• #OPINIÓN «El día que Gabo dejo de Fumar» (Leo Magno Montiel)

    Hasta los 52 años de edad, Gabriel García Márquez gozó de muy buena salud. Tuvo una vida dedicada a la escritura, lectura y al compartir con sus amigos.

    Ya había recibido el premio Nobel de Literatura (1982) era reconocido mundialmente como narrador ficcional y periodista. En 1975 había dejado su vicio suicida, el cigarro negro. Fue en Barcelona, España, donde apagó su último chicote, mientras terminaba su novela «El otoño del patriarca». Pero, sin sospecharlo, aparecería el temido mal, el cáncer, unido a la ansiedad, y finalmente: lo diagnosticaron con Alzheimer.

    Sobre ese episodio oscuro y difícil en su vida llena de logros, reconocimientos y parrandas con sus cofrades, Gabo escribió:

    «Sucede que soy un fumador retirado, y no de los menores. Hace poco le oí decir a un amigo que prefiere ser un borracho conocido que un alcohólico anónimo. Yo había dicho otra cosa menos inteligente, pero tal vez más sincera en ese momento: «Prefiero morirme antes que dejar de fumar». Sin embargo, antes de dos años había dejado. De eso hace ahora catorce años, y había fumado desde la edad de dieciocho, y a un ritmo que no les conozco a muchos fumadores empedernidos. En el momento en que me detuve, me fumaba cuatro cajetillas de tabaco negro en catorce horas: ochenta cigarrillos. Alguien había calculado que de esas catorce horas útiles en la vida malgastaba cuatro horas completas en el acto simple de sacar el cigarrillo, buscar los fósforos y encenderlo. Fumaba en exceso, pero no era un adicto catastrófico: nunca me quedé dormido fumando, ni quemé un sillón o una alfombra en una visita, ni fumé desnudo, pero caminando con los zapatos puestos -que es una de las cosas de peor suerte que se pueden hacer en la vida-, ni olvidé un cigarrillo encendido en ninguna parte, y mucho menos, por supuesto, en el, lavabo de un avión. No estoy tratando de hacer proselitismo, aunque suelo hacerlo y me gusta, como a todos los conversos. Al contrario, debo decir que en mis largos y dichosos años de fumador no tuve nunca un acceso de tos, ni ningún trastorno del corazón, ni ninguno de los males mayores y menores que se atribuyen a los grandes fumadores. En cambio, cuando dejé de fumar contraje una bronquitis crónica que me costó mucho trabajo superar. Más aún, no dejé de fumar por ningún motivo especial, y nunca me sentí ni mejor ni peor, ni se me agrió el carácter ni aumenté de peso, y todo siguió como si nunca hubiera fumado en mi vida. O mejor aún: como si aún siguiera fumando.

    Durante muchos años repetí un chiste flojo: «La única manera de dejar de fumar es no fumar más». Mi mayor sorpresa en este mundo es que cuando dejé de fumar comprendí que aquél no era un chiste flojo, sino la pura verdad. Pero la forma en que ocurrió merece recordarse, por si estas líneas llegan ante los ojos de alguien que quisiera dejar de fumar y no ha podido. Sucedió en Barcelona, una noche en que salimos a cenar con el médico Luis Feduchi y su esposa, Leticia, y él andaba feliz porque había dejado el cigarrillo hacía un mes. Admirado de su fuerza de voluntad, le pregunté cómo lo había conseguido, y me lo explicó con argumentos tan convincentes, que al final aplasté la colilla de mi cigarrillo en el cenicero, y fue el último que me fumé en la vida.

    El Gabo murió en 2014 luego de reaparecer el cáncer linfático. Lo habían tratado en 1999 en Los Ángeles, EEUU. También lo invadió la niebla de la demencia senil, desapareció su asombrosa memoria. Falleció en México donde escribió su obra maestra «Cien años de soledad» entre 1965 y 1966. En esos 18 meses de escritura intensa, ininterrumpida, monacal; llegó a fumar cuatro cajetillas por día frente a su maquina de escribir.

    Sus cenizas reposan en la ciudad que más amó: Cartagena de Indias.

    León Magno Montiel
    @leonmagnom

     

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