La palabra nacimiento, suscita cierta incertidumbre interpretativa. Porque las mentes, quizás, busquen una respuesta satisfactoria a este acontecimiento maravilloso y complejo del nacimiento. Desde el punto de vista fisiológico, es el momento final de la etapa de gestación de un ser vivo, a partir del cual inicia su vida como individuo, que en el caso de los humanos a este proceso también se le llama parto, el cual no ocurre solo, sino que amerita ayuda de otros seres humanos.
No obstante, según documentación realizada, el nacimiento no es igual para todos los seres vivos: para los vivíparos, es la expulsión del feto del cuerpo materno, para los ovíparos, el nacimiento ocurre cuando la eclosión del huevo libera del cascarón al individuo y para lo ovovivíparos ocurre cuando los huevos eclosionan dentro de la madre y los individuos salen a la luz. Resumiendo los diferentes procesos, puede decirse que el nacimiento: salir de la semilla, del huevo o del vientre, implica el final de la gestación y el surgir de un nuevo ser viviente.
Por otra parte, conviene aclarar que este acontecimiento, es y ha sido objeto de debate religioso, moral y jurídico, por cuanto para algunos, la existencia del ser humano, se puede ubicar semanas o meses antes del nacimiento, cuando el feto está en desarrollo dentro del vientre materno. En todo caso, estos aspectos del nacimiento no son el objeto que desarrollaré en esta última parte de la temática que he venido desarrollando en tiempos de espiritualidad, porque no soy especialista y también porque el carácter del nacimiento, al cual haré referencia, es específicamente una perspectiva que requiere una comprensión mas bien espiritual, en vez de razonamiento científico o jurídico.
«Si un hombre no nace de nuevo, no puede entrar al reino de Dios». Primero hay que decir, que el lenguaje, las palabras, no tienen siempre el mismo significado, ya que éste depende del contexto y de la época en la cual se habla y se dice en los diferentes idiomas conocidos en la evolución de la humanidad. Seguramente, en Arameo, y en aquella época, nacer tenía otra connotación. Es lo que vamos a tratar de exponer aquí, tomando como referencia las enseñanzas de la tradición iniciática, en la voz del filósofo y pedagogo Maestro Omraam Mikhael Aivanhov (1989).
Según la ciencia iniciática, el mundo está compuesto de cuatro elementos: Tierra, agua, aire y fuego, donde cada elemento tiene una simbología. así, el agua representa la materia primordial y el fuego representa el espíritu. Tierra, agua y aire son elementos materiales accesible a los cinco sentidos, mientras que el fuego, la luz, aún siendo también materia, son tan sutiles, que no son capaces de ser percibidos por nuestros sentidos en el plano físico.
Dentro del mismo contexto, el agua y el fuego, son también materia y espíritu (la mujer y el hombre), o, en otras palabras los principios femenino y masculino. (también simbolizan el corazón y el intelecto). Cuando los principios maculino y femenino se unen, producen un tercer principio, es decir, la energía. Esto es en el plano físico sería el hijo. En el plano divino, espiritual el fuego representa la sabiduría y el agua, el amor, que juntos producen el hijo, la verdad. En la tradición cristiana la verdad es el El Niño Jesús, una conciencia nueva.
Ahora bien, históricamente, este nacimiento ocurrió en Belén, en una condiciones por todos conocidas, en un ser que lleva por nombre Jesús. Pero, en el plano espiritual, místico, cósmico, su nombre es Cristo, el Yo Superior, cuyo principio es el Alma Universal, el Espíritu Santo, el Fuego Sagrado, la Madre Divina, como quiera decirse. Esta Alma Universal es la energía sublime que está en todas partes, que lo sabe y lo contiene todo, que trasmite todo de uno a otro extremo del universo. Es un Alma Sublime, que vive.
Dice la tradición, que cuando Dios dijo: «Hágase la luz», esa que apareció, no es la luz que nosotros vemos aquí en la tierra con nuestros ojos físicos. La verdadera luz que Dios creó el primer día y luego creó todo lo demás, es el Alma Universal que alimenta el cosmos y que está formada por estratos de menor a mayor densidad, siendo el fuego el de mas alta densidad, donde moran el Espìritu Santo y la Madre Divina. Aclaro, que todo lo que estoy exponiendo lo he documentado de las enseñanzas del maestro anteriormente referido, de la tradición iniciática, el Maestro Aivanhov, la cual me ha permitido la comprensión del nacimiento como fenómeno cósmico, en la creencia de que Dios habita en cada uno de nosotros, creámoslo o no.
El Nacimiento de Cristo es una conciencia nueva: «Si un hombre no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios». Es un acontecimiento interior que se percibe, se siente la presencia, la compañía, algo que nos ilumina y nos alegra y es como una gran puerta que se abre para todos nosotros. Es un nacimiento en cada uno de nosotros, un segundo nacimiento en el mundo divino, ese que debemos procurar por nuestro propio esfuerzo desde ya. ¡Preparémonos para ello, mas allá de la noche buena!
NAM/Carmen Rosa Blanco/Educadora
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