El día transcurría con total normalidad, un 13 de septiembre común y corriente, cada quien en su dinámica de vida y de trabajo. Los aeropuertos, como siempre con su actividad en pleno desarrollo. Un vuelo se preparaba para salir desde el aeropuerto Santiago Mariño de Porlamar hasta el aeropuerto Manuel Carlos Piar de Puerto Ordaz. El 2350 de Conviasa, piloteado por un experto con más de 1.200 horas de vuelo como el Capitán Ramiro Cadena Cárdenas, de primer oficial un menos experimentado Luis Albarrán y el técnico de vuelo Gilbert Parada.
Con dos horas de retraso, a las 9:00 de la mañana del lunes 13 de septiembre de 2010, el avión ATR 42-320 matrícula YV 1010 de Conviasa despegó del Aeropuerto Internacional General en Jefe Santiago Mariño de Porlamar, estado Nueva Esparta, rumbo a Puerto Ordaz. 51 personas iban a bordo: 47 viajeros y cuatro tripulantes.
50 minutos más tarde, el vuelo 2350 de Conviasa se acercaba al Aeropuerto Internacional Manuel Carlos Piar. La azafata, Daniela Penique anunció con voz nerviosa que el aterrizaje ocurriría en pocos minutos, pero el avión no llegó. Se estrelló a las 9:53 am en el patio de la bodega de almacenamiento número 10 de la Siderúrgica del Orinoco (Sidor), a escasas 10 millas de la pista de aterrizaje.
Testimonios que no se olvidan

Se cumplen este sábado, 13 de septiembre de 2025, 15 años de la que ha sido la última tragedia aérea que se ha registrado en Venezuela. Una vez más, recordamos testimonios desgarradores que vivieron los protagonistas y sus allegados.
El saldo: 34 sobrevivientes y 17 personas fallecidas, entre ellos el pasajero Gustavo Torres. “Es difícil cuando la vida se te va en un segundo”, comentó María Alvea, sobreviviente y comadre del fallecido en entrevista a Correo del Caroní.
Gustavo, María, su esposo José Silva y Nérida Hernández, esposa de Torres, fueron de vacaciones a la isla de Margarita para pagarle una promesa a la Virgen del Valle. Sin embargo, Silva tuvo que ir el domingo a Valencia a una reunión de trabajo y no tomó el vuelo de regreso junto a ellos. “Hasta la fecha doy gracias a Dios por eso, porque si no, no estuviera vivo».
Audio del momento exacto en el que comienza el caos
Antes de estrellarse recuerda que el avión subía y bajaba, pero pensaba que era algo normal. Al ver el puente Orinoquia se calmó porque pensaba que llegarían a la pista en segundos. “Ya cuando estábamos llegando lo que recuerdo son los gritos de las personas, pero ni me imaginaba, en verdad que el avión se iba a caer”.
Imposible de olvidar
En su mente aparecen por instantes las imágenes de ese día. Cuando sintió que el avión cayó, notó que aún estaban lejos del aeropuerto. Se desesperó: los asientos se habían desprendido por el impacto y tapaban a su hija María Antonieta, de dos años de edad. Se desabrochó el cinturón y la encontró solo con un pequeño golpe en la boca y en el pie; casi intacta.
Salió por un espacio del avión destruido. Entre el humo, lo primero que vio fue a un trabajador de Sidor, quien le prestó su teléfono para llamar a su madre. A Alvea se le marcó el cinturón en el cuerpo del impacto. Sufrió golpes y quemaduras leves en las plantas de los pies. La sobreviviente tiene marcas que aún la afectan. “A mí me da pánico, desde ese momento los vuelos nacionales no los he podido hacer”.
Sigue asistiendo a terapia y para despejar la mente trabaja con bisutería. “La psiquiatra me mandó varias terapias y hasta estar en el aeropuerto, pero no he podido, (…) cuando viajo lamentablemente tiene que ser con tratamiento, porque no puedo”.

Aún tiene las fotos de aquel viaje, un neceser, los recortes de periódico y los boletos de ese día. “A veces quisiera devolver el tiempo, pero no se puede”. Extraña a Torres, quien era padrino de su hija. Luego del accidente se enteró que estaba embarazada y en honor a su compadre le puso Gustavo a su segundo hijo.
“¿Que si he llorado? he llorado bastante, pero ahí vamos”. Para Alvea todo fue un milagro, agradece a Dios, a la Virgen del Valle, el rescate de los obreros de Sidor y a los bomberos que salvaron su vida y la de otros 33 pasajeros.
Una llamada aterradora
La mañana del lunes 13, Livia Reina estaba preparando el desayuno para recibir a su esposo José Rojas y a sus hijas Nácar y Piliani. Ellos le avisaron que el vuelo estaba retrasado por una falla. Terminó de cocinar y se alistó para ir a trabajar.
José Rojas era oriundo de Nueva Esparta y partió el 2 de septiembre a la isla de Margarita junto con sus dos hijas. Cada septiembre iban de vacaciones y a visitar a su madre quien estaba delicada de salud. 11 días más tarde regresaban para recibir un ascenso en la estatal Bauxilum, en la que tenía casi 30 años trabajando.

Era un viaje de ida y vuelta, regresaría para hacer sus diligencias laborales y que sus hijas se inscribieran en la universidad. Ese era el plan. Cuando terminaba de alistarse, Reina recibió una segunda llamada de su hermana. Le sorprendía la insistencia.
— Mira, pero, ¿estás segura que las niñas salieron hoy de Margarita? —preguntó su hermana por segunda vez.
— Bueno… sí, ellas vienen. Pero ¿qué está pasando? que me has llamado dos veces y estás preguntando lo mismo —respondió exigiendo respuestas.
— Hermana es que están diciendo en las noticias que se cayó un avión que venía de Porlamar…
La mujer fue al aeropuerto y, luego, al Hospital Uyapar. “Estuvimos todo el día ahí esperando a que llegaran los heridos y no llegaba ninguno”, comentó. Livia estaba en shock y pronto perdió la noción del tiempo.
Sus amigos visitaron todos los centros de salud y al no encontrar a los familiares, terminaron yendo a la morgue. Temían decirle, pero pasada las 5:00 de la tarde le confirmaron las muertes de su esposo José y sus dos hijas.
Nácar estudiaba recursos humanos y Piliani iba a empezar sus pasantías como contadora en Bauxilum. “Su papá ilusionado porque en la empresa ella iba a quedar por él, le faltaban seis meses para jubilarse”, expresó. Luego de eso, José y Livia se irían a vivir a Margarita.

“Tuve que enfrentar la vida, con mi dolor, con mi tristeza”, dijo. Fueron años en los que evitaba pasar al frente del aeropuerto Manuel Carlos Piar y se entristecía cuando escuchaba el ruido de los aviones.
Nueve años más tarde migró a España buscando cambiar de aires y salir de la emergencia humanitaria que golpea al país. “Yo misma le pedía a ellos y a Dios sobre todo para montarme en un avión”, manifestó. Nueve años después del accidente, abordó por primera vez un avión para salir de Venezuela.
Luego de 10 años trata de vivir recordando a su familia desde la felicidad, compartiendo más y tratando de valorar la vida. Tiene a su hijo mayor con vida, que vive en Caracas. Livia no olvida que por la negligencia de Conviasa perdió a sus seres queridos. “Siempre digo, prohibido olvidar, porque eso fue una tragedia que se pudo haber evitado”.
Con más detalles aún
E.J. Rivas, no figura en la lista de pasajeros, como tampoco unos cinco pasajeros más. No se sabe las razones, pero Rivas contó con mayor detalle lo que se vivió en esos instantes tan aterradores: «Cuando el avión comenzó a dar saltos bruscos hacia abajo y trataba de subir, pero volvía a bajar súbitamente, yo intuía que algo estaba mal».
Rivas miraba a su compañero de asiento, un desconocido, ambos se miraban como sabiendo que algo malo pasaría: «Me asomé varias veces por la ventanilla y lo que se veía era monte, pero, si notaba que cada vez que me asomaba, estábamos más bajos. De pronto, comienza a sonar una campanita, como un pitico incesante. Es allí cuando comenzó a cundir el pánico».
Rivas sobrevivió para contarlo y relató que son imágenes que jamás se le borrarán de su mente. «Eso nunca lo superas, jamás. Cuando vives cosas así es cuando le vez el rostro a la muerte y la sientes respirándote el pescuezo. De pronto, a los 5 minutos de comenzar a sonar la campanita, el avión se inclina ligeramente hacia abajo y comienza a descender sin control. La única tripulante que teníamos en el vuelo nunca nos dijo que caeríamos, sino que estábamos apunto de aterrizar. A mi no me convenció, veía mucho nerviosismo en ella».
Audio completo del vuelo desde que salió de Margarita
«Ella nos dijo que nos abrocháramos que ya íbamos a aterrizar, pero yo me vuelvo a asomar por la ventanilla y ya lo que veo es un patio con muchas máquinas viejas, unos tambores de hierro y unos tubos, eso me lo vi casi encima y fue cuando comprendí que no llegaríamos al aeropuerto, allí no se veía la pista. Solo me pasaba por la mente mi familia, mi mamá, mi hermano y mi esposa. Estaba recién casado, yo me casé en junio del 2009, solo fui a Margarita a un Congreso y me devolvía a Ciudad Guayana para bajar a El Tigre, donde unos familiares, allí terminé llegando, pero fue para recuperarme del accidente».
«Yo me quedé sentado como paralizado y temblando, porque ya sentía que el avión planeaba y que no era normal su movimiento, era muy inestable y luego logré sentir un fuerte golpe que fue cuando caímos; escuché una explosión seguida de un zumbido muy agudo. me aferré durísimo a mí mismo, yo iba en los asientos traseros, un poco más atrás de las alas, cerca de una de las puertas de salida, creo que eso me salvó. Hubo una explosión y solo se escuchaban gritos de la gente. Olía a plástico quemado y a carne quemada, nunca perdí el conocimiento. Cuando el avión se detuvo en su deslizamiento explosivo por el suelo, de inmediato abrí los ojos y a mi lado no había nadie, ni siquiera estaba el asiento donde estaba mi compañero, menos él. Me desabroché y casi al instante un paramédico me sacó de ahí. Me dijo que debíamos salir rápido porque el avión explotaría, luego me pusieron en una camilla y me inyectaron algo que me durmió. Cuando abrí los ojos estaba en el hospital».
«Había mucha conmoción -amplía- Gente gritando y llorando por todos lados. Yo estaba aturdido, me dolía mucho la cabeza y sentía un zumbido muy perturbador en los oídos. Me dolía mucho el pecho y había un humo tan espeso que casi no se veía. Me costaba respirar, se me iba el aire. De hecho, sufrí un fuerte golpe en la cabeza y tenía una contusión y una hinchazón muy grande. Me hicieron un montón de exámenes, radiografías, electroencefalogramas, tomografías, de todo y estuve allí como una semana».

Rivas dice que «todo fue muy rápido. Una vez que caímos todo fue violento. demasiado rápido. A mí me sacaron de la escena en un santiamén. Yo preguntaba era por mi compañero, nadie me daba razón y nunca supe de él, creo que murió».
Rivas vive en Caracas. dice no haber superado el accidente. No se atreve a tomar un avión y cuando le ha tocado, es algo aterrador para él. Sobrevivir a un accidente de estos es algo realmente milagroso.
52 meses más tarde
El mal funcionamiento del Sistema Centralizado de Alerta de la Tripulación (CCAS/CAC, por sus siglas en inglés) activó de forma errónea el sistema de advertencia de pérdida (incapacidad de la aeronave de mantener el vuelo controlado por falta de sustentación). A esto se suman las deficiencias de la tripulación para controlar la emergencia. Ambos factores constituyen “la causa más probable” del accidente, refleja el informe final de la Dirección General para la Prevención e Investigación de Accidentes Aéreos del Ministerio del Poder Popular para Transporte Acuático y Aéreo publicado en diciembre de 2014, cuatro años después de la tragedia.

NAM/Con información del Correo del Caroní/Fotos y Videos: Cortesía
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