martes 23 de junio de 2026

#OPINIÓN || Incivilidad política || Antoni Gutiérrez-Rubí

La incivilidad política ha dejado de ser una anomalía para convertirse en una característica indisociable de la conversación pública. La democracia per se no exige consenso, pero sí ciertas reglas de convivencia. Entre ellas, una fundamental: reconocer la legitimidad del adversario, de los otros. Y cuando ese principio se debilita, el debate público deja de ser un espacio de confrontación de ideas para convertirse en un terreno de hostilidad permanente.

El insulto, la burla, la sospecha o la descalificación personal se han instalado en el repertorio político. Han penetrado en instituciones, campañas electorales y debates parlamentarios hasta convertirse, en muchos casos, en ingrediente central de cada intervención. Diversas investigaciones muestran que el fenómeno tiene consecuencias que van más allá del deterioro del tono. La incivilidad reduce la confianza en las instituciones, aumenta la percepción de conflicto permanente y dificulta la búsqueda de acuerdos. La discrepancia deja de percibirse como condición natural de la democracia y se interpreta como una amenaza.

Y el problema no es la dureza del debate, ya que la política democrática necesita confrontación, crítica y pasión. Lo preocupante es la sustitución de los argumentos (de calidad) por las etiquetas; de las razones por los estigmas. El objetivo ya no es persuadir ni construir mayorías, sino desacreditar al contrario. La incivilidad tampoco surge en el vacío. Responde a una cultura pública cada vez más acelerada, donde la reacción inmediata desplaza a la reflexión y donde la visibilidad suele imponerse a la complejidad. Y es ahí donde los mensajes más agresivos encuentran una ventaja competitiva evidente: simplifican los conflictos, generan identificación emocional y facilitan la movilización.

Sin embargo, existe un coste menos visible. Cada episodio de descalificación contribuye­ a erosionar las normas informales que nos hemos dado entre todos y que sostienen la vida democrática. «El respeto es el pegamento que mantiene la sociedad unida. Sin él, vamos hacia el resentimiento y el odio, y la democracia queda en peligro», apunta Byung-Chul Han, quien aborda esta cuestión en su libro Sin respeto (septiembre 2026).

Las instituciones no funcionan solo gracias a las leyes; también dependen de hábitos de respeto, contención y reconocimiento mutuo. Cuando esos hábitos se deterioran, la calidad de la democracia se resiente. La cuestión, por tanto, no es únicamente cómo rebajar el tono del debate. El desafío consiste en recuperar una cultura política capaz de distinguir entre adversarios y enemigos. Porque la discrepancia fortalece las instituciones, pero el desprecio sistemático las debilita. Y una democracia puede soportar grandes desacuerdos, pero difícilmente puede prosperar cuando desaparece el respeto básico entre quienes están llamados a representarla.

Mientras la atención siga cotizando más alto que la deliberación, la democracia continuará funcionando en modo bronca.

 

NAM

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