• #OPINIÓN || El camino de Ipika || Francisco Arias Cárdenas

    La Sierra de Perijá, dicha por los neogranadinos Sierra de los Motilones está llena de encantos que aprecian bien sus habitantes. De manera especial la sienten en armonía con ella, los perijaneros. Felices y conscientes de su esencia, se autodefinen usualmente y con orgullo como “montunos”, muy particularmente por Leonardo Núñez, conocedor y oriundo de esa región. Relacionados, integrados con este paisaje, con esta naturaleza, con este clima.

    Con estos pobladores, productores de riqueza, convivimos; forastero como muchos de ellos, identificados, admirados de su amor al trabajo. Compartimos con Antonio Méndez, Iván Morán, Alfonso Márquez, y con muchos otros productores de Perijá, horas imborrables de sus aventuras, duras, algunas no tan humanas ni gratificantes, sino más bien dolorosas cuando se trataba de relación con los indígenas para domesticar, para trabajar esas tierras del pie de monte perijanero.

    Todas las posibilidades abiertas en esa experiencia de producción de Perijá. Allí se cumple aquello de “Tierra bendita, todo lo tiene. Todo lo da”. Sin embargo, un poco más arriba, en la Misión Ángeles del Tokuko, está una realidad vivificante.  Los Yukpas y su cultura. Su cosmovisión, su trabajo.

    Todas comunidades cercanas. Familias y caciques, algunos muy permeados por las costumbres y organización impuestos por los blancos conquistadores. Los blancos de la colonia y los actuales. Inclusive mestizos tanto de Venezuela como de Nueva Granada. Paso indetenible entre dos naciones hermanas en historia y en geografía, separadas por intereses de poder y unidas en la práctica por el tránsito de humanos, que superan dificultades y remontan los altos riscos para ir de un lado a otro por diversas razones.

    En las comunidades de la alta montaña recordamos con afecto una que está a medio camino entre el Tokuko y el límite binacional. La Comunidad de IPIKA. Los Yukpas la han desarrollado en medio de dificultades como centro de producción con la experiencia venezolana del conuco.

    Allí la yuca, el plátano el cambur y como iniciativa particular de los indígenas de la etnia, el café. Verdadero café orgánico. Es una deuda de nuestros gobiernos integrarnos y ayudar en el desarrollo de este rubro tan especial, con posibilidades de exportación.

    Recientemente visitamos, inspirados por una exigencia del presidente Nicolás Maduro, la experiencia de Comercio Justo, desarrollada por el padre Frans Van der Hoff. Inmediatamente pensamos en la posibilidad de interacción entre su experiencia con los indígenas zapotecos de Oaxaca y los cultivos de café orgánico de los Yukpas en la Sierra de Perijá.

    Recuerdo con alegría la experiencia personal para adecuar el camino hacia IPIKA. Con Arístides, de nuevo con el Padre Víctor de la Misión del Tokuko, tradición de trabajo compartido y respetuoso que siguió otro fraile, sacerdote franciscano de amor entre los Yukpas y en el Zulia, el padre Nelson Sandoval.

    Avanzamos acompañando este trabajo, testigos de la laboriosidad de los indígenas, desde las partes altas los veíamos subir, abriéndose paso como hormigas dentro de aquella montaña. Una verdadera aventura colectiva.

    Mucho por hacer en la Sierra de Perijá, tomados de la mano con los indígenas, los verdaderos y auténticos dueños ancestrales de estas tierras. Reducidos a las partes altas y algunos espacios del pie de monte, todavía allí, protectores y armónicos con esta selva, pueden ser parte muy importante para este momento del país que necesita de todos nosotros.

    NAM/Francisco Arias Cárdenas

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