Últimamente, el odio político tiene alta presencia en discursos, narrativas mediáticas, en las relaciones sociales y en el habla coloquial, hasta naturalizarse.
Odio es un “sentimiento de aversión y rechazo, muy intenso e incontrolable, hacia algo o alguien”, que incita a evitar, limitar o destruir el objeto u objetivo. El odio político, en muchos casos inducido y organizado, tiene graves consecuencias tanto en la esfera pública como en la privada, sometidas a procesos de estereotipación y estigmatización del “otro”, diferente, contrario, enemigo. Suerte de odio genérico que conjuntamente ata, separa y cohesiona en un sólido vínculo entre odiado y odiador. Cuando se crea un enemigo, se define la identidad del “par opuesto” y, además, se produce consenso en torno al grupo de pertenencia.
Tal vínculo de odio genera un determinado tipo de relación hacia personas con ciertos rasgos y a quienes se representa, indefectiblemente, por esas características. Odiando se simplifican causalidades complejas de daños, miedos y descontentos a un objeto único, cuya eliminación supuestamente desaparecerá el motivo de la aversión. Al construir al enemigo, se legitima la eliminación de la víctima dando pie a crímenes de odio.
Los delitos de odio aluden a crímenes motivados por el rechazo de un grupo social identificable por sus características personales, funcionales, sociales o políticas. En los crímenes de odio, altamente emocionales, las víctimas -producto de una previa construcción social o política y convertidos en enemigos a destruir- son desvalorizadas a la categoría de “no-personas”, “no-ciudadanos”. La desvalorización de la víctima supone una justificación moral de la conducta violenta y quienes cometen los crímenes se atribuyen la representación de la mayoría, con licencia para matar y restituir a cualquier precio la justicia y la democracia, actuando sobre “el enemigo”. Suerte de racionalización del crimen que legitima el delito de odio y refuerza, por contraste con la víctima, la identidad e identificación del ejecutor con su grupo.
Surgen en el país voces que claman por el fin de la violencia, llaman a la paz, la convivencia y promueven la despolarización. Sin embargo, la dinámica política confrontacional promueve la polarización y la violencia, las víctimas y delitos de odio y ello supone el peligro de que se normalicen este tipo de relaciones, fundamentadas en los odios que atan.
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