jueves 4 de junio de 2026

¡PESADILLA EN JAPÓN! “A mi compañera le quemaron sus genitales”

“Las colocaron desnudas, una al lado de la otra. Eran varias. Entre ellas había una cierta distancia para que pudieran cumplir con una orden: estirar los brazos y abrir las piernas hacia los lados. De repente, a una de ellas se le cayó algo de la vagina: Era un condón con dinero en su interior”.

Sucedió durante una de las inspecciones que los tratantes de Marcela solían hacerles sin previo aviso a las mujeres que explotaban sexualmente en Japón, reseñó el portal de BBC Mundo.

“Al ver qué era, a mi compañera le quemaron sus genitales con un cigarrillo”, contó Marcela Loaiza.

“Al día siguiente, como si no hubiese pasado nada, la forzaron a seguir trabajando. Tenía que pagar su cuota”, agregó

“Y ahí comenzó una ley: ‘Aquella que descubramos que se esconde dinero, le quemaremos sus genitales’. Yo no lo viví pero lo vi. Nunca me atreví a hacerlo porque me daba mucho miedo”, confesó esta esclava sexual latinoamericana en Japón.

Ni ella ni sus compañeras recibían dinero de los clientes. “Ellos siempre pagaban en el hotel o en el sitio a donde nos llevaban, pero a veces nos daban propinas y eso también (los proxenetas) trataban de quitárnoslos”.

Reclutamiento

El hombre que se le acercó a Marcela en una discoteca de Pereira, Colombia, no tenía intenciones de bailar con ella ni de enamorarla. Solo quería presentarse y decirle que tenía un potencial inmenso para triunfar como bailarina en el exterior.

En ese local, ella daba clases de baile y amenizaba fiestas, una actividad que hacía para complementar sus ingresos como cajera de una tienda de almacenes.

Al principio, la joven de 21 años no le prestó atención, pero, cuando su hija de 4 cuatro años se enfermó y tuvo que ser hospitalizada, se acordó de la tarjeta que le había dado Pipo, el “agente” y lo llamó.

Le contó la emergencia por la que estaba pasando, pues había perdido sus empleos por estar al cuidado de su hija. Pipo se mostró comprensivo. Le ofreció una suma de dinero para cancelar los gastos médicos de la niña. Después, le dijo, ella le pagaría con “el dineral” que haría bailando en el país donde “seguramente la iban a contratar”.

Madre soltera, de orígenes humildes, Marcela aceptó por desesperación. Con su hija recuperada y de vuelta en la casa con su abuela, decidió irse, sin saber destino propio.

Destino: Japón; falsa identidad

Marcela estaba emocionada porque se montaría en un avión por primera vez. “Me sentía la diva de Hollywood que iba a cambiar su vida”, contó.

Pipo nunca le dijo a qué país iría. Solo se lo reveló cuando la dejó en el aeropuerto. “Poco antes de montarme en el avión, cuando me entrega los pasabordos, me dice que me iré a Japón” vía Amsterdam, Holanda.

Junto a las tarjetas de embarque y dinero efectivo, Pipo le entregó un pasaporte falso. “Me dijo que en la entrada a Japón de pronto me podían poner problema (si viajaba como colombiana) y que con ese pasaporte iba a ser más fácil”. Fue así como terminó viajando como Margaretta Troff.

Identidad falsa y en manos de la mafia

Cuando llegó a Japón, se enteró de que ya no sería ni Marcela ni Margaretta. La llamarían Kelly. Así se lo dijo la mujer colombiana que la recibió en el aeropuerto y que la llevó a su casa, donde había otras mujeres.

Un día después le explicó que su trabajo sería “putear” para pagar la inmensa deuda que le debía por concepto de pasaporte, boletos de avión, vivienda, alimentación, transporte y dinero entregado por adelantado.

Cuando Marcela le trató de explicar que había una confusión y que llamaría a la policía, la mujer le dijo: “Llámela, pero no le garantizamos que llegue a tiempo al entierro de su hija”.

Así comenzó su pesadilla en Japón. Era mediados de 1999 y había caído en manos de la mafia Yakuza.

A más de un año del oficio

Fueron 18 meses de explotación sexual diaria. Hubo golpizas, al punto de quedar inconsciente y desfigurada, afirmó. Vio morir a una prostituta colombiana a golpes y con cadenas, víctima de un grupo mafioso rival.

Quiso suicidarse, pero el recuerdo de su hija y la ilusión de volver a abrazarla se lo impidieron.

Marcela cuenta que veía a un “salvador” en cada hombre que entraba en la habitación que sus captores le asignaban.

“Por eso a todos les pedía ayuda. Pero no me entendían por el idioma, eran japoneses. Y, si me entendieron, les dio igual y se hicieron los locos”.

Así como a Marcela, le pasó a cientos de colombianas en Japón.

A uno de los reclutadores le encontraron con una lista de 1.200 mujeres.

Si quiere conocer toda la historia de Marcela y otros casos de trata de blancas en Japón, ingrese a BBC Mundo.

NAM/BBC Mundo