Unos duendes gigantes vegetarianos que matan familias de turistas, chicas en ropa interior que se lían a tiros cada 15 minutos, la cara de Fernando Guillén que aparece en la yema del huevo de una gallina embrujada, la adaptación a la gran pantalla de la novela de ciencia-ficción escrita por el fundador de la Cienciología, una copia de Superman que roba champán de un restaurante de moda para contentar a su novia, un engendro de triángulo amoroso, David Hasselhoff…
Bienvenidos a las peores películas de la historia, un inframundo tan fascinante como delirante, un compendio de sueños rotos y chapuzas en celuloide, un catálogo de desastres fílmicos tan colosales que provocan la fascinación de legiones de cinéfilos, que a fuerza de ver y ver películas devienen en cinéfagos.
Para guiar al público por ese museo del horror cinematográfico, nada mejor que el volumen The Bad Movie Bible (Art of Publishing), de Rob Hill, recién publicado en Reino Unido, en el que el autor analiza las 101 mejores malas películas -no, no es una contradicción- de los últimos 50 años.
No es el primer libro sobre la materia (el clásico de Michael Adams Showgirls, Teenwolves and Astro Zombies: A Film Critic’s Year-long Quest to Find the Worst Movie Ever Made ya sentó cátedra en 2009) ni será el último. Pero en este, Hill ha ideado unas reglas claras de valoración para su listado: solo valen filmes producidos desde los años setenta, ya que los de lustros precedentes son más difíciles de encontrar; además, a partir de esa década estalló la cultura del vídeo y cambió el paradigma en Hollywood, con el triunfo de La guerra de las galaxias y Tiburón como el producto estrella de los grandes estudios.
Tampoco tiene en cuenta filmes creados para los festivales de cine de autor. «Para entender qué hace que una peli mala sea buena, necesitamos desglosar sus contradicciones peculiares», escribe en el primer capítulo, en el que asegura ha revisado miles de títulos para la elaboración del volumen.
Así suman puntos la incompetencia en la dirección y en la actuación, el nivel de horterada («Por desgracia en inglés no contamos con una palabra como la española cutre»), el exceso en sus elementos narrativos -si es gore, que se pase de gore- y el elemento What?, que resume «decisiones alocadas» de guion y momentos estúpidos que Hill define así: «Todo lo que te haga reír porque no te puedes creer lo que está pasando en la pantalla».
Por supuesto, se tiene en cuenta la sinceridad: el auténtico esfuerzo de sus creadores por lograr un resultado digno. De ahí que los títulos de la productora Asylum, los autores, por ejemplo, de la saga Sharknado, no entren en la lista: están filmados ex profeso para la burla del espectador.
NV1/EL PAÍS ESPAÑA
