• #OPINIÓN || Día de la Madre || Antonio Pérez Esclarín

    La celebración del Día de la Madre en momentos en que, con la crisis humanitaria agravada por la pandemia, ha aumentado la violencia intrafamiliar y se han roto numerosas familias porque alguno de sus miembros, para sobrevivir, ha debido marcharse del país, me brinda una oportunidad para insistir en la necesidad de fortalecer los lazos familiares.

    Las madres se sienten   felices cuando ven que en la familia nos apoyamos, nos tratamos con cariño, somos responsables y colaboradores, nos ayudamos a enfrentar juntos los gravísimos problemas que sufrimos. Por ello, la celebración de este día y el mejor regalo que podemos hacerles a las madres, debe ser el compromiso de asumir responsablemente el papel que nos corresponde a cada uno en nuestra familia concreta, es decir, con las personas con las que vivimos: madre-esposa, padre-esposo, hijos-hermanos, abuelos, tíos, suegra o suegro, nuera, yerno…

    No olvidemos que la familia es raíz de identidad: en ella los niños deben echar raíces sólidas para crecer y los jóvenes alas para volar. Sin familia, no hay arraigo. Sin familia, o con una familia destruida, la libertad se transforma en soledad y violencia. La familia es también la principal transmisora de valores (o antivalores) y expectativas.

    En definitiva, la mayor parte de las cosas que uno valora, teme, desea, desprecia, las ha aprendido a valorar, temer, desear, despreciar en la familia, pues los niños aprenden lo que viven: Si en la casa  nos tratamos a golpes  y gritos, los hijos serán agresivos y violentos; si consideramos que el hombre es superior a la mujer,  los hijos serán machistas; si despreciamos a los que no son de nuestra raza, condición social, religión…, estamos enseñando a despreciar; pero si nos apreciamos y respetamos, si nos tratamos con cariño y  colaboramos en las tareas del hogar, estaremos poniendo cimientos sólidos para que luego los  niños y los jóvenes sean adultos honestos y responsables.

    Si queremos familias sólidas, debemos empezar por fortalecer la pareja. El matrimonio debe entenderse como un noviazgo eterno, que exige mucho cuidado, abnegación y disciplina.  La rutina lo gasta y la violencia lo destruye.  Para mantener vivo el amor y superar las dificultades y problemas, es muy importante cuidar los detalles; mantener el buen humor; ser muy comprensivos con los cansancios, miedos, y preocupaciones del otro o de la otra; evitar todo lo que desagrada al compañero o compañera y también la rutina, la quejadera y el derrotismo; escuchar con atención y comunicarse siempre. Si al amor hay que alimentarlo todos los días, el primer alimento debe ser la palabra. Conversar ante cualquier destello de lejanía, de indiferencia, de maltrato, de cansancio.

    El amor verdadero es siempre fecundo: engendra hijos, ilusiones, proyectos, entrega a los demás. El amor en la familia debe extenderse a los demás. Una familia que viva encerrada en sí misma, pendiente sólo de su comodidad y de aprovecharse de la situación para especular y ganar; sin ojos, oídos y manos para las necesidades de los demás, no está alimentada por un verdadero amor. Por ello, la familia debe concebirse como una comunidad de personas que tratan de vivir un ideal común de justicia y solidaridad y se esfuerzan en avanzar hacia él.

    ¡Felicidades a todas las madres, y también a todos los otros miembros de la familia que se esfuerzan con su comportamiento y conducta por tener contentas a las madres   durante todos los días del año!

    NAM/Opinión/Antonio Pérez Esclarín

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