• #OPINIÓN || Jesús Soto y sus colores penetrables (León Magno Montiel)

    Jesús Rafael Soto ​​ fue un artista venezolano y uno de los máximos exponentes del arte cinético. Es junto a Carlos Cruz Diez y Alejandro Otero uno de los grandes representantes del cinetismo en Venezuela.

    Cuando Jesús Soto llegó a Maracaibo apenas tenía 24 años de edad. Era un joven del sur selvático venezolano que había terminado sus estudios en la Escuela de Artes de Caracas y llegaba para dirigir la Escuela de Artes «Julio Árraga» que entonces funcionaba en las adyacencias de lo que hoy en día se conoce como El Convento. Se encontró con una ciudad eufórica por la reapertura de su Universidad del Zulia, ocurrida unos meses antes, una urbe con puerto histórico, con casas aldeanas, sin centros comerciales aún, con una tradición de poetas populares y músicos de calle, con un bullicioso mercado principal que lo impresionó por su dinámica. Arribó en el año 1947 por el Aeropuerto Grano de Oro, obra diseñada por su amigo raigal, Carlos Raúl Villanueva en 1929, con quien años después realizó importantes trabajos.

    Jesús nació el 5 de junio en 1928, vivió durante tres años atizando las musas de la pintura y la escultura en esta ciudad antípoda a su cuna fluvial. Esos tres años de trabajo en Maracaibo le dieron la madurez necesaria para embarcar en El Olimpia, vapor italiano que lo llevó a París en el otoño de 1950, a sembrarse en sus bulevares, en su historia artística. Testimonios, crónicas y fotografías recrean sus cantatas en los cafés parisinos, su oficio de músico trashumante que le permitió sustentan sus finanzas los primeros años en la «Ciudad luz» donde vivió un largo medio siglo.

    Soto estableció un maridaje perfecto entre la plástica que creaba cada mañana en su taller, y la música que ejecutaba en noches de bohemia con su guitarra. Él creaba un universo de boleros, tangos, valses en el bulevar Saint Germain des Prés. En sus momentos creativos disfrutaba con las obras del austríaco Arnold Schônberg, su compositor predilecto, tendía un puente entre la estructura dodecafónica schonbergiana y su propuesta cinética que poco a poco revelaba al mundo. Para Soto eran dos brazos de un mismo cuerpo creador: pintar y ejecutar su guitarra, instrumento que comenzó a tocar a los 12 años en su Ciudad Bolívar natal, tierra de mineros y payadores.

    El guitarrista Aquiles Báez relató al portal prodavinci.com: “Tuve el privilegio de participar en la producción de un álbum donde cantó Jesús Soto acompañado por Rodrigo Riera, una exquisitez musical en homenaje a  Agustín Lara. Luego, en la gira europea con mi banda coincidí en París en el año 2004 con el maestro Soto y me relató sus noches de ronda en Maracaibo junto a Rodrigo Riera a finales de la década del 40. Ese día era el cumpleaños de Cristóbal, su hijo, cantamos, tocamos, compartimos tragos. Luego, en el 2005 regresé a la capital francesa y al preguntar con avidez por él para visitarlo, me dijeron que estaba muy enfermo. Semanas después murió en su casa, rodeado de sus cuatro hijos y familiares íntimos.”

    A los 16 años de edad, Jesús Rafael comenzó a pintar carteles para cines, un oficio menor que llevó con dignidad para sobrevivir. Esfuerzo que vio recompensado con su prestigio y reconocimiento mundial. En la Exposición de Bruselas en 1958 mueve a la crítica con su “Reja de Hierro” y comienza su nombre a sonar en las galerías europeas. Era un novel representante del arte cinético vanguardista junto a Yves Klein, Clader, Ducamp, inspirado discípulo en la distancia por Malevitch, Klee y Kandinsky.

    Comenzaron los reconocimientos a su obra: En Venezuela obtuvo el Premio Nacional de Artes Plásticas en 1960. En 1973 es inaugurado el Museo de Arte Moderno “Jesús Soto” en Ciudad Bolívar. En 1981 recibe la Medalla Picasso de la UNESCO. En 1995 recibió el Premio Nacional de Escultura en París. Con exposiciones individuales en los museos: Moma de Nueva York, Pompidou de París, Kunshalle de Alemania y Kamakura de Japón. En enero 2012, cincuenta de sus obras estarán expuestas en Grey Art Gallery, el museo de Bellas Artes de la Universidad de Nueva York, situado al sur de Manhattan.

    Sus penetrables han sido estimados en el mundo como su aporte más significativo al mundo del arte, pues lograron integrar de forma activa al espectador con el hecho artístico vital, con la obra en movimiento. Sobre esas propuestas esculturales, Arturo Uslar Pietri escribió en 1987: “El penetrable es una estructura de cuerdas en la cual el espectador se introduce y obtiene una visión deformada, gris, temblorosa que borra la figura humana y la hace desaparecer en medio de una lluvia de cuerdas transparentes”.

    El crítico Roberto Guevara nos dice sobre el origen de los penetrables sotianos: “Soto contempló los ríos anchos como mares y las lluvias torrenciales como revelación de los primeros penetrables inventados por la naturaleza”, en referencia a sus vivencias de niño en el sur venezolano (Jesús Soto en Maracaibo, 2003: Pág. 6)

    El crítico Juan de Dios Sánchez declaró al diario Clarín de Argentina: “Soto siempre será Soto, pues incorporó los principios de cambio y movimiento para implicar activamente al espectador, que se envuelve en su obra”. (Enero 20, 2005)

    El 14 de enero se cumplió un año más de su partida acaecida en el 2005. Recordemos a Jesús Soto, como un artista universal que nació a orillas del río Orinoco y llegó a recorrer las calles de nuestra ciudad lacustre junto a Rodrigo Riera, Víctor Valera y Lía Bermúdez, su querida excompañera de la escuela de artes en Caracas.

    En  madrugadas febriles Soto cantó el bambuco  “Fuego lento” del maestro Leví Parra, degustando cada nota, cada verso como si fueran suyos. En nuestra ciudad fue guía de los jóvenes pintores y escultores, maestro inspirador en nuestra escuela de artes.

    Su cuerpo fue sembrado el 15 de enero del 2005 en el cementerio intramuros de París, Montparnasse, camposanto con un historial de 188 años, allí está su tumba modesta, cercana a las de Cortázar, Beckett y Sartre. Pero su dimensión de creador sigue en espiral recorriendo el mundo. Celebremos que ese genio por aquí pasó y dejó su legado; nos entregó sus acordes de guitarra, sus líneas en movimiento,  su fuego de amor encendido.

    NAM/Opinión/León Magno Montiel

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