Hay días en los que no estás realmente molesta/o. Estás “pegada/o”.
Todo empezó con algo mínimo: la cajera que habló en mal tono, el conductor que gritó, las dos cuadras que te pasaste, el archivo que no guardaste. Cosas pequeñas. Ridículamente pequeñas. Pero tú decides llevártelas contigo como si fueran una ofensa histórica.
Sales del supermercado y sigues discutiendo mentalmente con alguien que ya ni se acuerda de ti. Te equivocas en una dirección y te hablas como si fueras tu peor enemiga. Alguien te grita desde un carro y conviertes ese segundo en tema del día. Lo cuentas, lo repites, lo analizas… y cada vez que lo narras, le das más fuerza.
Y la pregunta incómoda es esta: ¿por qué dejo que algo tan pequeño me arruine el día entero?
Esa persona no tenía el poder. Se lo diste.
Ese error no era grave. Lo hiciste gigante.
Ese momento ya pasó. Tú decidiste quedarte ahí.
Lo que puede hacer un malestar mal gestionado es impresionante. Te cambia el tono, la energía, la cara. Te pone a la defensiva con quien no tiene nada que ver. Y cuando revisas la causa real, casi da risa: “¿En serio estuve así por eso?”
No es lo que pasa. Es cuánto tiempo decides vivir dentro de eso.
Porque si cualquier detalle puede descomponerte la vida, el problema no es la calle. Es el permiso que estás dando.
No todo merece tu intensidad. Y definitivamente, no todo merece tu día.
NAM/Laura la Rosa Colmenarez
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