martes 7 de julio de 2026

¡UN INGENIERO RESPONDE! Terremoto en Venezuela: ¿Por qué los barrios aguantan lo que no resiste la ciudad formal?

El doble terremoto del pasado 24 de junio dejó un rastro de destrucción sobre al menos 189 edificios en La Guaira que sufrieron un colapso total, y 8 en Caracas, mientras que 774 edificaciones resultaron severamente afectadas.

El Gobierno ha cifrado en más de 12.800 las personas que han perdido sus viviendas tras un evento mortal que ha conmocionado al país.

Sin embargo, en medio del horror, una estadística desconcertante desafía las certezas de la ingeniería tradicional: las estimaciones iniciales indican que menos del 1.5% de las edificaciones de los barrios populares de Caracas sufrieron daños graves.

En los cerros de la capital existen más de 1 millón de viviendas, donde habitan aproximadamente dos millones de personas. El mito urbano dictaba que estas zonas nacidas de la informalidad y la autoconstrucción en las faldas del Waraira Repano serían las primeras en desmoronarse ante un gran sismo. La realidad fue opuesta. La presidenta Delcy Rodríguez precisó que el 80% de los edificios colapsados corresponden a desarrollos privados y casas vacacionales en Caraballeda, Los Corales y Playa Grande, entre otras.

La pregunta que todo el mundo se hace es inevitable: ¿por qué no colapsaron los barrios de la capital? Puede que para algunos se trate de un milagro, pero al parecer todo está más vinculado a la ciencia.

La geología contra el cemento. Para desentrañar este enigma técnico, los expertos apuntan a la interacción entre las estructuras y las características del terreno.

El ingeniero Feliciano de Santis, presidente de la Sociedad Venezolana de Geólogos, ha advertido en diversas entrevistas durante los últimos días que la caída de una estructura responde a variables múltiples: “Para que los edificios caigan puede haber más de 50 razones”, enfatiza.

La razón principal por la que las viviendas informales o “ranchos” no colapsaron masivamente, ha sostenido de Santis, se debe a la frecuencia de vibración del suelo y la altura de las estructuras.

Su argumento se basa en que la interacción entre el tipo de terreno y la distancia al epicentro filtró las ondas sísmicas, creando un ciclo de vibración particular. Esto permitió que las viviendas informales en los cerros resistieran el impacto gracias a su flexibilidad estructural, baja altura y peso ligero.

Al ser de materiales livianos, no acumularon energía sísmica destructiva, evitando el temido efecto de resonancia que sí derribó edificios altos.

Según el experto, influyó la lejanía del epicentro y el efecto de suelo: las zonas populares ubicadas en Caracas o La Guaira sufrieron una menor aceleración porque la distancia “epicentral” y las características particulares del suelo (efecto de sitio) atenuaron el rebote más destructivo en esas elevaciones.

Paradojas de la ciudad formal e informal. La respuesta de la arquitectura y el urbanismo popular coincide con la visión geológica.

El arquitecto Martín Padrón, egresado de la Facultad de Arquitectura de la UCV en 1976 y exgerente técnico de Fundapatrimonio, ha estado activo en las evaluaciones posteriores al desastre.

Al analizar la vulnerabilidad diferencial desde la composición del suelo, advierte que la geomorfología explica que la conformación geológica de las montañas es de rocas que se elevan. En cambio, las zonas a pie de montaña, especialmente en el valle de Caracas y en la zona cercana al mar, son, en su mayoría, sedimentos.

“Toda la zona de costa de La Guaira es plana. Playa Grande, Tanaguarena, Macuto, Caraballeda, donde se han ubicado los edificios, son terrenos planos o zonas de sedimentos y crean un suelo que no tiene la misma rigidez que el de la montaña”.

Padrón resalta que el doble terremoto generó un fenómeno conocido como “licuación del suelo”, que funcionó casi como agua, multiplicando exponencialmente la vibración que afectó a las edificaciones formales.

En contraste, destaca la astucia técnica de la albañilería popular: “En los sectores populares se da la característica de que nuestros constructores, en su gran mayoría, son albañiles, y ellos saben cómo hacer fundaciones. Generalmente, por tratarse de pendientes, para darle mayor seguridad a sus viviendas, buscan hacer bases  la roca. Entonces, aunque pueden ser vulnerables a las lluvias, son más resistentes en los terremotos”.

Padrón enfatiza que la vulnerabilidad estructural no coincide necesariamente con la vulnerabilidad social.

Recordando las investigaciones de Teolinda Bolívar, Josefina Baldó y Federico Villanueva, señala que los barrios han vivido procesos de consolidación material durante décadas, sustituyendo materiales livianos por bloques de concreto e incorporando vigas y columnas. Desde la antropología urbana, resalta además la adaptación al riesgo de estas comunidades mediante reparaciones continuas, un dinamismo ausente en edificios formales administrados burocráticamente.

La ley de la masa y el peligro de las lluvias. Este comportamiento contraintuitivo de las edificaciones informales ya había sido advertido por la ciencia internacional.

En marzo de 2005, la Agencia de Cooperación Internacional de Japón (JICA) publicó su Estudio sobre el Plan Básico de Prevención de Desastres en el Distrito Metropolitano de Caracas, dedicando un amplio extracto a las “áreas de barrios”.

Para evaluar estas construcciones, JICA realizó un experimento inédito: construyó cuatro casas modelo a escala real junto al Instituto de Mecánica de Materiales Estructurales (IMME) de la UCV y las sometió a pruebas de ruptura mediante sacudidas horizontales.

Los hallazgos revelaron que, aunque los ranchos emplean materiales de bajísima calidad (un concreto con una resistencia promedio de apenas 58 kg/cm², un tercio de la resistencia requerida en ingeniería), su comportamiento estructural es radicalmente distinto al de los edificios del valle debido a la Ley de la Masa.

Al ser estructuras de autoconstrucción, de uno o dos pisos, y hechas con materiales ligeros, poseen un centro de gravedad bajísimo y una masa reducida. Mientras los pesados edificios del valle sufren la resonancia de los sedimentos, los ranchos asentados sobre las laderas rocosas simplemente “bailan”, eludiendo la amplificación sísmica.

Sin embargo, el informe de la agencia japonesa concluía con una advertencia demoledora: si ante un terremoto los ranchos poseen una flexibilidad salvadora, son extremadamente frágiles ante las lluvias torrenciales y flujos de escombros.

El estudio determinó que estas comunidades están en la línea de fuego, construidas sobre abanicos aluviales y cauces de quebradas, donde el impacto del lodo y las rocas puede barrerlas por completo.

El episodio sísmico del miércoles de San Juan derribó el mito sobre el vigor de la ciudad formal, pero dejó abierto un debate impostergable sobre la gestión de riesgos en un territorio donde la geología siempre tiene la última palabra.

Lo adecuado, como indican los especialistas y como lo advierte la naturaleza, es aprender de cada episodio donde los fenómenos catastróficos se dejan sentir, muchas veces con gravedad fatal.

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