• #OPINIÓN ‘Frente al miedo’ (Salvador González)

    Quienes de cerca me conocen, saben que he sido arrojado e intrépido toda mi vida. Y es que desde muy pequeño me he topado de cerca con algunas de las caras del miedo, y esas circunstancias, aunque pueden crearnos traumas, también pueden ser experiencias que nos fortalecen y nos dan la valentía para seguir adelante y alcanzar nuestras metas, por muy difíciles que ellas sean.

    A los seis años, conocí el miedo de ser tomado por el brazo, sacado de un local y dejado a mitad de la calle por una mujer, presa ella misma de sus propios miedos y desencantos, que se expresaban dolorosamente en palabras cuyo contenido era incomprensible para mí entonces.

    A los nueve años, indefenso y mudo, sufrí el miedo del abuso y el sometimiento físico.

    A los diez años enfrenté el miedo del inicio sexual con una jovencita quinceañera, y con una gavera de refrescos como escalera al éxtasis.

    Tenía 11 años en el encuentro con el miedo ante la autoridad militar, cuando un guardia me golpeaba -con más simbolismo que fuerza- con una peinilla, en su intento de alejar al espíritu de Quijote púber empecinado en evitar el derrumbe del rancho de Suleima Díaz, construido por ella misma en un abandonado y sucio terreno, propiedad de un Don Fulano.

    Ese mismo miedo me asaltó a los catorce años, mientras la Guardia Nacional y la Policía allanaban la Escuela Técnica de Cumaná, donde era el presidente del Centro de Estudiantes.

    Cuando salí de mi tierra, con dieciséis años, conocí el nudo en el estómago del miedo a dejar mi mundo natal; pero entonces, las esperanzas, los sueños y el futuro que me esperaba al ingresar a la Universidad del Zulia, lo transformaron con su alquimia promisoria.

    He conocido la mezcla de miedo que hace temblar al cuerpo de pasión, con rubor y con arrojo, del primer beso robado al amor de estreno.

    He experimentado el miedo de la alegría en el nacimiento del primer hijo.

    También, el miedo en la espera del resultado en un proceso electoral, del cual crees depende el bienestar de un pueblo.

    Viví el miedo a la muerte por trece días consecutivos en una sala de cuidados intensivos, pendiendo del hilo divino, y de la sabiduría del abnegado doctor Jairo Pacheco, con su grupo de médicos, enfermeras, de las oraciones de mi familia, de mis amigos y de mis ángeles; juntos, conjuraron los deseos de quienes, intolerantes con la diferencia de criterios e ideas, destilaban odio y maldad en sus columnas escritas y sus programas de radio.

    He conocido el miedo a la soledad y la tristeza, que parece nunca acabar cuando te sientes perdido y derrotado.

    He caminado con el miedo de un nuevo comenzar, de la incertidumbre de un nuevo emprendimiento, de un volver a levantarme desde la nada, del renacer de las cenizas.

    He enfrentado y sufrido tantas formas de miedo, que creía que ya había visto todas sus caras y presentaciones… pero no. En jornadas recientes luché con un nuevo miedo, el más terrible y ahogador que haya conocido: el miedo al esperar desesperado, en la puerta de un quirófano, la salida del cirujano para darme noticias sobre la salud y la vida de mi hijo, Salvador Andrés. A este miedo, aún con mi hijo en franca recuperación en su habitación, aún le temo, aún lo siento.

    Algunos miedos se me han escapado en esta crónica de vida que comparto. Seguramente, en lo que me resta de vida, me tocará enfrentar nuevas formas y otras caras del miedo, pero si Dios me lo permite, y respetando sus designios, le quiero pedir que aleje de  mí ese último miedo.

    Me creo un hombre valiente, he caminado por senderos llenos de espinas y dificultades desde muy niño; también, y no quiero ni puedo ocultarlo, he disfrutado y saboreado las mieles de lo que algunos consideran y definen como éxito.

    He sobrevivido con las heridas, rasguños, marcas, traumas, recuerdos, risas y hasta los resentimientos que la vida me ha impuesto en una difícil ruta. Pero sigo en pie, soñando e inventando, preparándome y estudiando, aprendiendo cosas nuevas y revisando lo transitado, reflexionando y evaluándome, para poder dar la cara ante el próximo reto, que trae su miedo implícito.

    No sé ahora cuál vendrá, no sé si alguno de ellos me vencerá definitivamente, pues a decir verdad, algunos de los ya vividos me han derrotado parcial y transitoriamente;  pero luego, al superarlos, se convirtieron en energía, sabiduría y aprendizaje necesarios para enfrentar a los que les siguieron.

    Por lo que en mi transitar he visto, es posible que algunos seres tengan la habilidad de aprender de cada uno de sus miedos y se hacen invencibles, y que otros no posean esa capacidad y desfallecen en el intento de superarlos.

    No sé si el enfrentar los miedos es inmanente de la existencia; de lo que sí estoy seguro es que debemos tratar de pertenecer al mundo de esos afortunados o desdichados seres (no lo sé aún) que luchan y sobreviven a los temores.

    Pienso que la vida es sistémica: cada miedo te entrena, cíclicamente,  para poder resistir al que le sigue, hasta que –quizás- llegue uno que te venza. O quizá, cada miedo te va preparando para hacerte invencible.

    En consecuencia, seguiré andando, seguiré por este camino llamado vida, y permaneceré presto a luchar, a enfrentar los miedos y, Dios mediante, dispuesto a vencerlos.

    Salvador González

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