Medir el éxito económico es, en teoría, sencillo. Si crece el Producto Interno Bruto (PIB), si la inflación se mantiene baja y el mercado laboral es fuerte. Aún más exitosa es la economía que logra incrementar su productividad y su ingreso per cápita, así como aquella que reduce la pobreza o la desigualdad. Este fue el éxito prometido a los latinoamericanos a principios de siglo, y, durante un tiempo, la visión galvanizó a distintos países. Hay que trabajar duro, dijeron los gobernantes, pero habrá frutos para cosechar.
El auge de las materias primas que empezó en 2003 y duró diez años ayudó a reducir la pobreza y la desigualdad. Millones de personas accedieron por primera vez a una vida de clase media y soñaron con un futuro aún mejor para sus hijos. Confiaron en que sus Gobiernos estaban invirtiendo bien los réditos, pero sufrieron una decepción cuando los precios de las exportaciones bajaron en los mercados globales. Por si fuera poco, estallaron escándalos de corrupción que desprestigiaron a la clase política y a los partidos a un grado que hoy se siente irreparable.
NAM/ElPaís
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