«El asesinato [de Khashoggi] desencadenó múltiples batallas susceptibles de remodelar las relaciones entre Estados Unidos y Arabia Saudí y las que hay entre Trump, su partido republicano, el Congreso estadounidense y la comunidad de los servicios de inteligencia», señala James Dorsey, investigador en la S. Rajartnam School of International Studies de Singapur.
«Las consecuencias del asesinato también podrían influir en la capacidad de Trump de continuar con sus objetivos políticos en Oriente Medio, especialmente para poner a Irán de rodillas e imponer una solución al conflicto palestino-israelí».
«Choca esos cinco» con Putin
MBS, que trató de mostrar que no era un paria chocándole la mano al presidente ruso, Vladimir Putin, en la cumbre del G20 en Argentina, debería ser capaz de superar la crisis con la mano dura que suele ejercer.
Pero el caso Khashoggi podría «tener un efecto muy negativo en las relaciones entre Estados Unidos y Arabia Saudí en 2019, independientemente de lo que la administración Trump crea que puede hacer para impedirlo», señala Kristian Ulrichsen, investigador en el Baker Institute de la Universidad Rice de Estados Unidos.
El escándalo atrajo la atención hacia la guerra que Riad lleva a cabo en el vecino Yemen, escenario de la peor crisis humanitaria del mundo según la ONU, y que se acentuara la presión para que los saudíes aceptaran los diálogos de paz celebrados este mes de diciembre en Suecia entre el poder yemení al que apoyan y los rebeldes, respaldados por Irán.
El caso Khashoggi también dio a una relevancia significativa en las relaciones de fuerza regionales a Turquía, aliada de Qatar y bestia negra de Riad.
Erdogan superstar
Con sus ataques velados a MBS, el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, explotó el asesinato como una oportunidad para restablecer el equilibrio de poder en Oriente Medio para su beneficio, según los analistas.
«Entre la inestabilidad en el Golfo y un juego de suma cero entre MBS y Erdogan, Oriente Medio podría volverse todavía más peligroso e inestable», afirma Sigurd Neubauer, experto en Oriente Medio radicado en Washington.
«A ninguna de las partes le queda más remedio que ponerse más y más tensa», según él.
Turquía también logró consolidar su influencia en el norte de la vecina Siria tras una ofensiva en el enclave de Afrin y un acuerdo posterior con Rusia para evitar un asalto del régimen de Al Asad a la provincia de Idlib, último gran bastión de los rebeldes y yihadistas en Siria.
Con el apoyo ruso e iraní, Al Asad consiguió retomar el control de extensas porciones de territorio.
«El gobierno de Al Asad ha vivido su mejor año desde 2011», cuando se produjo la rebelión contra su régimen, subrayó Nicholas Heras, analista en el Center for a New American Security.
«La gran batalla de 2019 tratará sobre las consecuencias de la guerra. A pesar de todos los progresos realizados en 2018, el poder sigue en el punto de mira de una estrategia estadounidense que busca matar la economía de Al Asad y la estabilidad de su Estado».
‘Posición agresiva contra Irán’
Para Washington, otro elemento clave consiste en actuar de forma que Irán no salga como vencedor del conflicto sirio.
En mayo, Trump dio carpetazo al acuerdo sobre el nuclear iraní, alcanzado en 2015 tras una intensa actividad diplomática por parte del gobierno de su predecesor Barack Obama y las grandes potencias. El actual mandatario estadounidense decidió restablecer las sanciones contra la República Islámica.
«El cambio más importante y más profundo en 2018 fue la posición agresiva de Estados Unidos respecto a Irán», consideró Husein Ibish, investigador en el Arab Gulf States Institute de Washington.
La amenaza creciente del «expansionismo» iraní en Oriente Medio suscitó una alianza no declarada entre Israel y varios Estados árabes, con visitas de altos responsables israelíes al Golfo, apuntan los observadores.
Trump prometió cerrar «el acuerdo del siglo» para resolver el conflicto israelo-palestino, un proyecto que estaría apoyado en secreto por países árabes pero cuyo contenido, de momento, sigue siendo un misterio.
Los palestinos, por su parte, tienen el viento en contra desde que Washington decidiera reconocer Jerusalén como capital de Israel y transferir allí su embajada en mayo.
Este viejo conflicto registró repuntes de violencia, sobre todo en la frontera de la Franja de Gaza, un enclave palestino sometido a un bloqueo y dirigido por los islamistas de Hamas.
Desde el 30 de marzo, cuando comenzó una movilización llamada «Marcha del retorno», al menos 235 palestinos han sido abatidos por militares israelíes. Del lado israelí, dos soldados han muerto.