Tender la cama parece una tontería.
Hay quienes dicen: “¿para qué tenderla si en la noche la voy a desordenar otra vez?”
Y lo entiendo. Lo he pensado también.
Pero con el tiempo descubrí que no se trata de las sábanas… sino de lo que ese gesto dice sobre nosotros.
Tender la cama no es un acto de orden, es un acto de presencia.
Es decirle a la vida: “aunque ayer haya sido caótico, hoy elijo empezar distinto.”
Porque hay días en los que despertar ya es una victoria.
Días en los que no tienes fuerzas para cambiar el mundo, pero puedes cambiar una esquina de él: la tuya.
Y en esos días, tender la cama no es una tarea, es un símbolo: un pequeño pacto contigo misma de que no vas a rendirte al desorden que te habita.
Detrás de una cama sin tender, muchas veces hay una historia: cansancio, tristeza, prisa, o esa sensación de “para qué”.
Y detrás de una cama tendida, hay otra historia: la de alguien que, a pesar de todo, decidió volver a empezar.
Tender la cama es cerrar el sueño, pero también cerrar las excusas.
Es pasar de la inercia a la intención.
No se trata de que esté perfecta, se trata de hacerlo con conciencia, como quien acaricia su propio espacio y dice: “esto me pertenece, y aquí también hay amor.”
A veces la vida se siente igual que una cama desordenada: llena de pliegues, de cosas que no encajan, de rincones que dan pereza mirar.
Pero si te atreves a alisar una sábana, sin importar cuántas veces la vayas a desordenar otra vez, estás entrenando algo más profundo: la capacidad de recomenzar.
Tender la cama no cambia el mundo.
Pero cambia algo en ti.
Y cuando eso pasa, ya empieza a cambiar el resto.
NAM/Laura la Rosa Colmenarez
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