• ¡TEMERARIA TRAVESÍA! DE MARACAIBO A TEXAS: “Tuve que pagar casi 9 mil dólares entre sellar pasaporte y cruzar tres ríos” (CAPÍTULO II)

    Presentamos la segunda de cuatro entregas sobre la historia de un maracucho, ex CPBEZ que tomó la decisión de agarrar a su familia y aventurarse a la dura tarea de cruzar la frontera entre México y Estados Unidos para cumplir el objetivo, ofrecerles a sus hijos la oportunidad de su vida.

    Nuestro caminante, “Jerry” es maracucho. Con él, otros 60 maracuchos más completaron la hazaña. 60 maracuchos de 72 venezolanos en total. Así de masivo está el éxodo de connacionales. Un talento productivo que se va del país buscando, precisamente, poner al servicio de un Estado que le retribuya su conocimiento y su trabajo, demostrar todo lo que aprendió en aquel país hermoso que dejó atrás.

    En el primer capítulo, nuestro migrante zuliano nos contó lo que lo hizo tomar esta difícil y arriesgada decisión y como se embarcó en esta cruzada familiar.

    “Jerry” tiene dos hijos. El menor tiene 5 años y está emocionado. Cuenta “Jerry” que lo vence el cansancio, es muy pequeño aún para tener que vivir lo que le tocó en este trance que quizá de grande no recuerde, o quizá quede marcado como una huella imborrable en su memoria. La mayor tiene 10 años y comprende un poco más. Para los niños es duro y un inmenso riesgo.

    I

    Me acosté cansado. El cansancio mental, la angustia de poder superar el primer obstáculo, o sea Ciudad de México, para posteriormente volar a Monterrey es algo que agota. Sin embargo, tienes que ser fuerte y aferrarte a tu fe. Eres el cabeza de familia, el líder de ese núcleo y no puedes transmitirles a tu esposa y a tus hijos inseguridad, debilidad o agotamiento. Ahí uno saca todas las fuerzas que no tiene. Cuando los ves a la cara (a los hijos) y ves sus miradas inocentes y sientes que lo estás haciendo por ellos, para ellos, eso te llena de valor. Me acosté esa noche que llegamos a Monterrey, realmente cansado.

    Me sorprendió muchísimo saber que el “coyote” que se encargaría de nosotros desde Monterrey hasta ponernos a salvo en Texas es un maracucho. ¿Cómo hizo para ganarse ese puesto, que no cualquiera puede tener?, no lo sé. ¿Cómo es que tiene el poder de sobornar a las autoridades mexicanas y convertirse en una suerte de “garantía” para tantos migrantes? Tampoco lo sé. Honestamente, no lo vi, siempre nos atendió un personal que está a su mando, que por cierto nos dieron un trato digno, excelente, una atención de primer mundo. Ya había dicho que, en México, para poder evitar que los controles de migración y extranjería nos rechazara y nos aseguraran sellar el pasaporte para ingresar al país puente, tuve que establecer contacto con este “coyote” un paisano, quién lo diría. Fue a través de contactos hechos por mi cuñada que logramos hacernos de los servicios de este “coyotero”, pero eso nos iba a costar dinero. Tuve que pagar 800 dólares por persona, incluyendo a mi menor de 5 años para que nos sellaran el pasaporte sin problemas. Multiplica 800 por cuatro, son 3.200 dólares en total. Eso sin contar lo que gastamos en: Pasaportes y prórrogas, boletos de avión, pernocta, refrigerio y gastos varios. Cuando llegamos a Monterrey, nos recibieron muy bien. Nos condujeron a una cómoda casa, una de cinco que tiene ese “coyotero” maracucho allí.

    Cuando entramos a la casa, una vez que nos dieron el breve recorrido y nos dejaron solos, nos abrazamos. Lloramos, nos dimos mucho ánimo: ‘carajo, lo vamos a lograr, ya vamos por la mitad’. Poco a poco el sueño nos fue venciendo. Yo, sin embargo, no podía dormir. Los contemplaba a todos durmiendo y lloraba. ¿Cómo te explico, chico? Es la emoción, la nostalgia, la rabia, las ganas que te dan a veces de pegar una carrera y volverte a Venezuela, la angustia de lo que está por venir. Me encomendé a Dios, hablé mucho con Dios esa noche, el agotamiento me cerraba los ojos y me dormí…

    II

    Cuando por fin comenzaba a profundizar el sueño, sentí que tocaron la puerta, me despabilé: ¡Ey, familia, vamos pues, a levantarse, nos vamos! Estaba oscuro todavía, faltaban quince minutos para las 6.00 de la mañana. Hacía frío. Me asomé afuera, a la calle, eso estaba solo, únicamente veías los faros del alumbrado público encendido y escuchabas el chirriar de los grillos. Por allá a lo lejos, se escuchaba algo como un camión. Monterrey, lo poquito que vi es grande, muy grande y agradable. Uno de los “coyoteros” o de sus muchachos, que fue el que nos atendió, me dijo: ‘Te da tiempo de hacer café, ahí hay del que quieras, hay instantáneo. Mi mujer hizo el café que nos mitigó un poco el frío. Mis carajitos, pobrecitos, ahí estaban forraditos, muertos de frío. Se frotaban las manos, se daban calor entre sí. Aquel sorbo de café bastó para incorporarme como un león a la batalla. Nos fuimos. Dejamos aquella casa que nos dio cobijo por esa noche.

    Ahí quedó nuestro aroma, nuestra huella, no miraría jamás hacia atrás, íbamos con el objetivo tan claro como clara despuntaba la mañana de ese segundo día de travesía. Ya nosotros sabíamos todo el itinerario, venía el cruce de los tres ríos. Para pasar los tres ríos debes pagar 1.300 dólares por persona, multiplica eso por cuatro: 5.200, más los 3.200 que hizo la cuenta anterior son 8.400 dólares y aún faltaba.

    Llegamos a Ciudad de Acuña, en el estado de Coahuila, una ciudad pequeña, más bien un pueblo y ahí nos encontramos con el primer río. Se te estremecen los nervios, se te pone la piel de gallina, te dan ganas de llorar, pero la fe puede más que todo eso. Yo miraba a mi familia, a mis hijos y ellos me daban confianza así que la travesía que iniciamos tenía que terminar. El primer río, es el Río Bravo; tiene unos seis metros de ancho; el agua me llegaba entre los tobillos y la rodilla, era relativamente bajo y calmo.

    Para los niños era una diversión, en sus pequeñas mentecitas ellos no comprendían lo que estábamos haciendo, era una aventura, así se los hice saber siempre: ‘Mis hijos vamos a emprender una gran aventura que va a terminar en un sito muy, pero muy bonito que les va a encantar’ Eso siempre lo entendieron y yo les preguntaba ¿papi, te sentís bien, te gusta la aventura? Si papi, es genial, me respondían. No sabéis cuanto reconfortan esas palabras. El segundo río es el más largo y el más hondo. Mide unos 30 metros y de profundo el agua me llegaba unos diez centímetros más debajo de la cintura.

    Logras pasar y caminas un monte como a una distancia de 5 metros hasta que te encuentras el último río, el de Texas. Ese es el más corto, pero el más bravo, muy caudaloso. El agua me llegaba por las rodillas, exactamente por las rodillas, logras pasar los tres ríos y prácticamente ya estás en los Estados Unidos, pero te falta camino.

    Pasado el trance de los tres ríos, debes subir una rampa como de un metro y te saltas un portoncito de hierro que está allí. Al saltar el portón te consigues una siembra de caña de azúcar por el cual debes caminar como 10 metros entre la maleza, pero ya el caminito está hecho y sales a una carretera de arena….”

    Así concluye la segunda de las cuatro cruzadas de «Jerry» quien ha superado la rampa, ha saltado el portoncito, junto a su familia; su esposa, su suegra y sus dos carajitos, mirando el horizonte, a punto de cumplir la primera parte de la meta, pero vienen momentos tensos e impactantes.

    No dejes de leer el tercer capítulo de esta interesante y conmovedora historia

    CONTINÚA MAÑANA…

    NAM/José Andara Rivas/Ernesto Ríos Blanco

     

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