• ¡MÁS DE 500 AÑOS RESISTIENDO EL DESPRECIO! Radiografía Yukpa: Desplazados y humillados buscan que alguien vuelque su mirada y los dignifique (FOTOS SENSIBLES)

    Un yukpa con su mirada profundamente triste y resignada dijo: “Ella vino, tomó unas fotos, prometió comida y medicina, pero no ha vuelto” refiriéndose a una diputada que les visitó recientemente, esta misma semana. Es una tribu de varias familias y ya hicieron de la zona de seguridad vial que conecta la autopista 1 con la Circunvalación 2 a la altura de Sierra Maestra, su “hogar”. Están ahí a la buena de Dios, ante la más grande indiferencia e indolencia gubernamental.

    Los Yukpas dicen no sentirse representados por nadie, ni siquiera por sus “hermanos” de raza que hoy fungen en el parlamento indígena.

    Unas quince familias viven al borde de la Circunvalación 1 y unas ochenta viven cerca al monumento a La Chinita en el distribuidor Caujarito.

    La pregunta aquí es ¿Qué hacen esas tribus indígenas habitando esos lugares en esas condiciones y cuál es la razón por la cual no hay una autoridad que pueda solventar ese caos?

    Parece que la respuesta es sencilla, desde el punto de vista de lo que ellos padecen: “pasamos hambre en La Sierra de Perijá, no tenemos comida ni medicina, nadie nos atiende”.

    En consecuencia, se han tenido que desplazar a la ciudad y armar allí sus campamentos en esos peraltes viales, “a ver si así se conduelen, pero no se les pone ni el ojo aguao”.

    Ellos se adueñaron de «la curva de Sierra Maestra» Ahí ponen sus troncos, sus piedras y sus tiras, de tela o de cabulla. Una joven yukpa con un carajito desnudito, con el culito al aire en sus brazos, extiende su mano mostrando el hambre.

    «El frío que corta los harapos de los pobres del mundo, para arañar su cuerpo, no puede ser un poema de amor», es la frase del tema «Esconderse en la Flor» del recordado cantautor, Alí Primera.

    CINCO AÑOS

    En la Autopista 1 con la Circunvalación 2, en los límites entre Maracaibo y San Francisco, a la vista de todos; pero “sin ser vistos por los gobernantes”, está un asentamiento indígena de la etnia Yukpa, el cual ya tiene cinco años establecido en el lugar.

    Hace dos días, les enviaron un contingente antimotín compuesto por unos 50 funcionarios policiales de distintos componentes y ellos, sin lanzar una sola flecha, impidieron ser sacados del lugar. Son bravíos.

    El hambre, la miseria, y principalmente la guerrilla, los abusos y el saqueo de sus tierras los obligan a desplazarse a la ciudad para ejercer presión, pero ya tienen cinco años fracasando en el intento.

    El Yukpa es un guerrero, tienen más de 500 años resistiendo y ya se acostumbraron a vivir como lo hacen en esas jardinerías viales en Maracaibo. ¿Que si no les afecta? Desde luego, pero resisten.

    Un habitante del campamento, precisó que en el lugar habitan unas 300 personas entre adultos, jóvenes, ancianos y niños.

    Dijo que en el lugar hay mujeres y niños con problemas de desnutrición y enfermedades de diversas índoles como sarna, herpes, diarreas, erupciones en la piel, parásitos y hambre.

    Ahora se suma el grave peligro de que ellos se contaminen de coronavirus y sean potenciales portadores. Es una bomba de tiempo que podría disparar los contagios en Maracaibo y San Francisco.

    «Nos las arreglamos como podemos, nadie nos ha ayudado, comemos con lo que pedimos».

    El informante, que dijo llamarse Juan, añadió que se vieron obligados a salir de la Sierra de Perijá porque «Allá nos estábamos muriendo de hambre, las carreteras malas y no hay cosecha».

    Lo que comen

    «Comemos yuca con sal, y a veces arroz sólo», los niños están pasando hambre y nadie ayuda», dijo una madre yukpa. Ellos no se identifican, no dan sus nombres por temor a represalias.

    «Los niños no tienen medicamentos y comen sólo arroz, nadie se acuerda de nosotros».

    «Nosotros vivimos aquí día y noche, con lluvia y sol» dijo la mujer mientras raspaba el poco arroz de un viejo canarín colocado en el suelo, donde varias mujeres sacaban su porción.

    En el lugar hay unas 20 casuchas donde se apiñan varias personas, con apenas un techo de cartón y paredes de lata.

    Problema añejo

    Hace ya varios años, más de cinco, el cacique yukpa Sabino Romero fue asesinado. Ocho años hacen de ese crimen.

    Pero, los yukpas tienen más de 20 años yendo y viniendo: “Nos sacan como perros, nos prometen reubicarnos, darnos condiciones, pero nos engañan y nosotros regresamos aquí”.

    Con el presidente Hugo Chávez todavía al frente de Venezuela, se inició un proceso de demarcación de tierras indígenas que generó toda una revuelta, porque no había acuerdos al respecto.

    Los Yukpas y otras etnias reclamaban tierras que estaban en manos de los agroproductores: “Las mejores, ellos se quedaron con las mejores y nos lanzaron pa’ la montaña, donde hay piedra, maleza y no se puede cosechar”.

    Desde entonces los Yukpas se han asumido como desplazados y vienen a la ciudad a ejercer presión, aunque ya parece que no le importa a nadie.

    Activistas de Derechos Humanos (DDHH), diputados indígenas y no indígenas, todos están de acuerdo en que un “paliativo” como darles medicina y una bolsa de comida no resuelve el problema.

    Coinciden en que los Yukpas deben ser dignificados e incorporados al sistema productivo, pero el caso es que no se da. Pasan los años y no se da.

    SALUD PÚBLICA

    Cualquiera podría decir: “esos indios están acostumbrados a vivir así, eso no les hace nada, es su naturaleza” nada más lejos de la verdad.

    Ellos viven así, por excluidos e históricamente desplazados y literalmente abandonados, por todos los gobiernos, desde los primeros hasta los quinto republicanos.

    No ha habido para ellos una dignificación, una solución sostenible, una incorporación a los planes de la nación y eh aquí el resultado.

    Allí padecen, en esas chozas. A la intemperie viven, comen, se bañan, hacen sus necesidades, tienen relaciones, botan la basura, duermen, mientras una ciudad entera los ignora.

    Vecinos de las zonas residenciales cercanas denuncian que los yukpas tienen todo eso contaminado: queman, hacen sus necesidades ahí mismo, sin al menos cavar un séptico, cocinan y echan los desperdicios en la calle y no tienen el más mínimo cuidado con el coronavirus.

    Quizá ni sabrán que existe el coronavirus o el hambre es algo que sobrepasa sus niveles de entendimiento y su supervivencia y se creen inmunes a todo.

    A lo mejor lo sean. Tienen una fortaleza para resistir impresionante y ahí están. ¿Tienen algo de culpa ellos de lo que ellos mismos viven? Tal vez, tal vez haya una cuota de responsabilidad.

    Pero, aquí hay un estado con tres niveles de gobierno que ante una problemática de semejante magnitud se han mostrado indolentes, es una realidad como quiera que se mida.

    Aún están a tiempo, gobernadores, alcaldes, concejales y diputados de hacer algo, de dignificar a estos seres humanos y devolverle a la ciudad un espacio que bien pudiera ser jardinería y pulmón vegetal.

    ¡Voluntad política! Eso es lo que falta.

    NAM/Ernesto Ríos Blanco

    Fotos: Ernesto Ríos/Cortesía

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