moral de crear una “nueva referencia política revolucionaria”. Y nuestra guía y orientación debe ser la ética… la dimensión moral de la política. El rescate moral del país. Finalmente, repetimos lo que ya hemos dicho con anterioridad, no pretendemos convertir la política en un decálogo moralista pero tampoco podemos dejar de lado la responsabilidad personal, el compromiso y la convicción que de la ética son conceptos inseparables.
