• #OPINIÓN || Politización de los afectos || Maryclen Stelling

    La profunda polarización visceral, vehemente e intensa que ha afectado la vida en sociedad, sobrevive y se fortalece en distintos ámbitos de la sociedad venezolana. Intenso fenómeno  político del que se desprende un fuerte y contagioso proceso polarizante del cual no escapan la religión ni la familia,  encontrando especial acogida en el espacio transmediático.

    La ciudadanía  sufre gozosa un proceso de politización de los afectos que, en determinadas coyunturas políticas, adquiere un carácter visceral. Sin demasiados cuestionamientos, impulsivamente  entramos al terreno de la polarización afectiva, entendida como “la distancia emocional entre el afecto que despiertan quienes simpatizan con nuestras mismas ideas políticas en contraposición con el rechazo hacia quienes tienen opiniones distintas”.

    Suerte de trincheras afectivas que se sustentan en la desconfianza y el rechazo al “otro” limitando y/o anulando la cooperación ciudadana. Estudiosos del tema advierten que la polarización en términos afectivos tiene efectos adversos para “el buen funcionamiento” de la democracia.  Específicamente  señalan que deteriora la cooperación entre la ciudadanía; afecta la confianza hacia las instituciones; perjudica la legitimidad del gobierno y, en determinadas circunstancias, puede generar parálisis o bloqueo de la institucionalidad.

    Sin lugar a dudas la sociedad venezolana esta polarizada en términos político-afectivos, aun cuando dependiendo de la coyuntura política y/o económica varía la intensidad  y duración de la crispación afectiva en términos políticos. Picos político-afectivos donde predominan en la política nacional los sentimientos de afecto y rechazo configurando trincheras político-afectivas, suerte de zanjas simbólicas con fines defensivos que permiten “disparar a cubierto” al enemigo. 

    Habría que preguntarnos si estos sentimientos de afecto y rechazo se estructuran cada vez menos en términos de trincheras partidistas y más en términos de trincheras afectivas, en tanto ámbito de confort y protección. Generándose en consecuencia una tóxica dinámica político afectiva.

    Para finalizar levantamos dos interrogantes  ¿Crece la polarización afectiva? ¿A quién favorece? ¿Facilita la polarización de los afectos la estabilidad y permanencia del gobierno?

    NAM/Opinión/Maryclen Stelling

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