• ¡TEMERARIA TRAVESÍA! DE MARACAIBO A TEXAS: “En minutos pasé del pánico al alivio, la policía nos dio un trato de primer mundo” (FINAL)

    Contarlo y leerlo se hacen rápido, vivirlo es una odisea. “Jerry” atravesó en autobús la frontera entre Venezuela y Colombia y luego la de Colombia-Ecuador hasta llegar a Quito. Allí, con gran incertidumbre y miedo abordó un avión hasta Ciudad de México, no sin antes hacer escala en Ciudad de Panamá. “Jerry” no iba solo, con él iba su esposa, su hija de 10 años, su hijo de 5 y su suegra. La responsabilidad era mayor.

    En México pudo superar el primer gran obstáculo, la inadmisión. Era un riesgo claro que corría aun pagando la enorme cantidad de dinero que le tocó pagar para contratar los servicios de un “coyote” –maracucho por cierto y con mucho poder- pero nada era cierto. Solo que se aferró a su fe y a que en su travesía no perjudicaría a nadie.

    Muchos se estarán preguntando ¿De dónde sacó “Jerry” tanto dinero si él es pobre? “Jerry” lo vendió todo, absolutamente: Casa, carro, joyas, electrodomésticos. Trabajó, hizo negocios, se rebuscó, como hacen todos los venezolanos y los zulianos para sobrevivir.

    Esta no fue una “aventura” que “Jerry” se lanzó así, de la noche a la mañana. “Jerry” planificó cada paso, concretó cada contacto, se aseguró que cada cosa que hiciera tuviera una pisada firme y lo más segura posible. No iba solo, llevaba niños y estaba claro en una cosa, aunque le partiera el alma, jamás miraría hacia atrás. “Jerry” se fue de su Maracaibo para nunca más volver.

    Con esta, finalizamos la saga de cuatro entregas que hemos titulado así “La Temeraria Travesía de un ex policía de Maracaibo a Texas” contada por su protagonista.

    Los comunicadores sociales José Andara Rivas y Ernesto Ríos Blanco, convencidos de que la historia hay que documentarla y cada experiencia de esta nueva Venezuela que nos ha tocado vivir hay que hacerla historia escrita buscamos a “Jerry” y éste, muy amablemente y sin dejar cabos sueltos, se atrevió a narrar paso a paso su arduo recorrido.

    “Jerry” ya está en Estados Unidos. Está remojado, agotado y asustado. Llegó a la carretera de Texas, aquella que aguardaba tras los arbustos de caña y entonces pareció que en un instante vivió un verdadero ambiente de guerra.

     I

    “Mano, yo soy policía, tengo suficiente experiencia y amo mi profesión, pero jamás me vi tan alejado de ser un policía como ese mediodía en que, bajo ese sol picante y taladrante, me vi rodeado de tanto gendarme. Cuando salimos a la carretera, que dejamos atrás las plantaciones de caña, escuché el estruendo del helicóptero. Ey, no era un aparatico chiquito, era mamarro helicóptero y a medida que se aproximaba a nosotros descendía y como que nos iba a caer encima. El sonido de las hélices y el motor eran fuertes y comenzó a volar en círculos encima de nosotros. La fuerza de la hélice dando vueltas nos alborotaba el cabello, nos volaba la gorra, el pasamontaña de la cabeza… No terminábamos de asimilar todo aquello cuando un montón de sirenas al unísono nos invadió en el acto.

    Era un escenario como de una guerra, mano. No sé, eran como 10 patrullas, todas camionetas de esas de patrullas de camino, muy bien sincronizadas, una tras otras se fueron aparcando de lado a lado de la calle. Ahí no había para dónde coger. Los coyoteros nos advirtieron que eso iba a pasar y que ninguno podía salir corriendo ni desesperarse, porque de ese modo habríamos perdido todo el esfuerzo de haber llegado ahí con vida. En lo poco que hablamos con ellos (los coyoteros) siempre nos advertían que ellos estaban para garantizarnos la vida, pues en frontera hay los delincuentes, los que roban migrantes o los que secuestran para los carteles y para las mafias. Íbamos con gente con poder, eso lo sabíamos, nos había costado bastante dinero y ellos nos decían, ‘ustedes están bendecidos de llegar aquí vivos, sanos y salvos’. Una de las cosas que más me sorprendió fue que en el momento justo en que llegan las patrullas, el helicóptero asciende de nuevo y se va alejando de nuestras cabezas, entonces cuando volteamos no había un solo guía. Nadie, esa gente se esfumó. Yo me imagino que se adentraron plantación adentro directo hacia Acuña otra vez con la misión cumplida. Ahí quedamos ya solos, a merced de la policía y como ya te dije, nos dieron la bienvenida muy respetuosamente.

    II

    Lo primero que hicieron los policías fue organizarnos en grupos y ya bajo su custodia, nos trasladaron a un terreno que queda como a unos 15 minutos en carros. Nos iban trasladando por grupos. En ese terreno que era una explanada muy grande y agreste, nos mandaron a quitar los cordones de los zapatos, la correa y todo lo que cargábamos y los que tuviésemos mojados que tenían ropa seca, que nos cambiáramos. Nos pusieron en fila india y comenzaron a anotar nuestros nombres en un listín que cargaban en una carpeta de mano.

    Inmediatamente llegaron unos autobuses grandes y allí nos fueron metiendo. Los que íbamos en familia, permanecimos siempre juntos. En esos buses nos llevaron hasta unos refugios y ahí nos retienen. Tenéis que ver cómo eran esos refugios. Es una vaina grandísima, son como unas carpas como de lona grandes, blancas, muy grandes, como galpones más bien y parecían, así como especie de una ciudadela, una vaina inmensa una al lado de la otra, llena de autobuses, de oficinas improvisadas y de unas celdas que a mí me impactaron mucho.

    Una vez en los refugios, los que son padre y madre de hijos menores de 18 años los procesan juntos como familia. Es un protocolo larguísimo, pero muy bien organizado. Una de las cosas que llamó mi atención era el olor. Qué buen olor tenía eso, como, no sé, como a farmacia, era un olor agradable. Ahí entonces, comienzan a hacer su trabajo los funcionarios de extranjería, que nos van llamando uno por uno. Nos toman las huellas dactilares, los datos, nos toman una foto y luego te pasan al servicio médico. Es una revisión integral y profunda la que te hacen ahí, además de practicarte la prueba PCR la del COVID-19. Un médico te examina y te pregunta de todo: ¿Usted toma tratamiento, padece de alguna enfermedad, es hipertenso, diabético, sufre del corazón, del estómago, del colon? ¿Sufre mareos, migrañas, cefaleas? ¿Toma tratamiento médico farmacológico? No había un solo tratamiento que no tuvieran. Si vos le decías que sufrías de, no sé, chico, de reumatismo y arterioesclerosis, pa’ esa vaina te daban tratamiento. Yo soy hipertenso, tomo Losartán Potásico de 500 y me dieron mi caja, sin yo pedirla. Solo me preguntaron qué tomaba y yo les dije y enseguida una enfermera me entregó mi caja con mi blíster. ¡Coño que maravilla! ¡Qué diferencia mi hermano, que vaina tan distinta! ¿y el trato? De primera, un trato cordial, respetuoso. Mira zonas de juegos para los niños, a mis chamitos les regalaron unos jugueticos y unos dulces, los trataron con mucho cariño y respeto. Yo me acordé, chico, de cuando le saqué la cédula a la hija mía, todo lo que sufrimos en ese Saime mi hermano, y el maltrato que nos dieron y hasta a los propios niños y los empujones y los gritos. Ya en ese instante comienzas a notar los cambios y le comenté a mi mujer: ‘Te dais cuenta, mira cómo nos están tratando aquí, mi amor, ni cerca verdad’

    III

    Como te dije, el equipo médico te revista de pe a pa. Te pesan, te toman la tensión, te revisan hasta la cabeza a ver si tenéis piojo, todo.

    Posteriormente te asignan una celda. Eso fue lo que menos me gustó, pero no había de otra. Son refugios, no es un hotel y a pesar de todo el trato que recibes es el de un hotel…Estas celdas, ellos lo llaman carpas. Son unas cuadrículas, para que me entendáis; Dentro de ese gran refugio hay cuartos improvisados y contiguos. Entonces son unas armazones de hierro, de tubería, así como de aluminio, cuyas paredes son de una lona plástica transparente. Después fue que me explicaron que lo transparente es para podernos controlar, para poder tener visual de todo y de todos. En las esquinas superiores a estos armazones había cámaras, muchas cámaras. Cada cuarto tenía no menos de 15 a 18 colchonetas en el suelo y para arroparnos, porque hacía frío, nos dieron una vaina que yo nunca había visto, que eso es como si te dieran una sábana de papel de aluminio, así, igualito.

    Yo me quedé perplejo cuando vi aquello. Te confieso, no me gustó. En un principio piensas que es algo como humillante, pero luego piensas ¡Coño chico, si tú estás aquí ilegal, sin documentos, entraste saltándote las paredes como quien entra a robar a una casa! ¿Te vais a poner exquisito ahora? ¡Más bien, vas que chuta! Todo eso en mis pensamientos aún sin haber terminado de procesar todo aquello, los ríos, la caña, el helicóptero, las patrullas, los buses. Mucha emoción para un solo día. Te repito, eso es de vivirlo. Yo te lo puedo contar y nunca, jamás en la vida va ser igual. Otra cosa que me entristeció fue que ahí sí nos separaron. Eso también me explicaron que es por protocolo de seguridad, mujeres y niños en un galpón, hombres en otro. Bueno, le di un besito a mis muchachos, a mi esposa, abracé a mi suegra.

    El carajito empezó a llorar, no quería dejarme solo, y una policía, funcionaria más bien, con aquella pedagogía lo trataba de consolar. Se fue llorando mi carajito, pero luego se calmó. Ahí vio juguetes que jamás en su vida los pudo ver en Maracaibo. Ahí se le pasó toda vaina. Yo me quedé ahí con mis compañeros y nada, uno hace su ambiente. Miré aquella sábana similar a un papel aluminio y me dije ¡Carajo! ¡cómo le dan a uno esta vaina! Chico y resulta que la vaina es una sábana especial que te quita el frío y te calienta en un santiamén.

     

    III

    Fíjate que son estrictos con los que somos familia y los que no. Para ellos, mi mujer, mis dos hijos y yo somos una familia, un núcleo, mi suegra no y por eso ella fue procesada aparte, fuera de la familia. Aún está detenida, lleva 5 días detenida, espero la suelten esta semana. La celda tiene su baño, te dan tu desayuno, almuerzo y cena, te asignan un colchón y una sábana que es como una especie de papel de aluminio, ya te había dicho que te proporciona bastante calor. Tienes en una mesa las 24 horas del día, galleta, manzana, agua, chucherías, en fin. Ese mismo día en la noche me llamaron para firmar todo, el protocolo pues, de ingreso. Nos explicaron todos los pasos a seguir, nos dijeron que teníamos un año para solicitar otro refugio y todos los primeros martes de cada mes debes presentarte en la corte; si vas a cambiar de dirección debes reportarlo en la corte o estás en problemas y así, pues, el día domingo como a eso de las 10.00 de la mañana me llamaron y me dijeron que ya nos íbamos.

    Me entregaron mi expediente, nos hicieron la prueba del COVID-19 y nos llevaron a una iglesia, donde nos comunicamos para que nos ubiquen un pasaje de avión y de ahí nos llevan al aeropuerto de San Antonio de Texas. Ahí tomas tu avión a tu destino o si tienes un familiar en Texas ahí mismo te recogen. Temores muchos, porque uno no tiene la certeza de a lo que se está exponiendo, pero se gasta mucho, pero mucho. Te dan un trato, eso sí, de primer nivel. Trato de primera. En perfecto español, el oficial me explicó lo que decía en inglés mi expediente: ‘Ten la seguridad de que aquí no serás engañado como en tu país’ me dijo exactamente esas palabras”.

    FIN

    Más de 9 mil dólares como mínimo debes llevar si te arriesgas a tomar la decisión de ir, junto con tres personas como mínimo, desde Maracaibo para cruzar a pie la frontera entre México y Estados Unidos.

    Tanto ha sido la desazón en su natal Maracaibo, que quien te recibe en Monterrey, México, haciendo las veces de «coyote» es otro maracucho, que ha hecho dinero a base de prestar este «servicio» que también es «ilegal».

    El que crea que nadie se va dar cuenta en los Estados Unidos que cruzó a pie la frontera, está muy equivocado. En lo que tocas suelo estadounidense, aparecen cientos de patrullas y un helicóptero, pero si te cuadras bien y con los que son, la misma «Migra» en perfecto inglés te da la bienvenida: «Welcome to the United States of America».

    NAM/José Andara Rivas/Ernesto Ríos Blanco

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