El acuerdo petrolero firmado recientemente entre el interinato y el gobierno de Estados Unidos parece poner fin a casi una treintena de años de ‘parálisis’ y desinversión en la industria que, no solo se ve reflejado en el deplorable estado de muchas de sus instalaciones, principalmente de aquellas que fueron expropiadas en 2007 incluyendo el cinturón de más de 30 contratistas en la Costa Oriental del Lago (COL) y Maracaibo, sino en aquellos complejos habitacionales que la Industria ofrecía a sus trabajadores.
En los municipios Cabimas, Lagunillas, Valmore Rodríguez, Baralt, así como algunas zonas de Maracaibo y San Francisco, levantaron complejos habitacionales cuyo concepto, evidentemente foráneo, ofecía bienestar, calidad de vida, un diseño de viviendas inspirado en las ‘casas petroleras’ de Países Bajos y Estados Unidos, con unidades habitacionales con todas las comodidades y diseñadas tomando en cuenta el clima del entorno.
Brillaron en su tiempo y fueron un paraíso para las familias que las habitaron. Las había por estatus; los gerentes y trabajadores de alta nómina disfrutaban de un complejo habitacional excepcional con acceso incluso a clubes recracionales ostentosos con una muy variada oferta de servicio y las había también para las nóminas de nivel medio y bajo, todos disfrutaban de un buen urbanismo para ellos y sus familias.

¿Cómo nacen estos complejos?
Para el año 1920 en la Costa Oriental del Lago se descubrieron grandes yacimientos de petróleo, gracias a las empresas Caribbean, Venezuelan Oil Concesión (VOC) y Lago Petroleum, las cuales para iniciar sus operaciones necesitaban una gran cantidad de trabajadores con el objetivo de dejar atrás lo que eran las zonas rurales y construir innovadoras áreas de trabajo cercanas a la costa, nuevos poblados o campos petroleros para residenciar a los trabajadores, por lo que en el contexto de esta nueva etapa de explotación del petróleo muchos venezolanos de otros estados viajaban al Zulia para trabajar con estas empresas.

En un trabajo de investigación realizado en junio de 2006, titulado “Cultura, Poder y Petróleo: Campos petroleros y la construcción de ciudadanía en Venezuela” por Miguel Tinker Salas de la Universidad del Zulia, se expone que a raíz de la construcción de los campos petroleros los venezolanos provenientes de varios lugares del país lograron la fácil comunicación y las bases de nuevas relaciones sociales, al igual que la construcción de los conceptos de identidad nacional.

El proyecto también planteaba que, en su primera fase, los campos petroleros surgieran como una sociedad provisoria, donde al final cada grupo regional recreó sus normas sociales y tradiciones bajo la sombra de una cultura empresarial que paulatinamente tomó forma.

Durante este período formativo, las petroleras enfrentaron protestas laborales, conflictos con los poderes estatales y municipales y el resentimiento de la vieja oligarquía agrícola zuliana. Esto obligó a la empresa a reconsiderar su modelo de operación, optar por una nueva organización de la producción y la elaboración de un nuevo plan social para la incorporación de su equipo laboral.
Un concepto foráneo muy bien recibido

En la citada investigación plantean que formados por un núcleo de residencias adyacentes, los campos desarticulaban al trabajador y a su familia, de las actividades rurales y los impulsaba, hacia una nueva cultura de consumo, que encontró expresión en los comisariatos de las empresas.
“Las viviendas y el espacio que otorgaban, para la interacción social, también contribuían a este proceso. El interior de las casas, normalmente dos pequeñas habitaciones, una cocina, y una sala, desfavorecía la familia tradicional, que solía incorporar a distintos familiares”.

Los obreros petroleros, especialmente las personas recién empleadas, no acostumbradas al nuevo régimen social que tomaba forma en los campos, deploraban el tamaño de las viviendas que se les otorgaba en algunos de los campos.

En algunos casos, algunos empleados transformaron creativamente los espacios de sus viviendas o se mudaban a vivir con sus familiares, en las comunidades adyacentes que se formaron alrededor, se vieron obligadas a formar nuevos lazos sociales y laborales, dentro de los cuales, la empresa ejercía una creciente influencia”.
Además, conscientes de la formación de estos nuevos lazos, y para reforzar estos nexos frágiles, las publicaciones de la empresa, tanto a nivel del campo como a escala nacional, incluían una sección sobre noticias sociales que anunciaban nacimientos, bautizos, cumpleaños, matrimonios, veladas artísticas, conmemoraciones patrióticas, graduaciones y otros eventos de carácter social.

El objetivo de esta actividad publicitaria no sólo implicaba la promulgación de valores y normas consideradas positivas por las petroleras, sino también la creación de un sentido amplio de comunidad compartida por todos los empleados de la empresa petrolera.
Pequeñas ciudadelas

En un artículo realizado por la Universidad del Zulia titulado “El transcurrir tras el cercado: ámbito residencial y vida cotidiana en los campamentos petroleros de Venezuela (1940-1975)” publicado en 2003, se expone que los campamentos anteriormente contaban con dotación de servicios de red, suministro de agua regular y confiable, cloacas y drenajes, electricidad, servicio postal, plomería, recolección frecuente y disposición eficiente de basura, caminos pavimentados y un buen mantenimiento de edificios y áreas verdes.

“Contaban También con una provisión de equipamientos y servicios muy superiores a lo existente en el país, aún en los sectores residenciales más exclusivos: la paleta del urbanismo petrolero estaba conformada por parques, iglesias y servicios comunales, escuelas de calidad, clubes como centros de vida social y de organización de torneos deportivos con instalaciones y atención especializada (los cuales contribuyeron de manera decisiva a la conformación de un notable semillero de atletas en el país), restaurantes, lavanderías, barberías, servicios médicos, tiendas y comisariatos ,estos últimos creados como plan de contingencia en la década de los cuarenta por la Creole y antecesores de los supermercados, los cuales serían también patrocinados por las petroleras”.

Se desmoronó todo
Sin embargo, la realidad de unos campos llenos de vida, organización y bienestar, es cosa del pasado, ya que actualmente lo que los caracteriza es todo lo contrario. La mayoría de las casas están deshabitadas y en total abandono, la maleza se ha apoderado de ellas, las calles están agrietadas y llenas de huecos, no quedan parques, ni clubes, ni servicios, ahora son los campos fantasmas.
Los pocos habitantes que se han quedado comentan con nostalgia lo que eran antes y ahora en lo que se han convertido.
“Antes las casas eran asignadas por un ente en la empresa encargado de esa gestión, los únicos que podían quedarse en las casas eran los jubilados anteriormente había vigilancia que no permitía el paso de cualquier persona, si se dañaba algo, la misma empresa tenía los trabajadores encargados de eso, hasta cuando se te dañaba un bombillo venían a cambiártelo”.
Un señor estrenó una de las casas petroleras en 1957, comenta que todas las casas tenían un cuarto de servicio, sin embargo, eran asignadas por nómina, por ejemplo: casa de soltero tenía un solo cuarto, baño y la cocina. Además, también acotó que antes no tenían cerca, luego se fueron construyendo bajitas hasta que llegó el hampa y se cambió el estilo.
En los campos Pichincha y Campo Rojo de Lagunillas, anteriormente contaban con aseo urbano, vigilancia, comisaría, pintaban las casas todos los años por dentro y por fuera, existían los servicios básicos, realizaban la fumigación, también eventos deportivos y fiestas a los trabajadores.
Los campos se crearon para los trabajadores, de manera que los trabajadores no tenían excusa de faltar al trabajo porque todo les quedaba relativamente cerca, plazas, parques, clubes, entre otros.
“Lo primero que decayó fue el comisariato, el servicio de mantenimiento a las casas y por último los servicios médicos. Uno de los campos más afectados fue Campo Alegría, ya que por el fenómeno de la subsidencia las casas comenzaron a agrietarse, por esta razón crearon los conjuntos organizados como Fabricio Ojeda y dejaron de invertirle a las casas, sin embargo, aún quedan personas que están a su riesgo. Anteriormente la empresa llevaba camiones cargados de piedras rompe olas, eso no se vio más nunca. Las calles ahora deterioradas, llenas de huecos”.
Los habitantes que viven en los campos de Lagunillas tomaron la iniciativa de unirse como comunidad para mantener las áreas en buen estado, pagan el aseo en conjunto, y se ponen de acuerdo para reponer cualquier pérdida, hasta para el transporte, la misma comunidad se organiza, por ejemplo, si quieren el servicio de Intercable, ellos se organizan y le dan el dinero a una persona para que se traslade a Ciudad Ojeda con almuerzo incluído, todo esto con el objetivo de que él se comunique con ese servicio.
Para el servicio del agua se organizan a través de un grupo de WhatsApp, allí tienen el contacto del encargado de abrir las válvulas para saber a qué hora se pondrá el agua. Igualmente, con el tema de seguridad, se informan entre ellos si ven a una persona sospechosa.
El transporte también se convirtió en un problema, con esto de igual forma se organizaron y tienen el contacto de los conductores de los buses, para de esta forma preguntar si ya salió la ruta, por dónde viene, y asimismo poder cancelar este servicio utilizando la banca en línea debido a la escasez de efectivo.
Como todo proceso de cambio en lo social y cultural, al principio, los campos fueron vistos con gran resistencia por parte de una población muy familiera y acostumbrada al ritmo de vida agrícola.
Poco a poco, los trabajadores en sus distintos estratos fueron adaptándose y comprendiendo que todo aquello formaba parte de una nueva concepción de vida más asociada a un tema de la familia laboral que, no solo buscaba el bienestar de sus integrantes sino un apego a la empresa.
Surtió efecto. Los habitantes, no solo adoraban sus campos que eran urbanizaciones o ciudadelas muy similares a los residenciales americanos, sino que sentían un particular orgullo por Pdvsa o por la filial de Pdvsa donde laboraban y ser parte de esa familia les confería cierto prestigio en todo el país.
En la añoranza y el recuerdo de la Zulianidad que disfrutó de la vida en los campos petroleros queda todo aquello que alguna vez tuvieron y que hoy han perdido. Los campos ahora son cementerios y solo queda el recuerdo de lo que una vez llegó a ser un ejemplo de progreso y bienestar.
Si bien el gobierno venezolano no lanzó una ‘piqueta’ contra estas ‘casas muertas’ como si lo hizo con las casitas vivas de El Saladillo alguna vez, no es menos cierto que las condiciones socioeconómicas y de inestabilidad política, el tema de las expropiaciones y las confrontaciones permanentes dieron pie a este desastre.
Este escenario devastador y desolador no solo se aprecia en los complejos habitacionales petroleros del Zulia, sea en Lagunillas, Cabimas, Valmore Rodríguez, Baralt o Sur del Lago de Maracaibo, sino también en otros complejos de similar concepto.
Es así como quien vaya a San Tomé, la famosa y muy recordada ciudadela petrolera de Anzoátegui, contigua a San José de Guanipa (El Tigrito) y otros complejos situados en Maturín y Punta de Mata, estado Monagas va a observar el mismo escenario.
Ahora, cuando existe al menos la ilusión de que este nuevo megaacuerdo petrolero firmado entre el gobierno interino de Venezuela y Estados Unidos, que, de acuerdo con dignatarios de ambos países, repercutirá en millones sobre millones de dólares que le quedarían al país, asalta la inquietud ¿Estas casas muertas resucitarán?
¿Se reencontrarán los trabajadores petroleros que pueblen de nuevo estos espacios de Venezuela en estos mismos complejos? ¿Crearán nuevos complejos? ¿Estas casas terminarán de morir bajo la piqueta o la demolición larga y silente del salitre y el tiempo?
Estos complejos son un recordatorio de lo que alguna vez se construyó o se quiso construir. Equivocados o no, con sus detractores, con sus críticos, sus asimetrías, de alguna manera ofrecieron calidad de vida y un concepto urbano saludable, pero apenas queda es el espacio perdido y el recuerdo en lontananza.
Un vistazo a la ciudadela petrolera San Tomé, Azoátegui
La localidad de San Tomé fue levantada bajo el mismo concepto que los campos petroleros de la Costa Oriental del Lago, pero en el estado Anzoátegui, donde en su vecina, Monagas se descubrieron imoprtantes yacimientos enclavados en la riquísima Faja Petrolífera del Orinoco. Visitar hoy San Tomé es visitar la versión venezolana de Macondo.
San Tomé, quizá más grande contaba incluso con escuelas y hospitales levantados arquitectónicamente bajo el mismo concepto.

La Escuela ‘Campo Sur’ por ejemplo fue un ícono de la excelencia en educación que por aquellos años recibieron los hijos de los trabajadores petroleros.

Hasta un aeropuerto nacional tiene San Tomé, que conectaba incluso a la ciudad de El Tigre con Caracas, con Guayana y con Nueva Esparta. Un aeropuerto que hasta más o menos 2015 funcionó.
La conexión era interesante para quienes viajaban a El Tigre, El Tigrito e incluso para Ciudad Bolívar que queda más cerca del sur de Anzoátegui que del propio aeropuerto Manuel Carlos Piar. Pero, era la conexión perfecta para los petroleros en Anzoátegui.
Hasta 2014 aproximadamente se conoció del vuelo 2050 desde Maiquetía hasta San Tomé a bordo de los entonces recién adquiridos Embraer 190 de Conviasa, La ruta tenía su buena cantidad de pasajeros.
¿Resucitarán las casas muertas de San Tomé?
Conceptos urbanísticos de primer nivel, con una filosofía de comunidad de avanzada, con espacios para la calidad de vida que incluía parques, escuelas, hospitales, centros recreacionales, comisariato,,,
Como ocurre en el Zulia, la maleza, el abandono, la ‘muerte de la vida’ aflora en las ‘casas muertas’ de San Tomé, mismo escenario, mismo destino.
Tal vez ya estos proyectos hayan quedado atrás y ya el concepto haya sido superado quizá por uno más avanzado, no se sabe lo que ahora traerá este nuevo acuerdo petrolero que apenas se acaba de firmar y que hay que darle bastante tiempo para que algo así como estos campos residenciales se vuelvan a consolidar.
NAM/Ernesto Ríos Blanco/María Auxiliadora Sabril/Fotos: Archivo/María Sabril
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