lunes 24 de junio de 2024

#OPINIÓN || «Cuando la desesperación nos vuelve torpes» || Dra. Carmen Rosa Blanco

Según el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), el término desesperación hace referencia a un estado de pérdida total de la esperanza, o también a la alteración externa del ánimo que puede desembocar, entre otras cosas, en cólera.

La torpeza es la falta de gracia, habilidad o coordinación en las acciones, ya sean físicas (movimientos del cuerpo) o sociales (lo que se dice a los demás). Una persona torpe es aquella a la que le cuesta moverse con destreza, realizar acciones cotidianas de manera coordinada, o puede ser también aquella persona que suele decir lo que no debe o que carece de sagacidad y rapidez mental. En el habla cotidiana, torpe se asocia popularmente con «torpor”, esto es, con embotamiento, lentitud, falta de gracia.

Es por esto, que se llama torpe, a quienes suelen, con frecuencia, derribar objetos, caerse o tropezar, entre otras acciones que evidencian descuido, distracción o falta de coordinación física o mental. La torpeza se suele interpretar como una fuente de errores (Meter la pata).

Cuando se trata de entretenimiento, se puede ser «inocentemente torpes» con el propósito  de provocar la risa del espectador. También se habla de torpeza social, que se refiere, a decir o hacer cosas notorias que no beberíamos hacer, porque una torpeza es un desacierto, una acción que puede derivar  por una pérdida de los sentidos físicos o por una desgracia o mala noticia, que al llevarnos a la desesperación, nos hace confundir o alterar el ánimo y conducirnos a la cólera.

La torpeza humana tiene consecuencias. Es notable, por ejemplo cuando la incomprensión correcta de algunas cosas, o la falta de inteligencia, nos llevan a realizar algo en la lógica de la estupidez, como sería cerrar una calle para impedir el paso a quien nos resulta incómodo, o impedir el traslado libre a cualquier ciudadano por razones políticas o de otro tipo, o más concretamente pretender invisiblizar una realidad mediante la censura, el cierre de locales de servicio público o, en el peor de los casos, quitar la energía eléctrica para impedir que se «vea» o se «hable» determinado asunto.

Este tipo de torpezas, por desesperación moral, social o política, generalmente produce un efecto contrario a la intención, es decir se produce lo que cuenta la canción del señor Chacumbele: «el mismito se mató…» claro, que en el caso de Chacumbele, la muerte fue por amor.

Cuenta la historia que Chacumbele, un pobre muchacho, que luego de sobrevivir al ciclón de Santa Cruz del Sur en Cuba, alcanzó la cúspide de la fama en el circo Santos y Artigas, pero se quitó la vida como consecuencia del mal amor de una mujer.

En el ámbito del espacio público, las conductas torpes, acciones arbitrarias, en vez de tapar o de oscurecer lo que está detrás de esos despropósitos, dan a luz una virtud: develar a plenitud la realidad, desnudar la intención y afianzar el deseo de cambiarlo todo, deviene la esperanza.

De allí podemos concluir, que si la desesperación es por miedo, el mejor remedio, no torpe, sería afrontarlo. ¿Cómo superar el miedo?, ¿Cómo acabar con aquello que nos amenaza?. Creo que lo conveniente es la ayuda especializada, porque cuando esas conductas torpes, generadas por la desesperación, se convierten en un patrón de conducta social, estamos expuestos al juicio negativo, al mayor rechazo.

Existe una expresión poética muy popularizada que dice: «No se puede tapar el Sol con un dedo», interpretándolo sería equivalente a decir que no se puede resolver un gran problema con pequeñas acciones, no tratar de justificar lo injustificable porque sería un intento inútil querer tapar algo demasiado notorio.

Por ejemplo, los venezolanos estamos descontentos porque en más de veinticinco años ha desmejorado la calidad de vida, por deficiencias de los servicios básicos, los salarios insuficientes, la devaluación de nuestra moneda, el deterioro del tejido social y mucho más… Esto está a la vista, se vive. Es allí cuando buscamos el cambio, cuando ahora vemos esa posibilidad palpitante en cada venezolano y sobre todo una voluntad firme.

Esto que queremos, el cambio, es indetenible, está regado por todo el país, no hay dedo que tape este esplendoroso Sol. No hay cabida para ociosas torpezas producto de la desesperación, todo está destapado.

NAM/Carmen Rosa Blanco/Educadora

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