viernes 5 de junio de 2026

#OPINIÓN || El efecto Matilda: mujeres borradas de la historia del talento || Lcda. Luz Neira Parra Viloria

Cada 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, surge la pregunta incómoda: ¿cuántos descubrimientos, obras y avances intelectuales fueron realizados por mujeres y terminaron atribuidos a hombres o relegados al olvido? La historiadora de la ciencia Margaret W. Rossiter denominó este fenómeno efecto Matilda, en honor a la activista del siglo XIX Matilda Joslyn Gage.

Rossiter documentó cómo la cultura académica y social minimizó o ignoró las contribuciones de las mujeres durante siglos, atribuyendo muchas veces sus logros a colegas masculinos. Un caso paradigmático es Mileva Marić, compañera de estudios y primera esposa de Albert Einstein.

Mileva compartió con Einstein los primeros años de formación y proyectos científicos, pero quedó al cuidado del hogar y de sus tres hijos cuando él pudo dedicarse plenamente a su carrera. Su sacrificio permitió que él brillara públicamente, mientras su propio talento y posibilidades de investigación quedaron limitadas por la estructura social de la época.

En la ciencia moderna, Rosalind Franklin jugó un papel decisivo en el descubrimiento de la estructura del ADN, pero el reconocimiento formal fue para James Watson, Francis Crick y Maurice Wilkins. De igual modo, Jocelyn Bell Burnell identificó los primeros púlsares, pero el Nobel de Física de 1974 se otorgó a su supervisor, Antony Hewish.

En la literatura, el efecto Matilda también es evidente. En 1818, Mary Shelley publicó Frankenstein a los 18 años, una obra de ciencia ficción que asombró al mundo. Sin embargo, por décadas se creyó que su esposo, Percy Bysshe Shelley, era el verdadero autor. Algo similar ocurrió con Emily Brontë y su extraordinaria novela Cumbres Borrascosas.

Publicó bajo el seudónimo Ellis Bell para evitar los prejuicios de una sociedad que desconfiaba del talento femenino. Estos ejemplos muestran una constante histórica: el talento de las mujeres no solo tuvo que crearse, sino también abrirse paso en un mundo que rara vez creía que podían sobresalir.

Mientras algunos nombres pasaron a los libros y monumentos, muchos otros quedaron relegados a notas al pie o al olvido. Durante siglos, la historia ha sido escrita principalmente por hombres, y en ese relato muchas mujeres quedaron fuera de escena.

No porque les faltara talento, inteligencia o coraje, sino porque sus logros rara vez eran reconocidos con la misma legitimidad. Desde Mileva Marić, que sostuvo el hogar y permitió que Einstein continuara su carrera, hasta científicas como Rosalind Franklin o escritoras como Mary Shelley y Emily Brontë, la historia oficial ha preferido registrar otros nombres, dejando muchas historias de mujeres brillantes relegadas al silencio.

Recordarlas cada 8 de marzo no es solo un homenaje simbólico. Es un acto de justicia histórica y una llamada a reescribir, finalmente, la memoria del conocimiento humano incluyendo a todas quienes contribuyeron a construirlo.

NAM/Luz Neira Parra/Periodista-Docente

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