Hay momentos en los que no queremos resolver lo que pasó. Queremos empatar el dolor. No lo llamamos venganza. Decimos que es “para que aprenda”, “para que entienda”, “para que sienta lo mismo”. Le ponemos nombres más decentes a una intención bastante incómoda: necesito que la pases mal para dejar de sentir que solo yo perdí.
Pasa en el trabajo, cuando alguien nos excluye y después retenemos una información que necesita, lo dejamos fuera de una reunión o demoramos una respuesta solo para que sienta nuestra ausencia.
Pasa entre amigos, cuando dejamos de invitar, respondemos con frialdad o publicamos una frase “general” que tiene nombre, apellido y destinatario.
Pasa entre hermanos, cuando en una discusión sacamos aquella herida de hace veinte años porque sabemos que todavía duele.
Pasa entre padres e hijos, cuando comparamos, dejamos de hablar o castigamos con indiferencia para que el otro “reflexione”.
Pasa en la pareja, cuando usamos como arma aquello que un día nos confesaron desde la confianza. Sabemos qué palabra hiere, qué silencio angustia, qué ausencia desestabiliza. Y vamos exactamente allí.
Lo más delicado es esto: conocer profundamente a alguien nos da información para cuidarlo, pero también nos da el mapa exacto para lastimarlo.
Entonces vale la pena preguntarnos: ¿quiero reparar lo que ocurrió o quiero que ahora te duela a ti? ¿Estoy poniendo un límite o estoy trasladándote mi rabia? ¿Quiero que me comprendas o quiero que sufras para sentirme compensado?
Hay dolores que, cuando no se conversan, no buscan sanar: buscan reproducirse.
Y quizá evolucionar también sea decidir que aquello que el otro nos confió para sentirse seguro nunca será utilizado como munición.
Por cierto, si sentiste que esto era una indirecta… tal vez si? o tal vez no? ¿te ha pasado? a mi si, he estado en ambas situaciones y hoy puedo verlo más claro.
NAM
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