Vivimos creyendo que un error puede definir quiénes somos. Y entonces, cuando nos equivocamos, en lugar de detenernos y reconocerlo, comenzamos a defendernos.
“Es que no fue así…”
“Lo que pasó fue que…”
“Tú no entendiste…”
“Yo en realidad quería…”
“No era mi intención…”
Y casi sin darnos cuenta, convertimos un error pequeño en una conversación interminable.
Porque mientras uno intenta proteger su imagen, el otro solo espera algo mucho más sencillo.
“Perdón.”
Piensa en una pareja:
Uno olvida una fecha importante. La otra persona no necesita una explicación de quince minutos sobre el trabajo, el tráfico, el estrés o el cansancio. Necesita sentir que su dolor fue visto.
Piensa en un líder que desautoriza a un colaborador delante del equipo.
Después llegan veinte argumentos para demostrar que “era necesario”, “había presión”, “el cliente estaba presente”, “no había otra opción”. Pero el colaborador sigue esperando lo mismo: – “No manejé bien esa situación.”
Piensa en un padre.
Promete ir al partido de su hijo. No llega. Cuando vuelve a casa comienza a explicar reuniones, llamadas, responsabilidades… Y el niño solo quería escuchar: – “Sé que te fallé.”
Las explicaciones tienen un lugar. Las justificaciones, casi siempre levantan un muro.
Porque una explicación busca que el otro entienda lo que pasó.
Una justificación intenta convencer al otro de que el error no fue tan error. Y son cosas completamente distintas.
Curiosamente, cuanto más intentamos demostrar que no somos responsables, más responsables parecemos.
Por eso existe esa frase tan popular:
“No aclares, que oscureces.”
No porque explicar esté mal. Sino porque hay momentos en los que explicar antes de reconocer hace que el otro sienta que estás defendiendo tu orgullo más que cuidando la relación.
NAM
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