Resiliencia parece ser la palabra que lo encierra todo. Simón Bolívar estaría hoy cumpliendo años. El Libertador estaba vivo cuando Venezuela sufrió su último doblete sísmico antes del que se registró hace apenas un mes. Entonces, Bolívar lanzó esta frase que todavía hoy es motivo de polémica: «Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca». Entonces, corría el año de 1812, Caracas, capital de Venezuela era apenas una pequeña provincia con hermosas casitas de techos rojos, poca población y ningún rascacielo.
No existía carro, la gente andaba a caballo, mula o burro. No había televisión y mucho menos Internet y sus derivadas redes sociales. Pero, la devastación en esa época, hace 214 años, fue tan fuerte como la que hoy padece el país. Se cumple un mes de la mayor devastación ocurrida en la historia de Venezuela. Esta catástrofe natural, doblete sísmico de 7,2° y 7,5° grados con 39 segundos de pausa, ha sido sin dudas la peor en toda la historia al menos reciente de nuestro país. Escribirlo es fácil, difícil es procesarlo y creerlo.
La cifra oficial de muertos va por poco más de 5.300 personas, pero los desaparecidos son incontables, tanto que n isiquiera se lleva un registro al menos público de la cantidad. A un mes de la devastación, aún yacen las ruinas de cientos de edificios despomados bajo las cuales sigue habiendo seres humanos que fallecieron tapiados, familias enteras abrazadas que de un modo abrupto y trágico encontraron la muerte dentro de ‘la seguridad’ de sus propios hogares.
La resiliencia como opción para los sobrevivientes
La primera noche, los sobrevivientes durmieron en el estacionamiento del Polideportivo José María Vargas. Al día siguiente llegaron las carpas militares. Un mes después del doble terremoto que sacudió el norte de Venezuela ese complejo deportivo sigue siendo el hogar temporal de cientos de familias que abandonaron sus casas por los daños estructurales o por el temor a nuevas réplicas.
A las 9.00 de la mañana llega el desayuno, al mediodía se sirve el almuerzo y por la noche los niños tienen que acostarse temprano para asistir al día siguiente a la escuela improvisada instalada dentro del refugio: “No es fácil, pero lo hace un poco más llevadero”, dice a CNN Veruska Isasis. La organización ayuda a sobrellevar los días, pero las familias siguen sin saber cuánto tiempo más las carpas serán su hogar.
Los campamentos

Hasta este lunes, 107 campamentos albergaban a unas 23.000 personas y casi 18.000 se habían quedado sin vivienda, según las cifras presentadas por el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez.
Entre las familias del Polideportivo José María Vargas, ubicado en el estado costero de La Guaira, hay varias que dejaron edificios que siguen en pie, pero donde ya no se sienten seguras para volver. Para evaluar las viviendas afectadas, el Gobierno de la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, implementó un sistema de “semáforo” que clasifica los inmuebles dañados por los sismos del 24 de junio según su nivel de habitabilidad.
La incertidumbre que araña el alma
Veruska Isasis recuerda que los primeros días fueron improvisados. Ella y su hija salieron de su apartamento y pasaron la noche en el estacionamiento del polideportivo antes de que instalaran las carpas militares.
“Gracias a Dios nos han atendido muy bien. Tenemos médicos, nos han puesto baños, lavadero. No es fácil pero sí un poco más llevadero».
Su apartamento no se derrumbó, pero quedó con daños: el piso se levantó y las paredes se agrietaron. Aunque fue inspeccionado, Isasis no sabe si la vivienda es segura ni si podrá regresar. “A mí me da pánico entrar al apartamento”.
Desde el terremoto, las noches de Isasis son difíciles: duerme pocas horas y tanto ella como su hija han necesitado apoyo psicológico para enfrentar el impacto emocional que les dejó el sismo.
“Cualquier ruidito me sobresalta. Duermo muy pocas horas y eso me ha afectado mucho. La niña llora en la noche y a veces tiene ataques de ansiedad”.

Como muchas otras familias, sigue esperando una respuesta sobre su vivienda. “No nos han dicho en qué nos van a ayudar. Si nos van a reubicar, si nos van a dar un crédito hipotecario… no sabemos”.
Para Isasis, el terremoto también cambió la forma en que imagina su futuro en La Guaira. Antes del sismo había perdido su empleo cuando cerró la emisora donde trabajaba y ahora no descarta irse a otro lugar si encuentra una oportunidad.
“Aquí de por sí no había mucha fuente de empleo. Y ahorita con esto que quedó devastado, ¿de qué vamos a vivir?, ¿cómo vamos a salir adelante?”.
También dice que todavía no ha querido recorrer algunas zonas afectadas porque le resulta difícil ver cómo cambió el lugar donde ha vivido casi toda su vida.
“Yo no he querido salir porque debe ser deprimente ver todo eso. Sitios, personas que uno conoció, ya no existen. Es muy fuerte. Nadie se espera una cosa como esta, nadie”.
La casa que ya no es hogar

Francelis Salazar, una peluquera de 43 años, vivía en la avenida Soublette. Llegó al refugio instalado en el polideportivo junto con su familia después de sentir miedo por las posibles réplicas. “Mi hijo esa noche vomitó del susto y decidimos venirnos”.
Su vivienda sufrió daños en las columnas de la entrada. Aunque quiere repararla, no piensa irse de La Guaira. En el refugio, dice, las necesidades básicas están cubiertas. “No me puedo quejar. Nos han tratado muy bien”.
Pero después del terremoto también perdió parte de su trabajo. Muchos de sus clientes vivían en Caribe, una de las zonas más afectadas. “Perdí muchísimas amistades. Ya no eran solo clientes; cuando una persona te abre las puertas de su casa pasa a ser parte de tu vida”.

Yamaris Salazar, otra damnificada que se encuentra en este mismo refugio, también dejó un apartamento dañado en la avenida Soublette. Una pared cayó sobre parte de su cocina y ahora permanece en el refugio con su esposo. “No es como estar en su casa, pero le doy gracias a Dios porque por lo menos estamos vivos”, dice sobre sus días bajo la carpa.
Ella espera saber si su edificio será reparado o si tendrán que buscar otro lugar, aunque se rehúsa a irse de La Guaira. “Nací aquí y aquí me muero”.
Un día sin trabajo y con muchas preguntas
Antes del terremoto, Mercedes Rivas, de 52 años, trabajaba como buhonera (como los venezolanos llaman a los trabajadores informales) en el boulevard de Catia, en Caracas. Después del sismo regresó a La Guaira y no ha podido volver a trabajar.
“Si yo no trabajo, no genero”. Ahora cuida de su madre, de 87 años, mientras espera una respuesta sobre el edificio donde vivían. A pesar de las dificultades, dice sentirse acompañada porque muchas de las familias del refugio ya eran vecinos antes del terremoto y ahora se apoyan entre ellos: “La mayoría somos del mismo sector. Todos nos conocemos. Estamos aquí como familia”.

Mientras las familias siguen adaptándose a esta vida temporal, Rodríguez aseguró que habrá soluciones habitacionales antes de que termine el año, aunque no explicó si se trata de refugios temporales, campamentos o viviendas definitivas para las familias afectadas.
En el refugio, los días pasan entre las comidas, las conversaciones con los vecinos y la espera de noticias sobre sus casas. Veruska intenta volver a dormir con su hija, Francelis busca cómo recuperar su trabajo y Mercedes cuida a su madre mientras espera saber qué pasará con su vivienda.
Un mes después del terremoto, las familias han aprendido a organizar sus días, pero todavía no saben cuánto tiempo más tendrán que vivir así.
La otra realidad dolorosa
Cada familia, cada ser humano que está padeciendo directa o indirectamente por esta tragedia cuenta una historia, una más desgarradora que otra. Hay niños solos que perdieron a sus padres, hay padres desconsolados que perdieron a sus hijos; hay personas que perdieron una mano, una pierna.

La incertidumbre y la incoformidad alimentan la impotencia y la rabia en familiares que desean encontrar ya sin vida a sus seres queridos bajo los escombros, pero la remoción resulta una tarea compleja. Mientras tanto, el llamado Cementerio de la Esperanza sigue recibiendo cadáveres, mientras cientos de miles de cuerpos sin vida y descompuestos siguen bajo las ruinas de una ciudad terca que ha visto una mil tragedias, pero que sigue en pie con el espíritu resiliente de sus habitantes.
La lección de un pueblo

En medio del caos, hay que reconocer y así lo hecho el planeta entero, la inmensa capacidad resiliente del venezolano, la solidaridad, la hermandad, la disposición de ayudar y de hacer germinar semillas de esperanza sobre la muerte y la devastación.
Rescatistas internacionales que llegaron y se fueron se llevaron consigo el ejemplo del pueblo más solidario y fuerte de espíritu que jamás vieron durante sus incontables travesías por devastaciones del mundo, con muestras de amor y agradecimiento poco vistas en el mundo.

Rescates significativos que tocaron el alma como el de Fabiana Blanco, hasta uno de los últimos rescates, no menos enternecedor de la pequeña gatita blanca ‘Luly’ cuyas imágenes tan parecidas a las de la niña Fabiana, cautivaron al planeta.
No alcanzarían caracteres ni tiempo para plasmar en una sola nota tantas manifestaciones de fe, de fuerza, de resistencia, de coraje, de decisión, de solidaridad de los venezolanos, no solo en Caracas y La Guaira, sino en todo el país que, desde el mismo momento de conocerse la noticia, comenzaron a organizar acopios para enviar toneladas de ayuda.

La resiliencia sigue siendo la opción, al parecer la única opción para salir adelante en medio de la pérdida y del sufrimiento. Sanar costará mucho dolor y mucho tránsito, pero, una Venezuela que nunca pierde la fe, que ora junta y se levanta junta de tantas adversidades es la Venezuela de lo posible y ese es el camino a seguir, el camino de lo posible.
A un mes, tragedia en cifras

NAM/Redacción/CNN/Agencias
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