La semana pasada, haciendo jardinería, se me incrustaron varias astillas de madera en el dedo.
Saqué algunas con la ayuda de una amiga. Otra era tan pequeña y estaba tan metida que preferí dejarla allí. Meterme a buscarla dolía demasiado.
Pensé: “ya saldrá”, “eso se cura solo”.
Pero no.
La astilla sigue allí.
Lo curioso es que no me duele todo el tiempo. Puedo pasar horas sin acordarme de ella. El problema aparece cuando rozo exactamente ese lugar.
Ahí vuelve el pinchazo.
Y pensé en cuántas veces hacemos exactamente lo mismo con la vida.
Hay cosas que no resolvemos porque meternos allí duele demasiado.
Una conversación.
Una traición.
Una ausencia.
Algo que nos dijeron hace años.
Una decepción.
Una culpa.
Una historia que juramos haber superado.
Entonces la dejamos quieta.
Y como podemos trabajar, reírnos, viajar, enamorarnos, reunirnos con amigos y seguir adelante, asumimos que ya pasó.
Hasta que alguien toca ahí.
Hace un comentario.
Nos contradice.
No nos elige.
Nos deja por fuera.
Nos habla de determinada manera.
Se parece demasiado a alguien.
Hace una pregunta que no esperábamos.
Y reaccionamos.
A veces con una intensidad que ni nosotros entendemos.
Decimos: “me hiciste daño”.
Y quizá esa persona no puso la astilla.
Solo la tocó.
Eso es lo incómodo.
Porque mientras la astilla siga dentro, tendremos que vivir cuidando el dedo. Evitando determinados roces. Protegiendo la zona. Esperando que nadie toque demasiado fuerte.
Y vivir así también cansa.
Sacar una astilla duele.
Hay que mirar dónde está.
Tocar justo donde molesta.
A veces abrir un poco.
Aguantar el ardor.
Y sacarla.
Con algunas heridas de la vida ocurre igual.
Sanar no siempre se siente bien mientras está ocurriendo.
A veces duele más mirar de frente que seguir evitando.
Duele conversar.
Duele recordar.
Duele aceptar.
Duele reconocer nuestra parte.
Duele despedirse de la versión de la historia que nos contamos durante años.
Pero hay una diferencia enorme entre el dolor de sacar algo y el dolor de cargarlo indefinidamente.
Uno atraviesa.
El otro se queda.
Quizá por eso algunas cosas que creemos superadas todavía consiguen alterarnos con apenas un roce.
No porque seamos demasiado sensibles.
Tal vez porque todavía hay algo allí.
Y entonces la pregunta no es solamente:
¿qué me está doliendo?
Quizá habría que preguntarse:
¿qué sigue clavado en mí que he preferido no sacar porque alguna vez pensé que dolería demasiado?
NAM-Laura la Rosa Colmenarez
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