viernes 5 de junio de 2026

#OPINIÓN || Si le puede pasar a la Presidenta, ¿Qué nos espera a todas las mujeres? || Luz Neira Parra

El episodio que vivió recientemente la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, no es solo una noticia escandalosa. Es un espejo trágico y revelador del continente. Mientras caminaba por el centro histórico de Ciudad de México, un hombre se le acercó, la tocó de manera indebida e intentó besarla ante la mirada atónita de sus escoltas y de los ciudadanos presentes. El agresor fue detenido, pero la indignación permanece. “Si esto le hacen a la presidenta, ¿Qué va a pasar con todas las mujeres del país?”, dijo Sheinbaum al denunciar públicamente el hecho. Y esa pregunta debería resonar en toda América Latina.

Lo sucedido no puede verse como una anécdota de seguridad ni como un episodio aislado. Es el síntoma visible de una enfermedad estructural: la violencia contra la mujer, cada vez más normalizada, cada vez más impune. Si una presidenta —con toda la visibilidad, los recursos y el poder que conlleva su cargo— es víctima de acoso físico en plena vía pública, ¿Qué pueden esperar las millones de mujeres anónimas que día a día son tocadas, insultadas, perseguidas o asesinadas sin que nadie las defienda?

En México mueren en promedio diez mujeres al día víctimas de feminicidio. En Venezuela, la organización Utopix contabiliza un feminicidio cada 37 horas. En Argentina, la cifra supera los 250 casos al año, y en Colombia, más de 500 mujeres fueron asesinadas por razones de género solo en 2024. En Chile, el aumento del acoso callejero ha obligado a legislar contra conductas que antes se consideraban “piropos inocentes”. Es una región donde la desigualdad y la violencia de género son parte del paisaje social, pero también donde se libra la batalla más tenaz por la dignidad femenina.

Lo más inquietante del caso Sheinbaum no es la agresión en sí, sino el mensaje que deja al descubierto: la sensación de que el cuerpo de la mujer sigue siendo un territorio sin soberanía, disponible para la invasión o el deseo ajeno. No importa si se trata de una estudiante, una trabajadora, una madre, una periodista o una jefa de Estado. En el fondo, el acto que sufrió la presidenta mexicana tiene la misma raíz que el manoseo en el transporte público, el comentario sexual en la oficina o el asesinato de una mujer en la periferia: la convicción patriarcal de que la mujer “está ahí para ser tocada”, de que su cuerpo no le pertenece del todo.

Lo terrible es la costumbre. Esa resignación que se instala con frases como “no fue para tanto”, “no te quejes”, “así son los hombres”. Esa costumbre que lleva a muchas mujeres a no denunciar, a callar, a sentirse culpables. Y esa misma costumbre es la que el gesto de Sheinbaum —al denunciar y hablar en voz alta— vino a romper. Su reacción digna, en vez de minimizar lo ocurrido, elevó el hecho al rango de cuestión nacional y, por extensión, continental.

El continente latinoamericano está lleno de presidentas, ministras, juezas, periodistas y activistas que enfrentan cotidianamente no solo la violencia simbólica del poder masculino, sino la física. El machismo no desaparece cuando una mujer llega al poder: se transforma en nuevas formas de hostigamiento, en burla, en duda permanente sobre su autoridad. Lo que ocurrió con la mandataria mexicana no puede separarse del clima de impunidad generalizado que reina en nuestras calles, donde la agresión al cuerpo femenino se ha vuelto rutina.

El caso también deja una enseñanza para los medios. No se trata de reproducir la escena mil veces para alimentar el morbo, sino de reflexionar sobre lo que simboliza. Porque no fue “una falta de seguridad”, ni “un mal momento”: fue una agresión sexual en toda regla. Y que haya ocurrido frente a cámaras solo confirma que muchos agresores ya no temen al escrutinio público. La impunidad no solo es legal, es cultural.

América Latina necesita mucho más que indignación pasajera. Necesita leyes integrales, justicia efectiva, educación en igualdad y una revolución de conciencia. Pero sobre todo, necesita que dejemos de normalizar lo intolerable. Las mujeres del continente, desde el Río Grande hasta la Patagonia, llevan décadas gritando por respeto, por seguridad, por el derecho elemental a caminar sin miedo. Y sin embargo, cada año el mapa del feminicidio se expande, los tribunales se llenan de excusas y los titulares se repiten con nombres distintos.

Que una presidenta haya sido víctima de acoso no debería sorprender, pero sí debería avergonzar. Porque si ni el poder protege, si ni la investidura más alta del país disuade al agresor, ¿Qué mensaje se envía a la sociedad? Que todas estamos expuestas. Que el peligro es cotidiano, transversal, impune.

El caso de Claudia Sheinbaum no se trata solo de ella. Es una metáfora del continente entero: una advertencia de lo mucho que falta para que la mujer deje de ser vista como un cuerpo público. Su voz, su denuncia y su gesto de dignidad son hoy un recordatorio de que no hay jerarquía que nos salve del machismo si la cultura no cambia.

Y por eso, más que indignación, este hecho exige un compromiso. Con la palabra, con la justicia y con la educación. Porque si a la presidenta de México le pasa, a todas nos puede pasar. Y entonces, ¿Qué nos espera a las demás?

NAM/Luz Neira Parra

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