A veces escucho a alguien decir: “Bueno, ya no estoy en el trabajo. Aquí puedo ser otra persona”.
Y siempre pienso: ¿otra persona… hasta dónde?
Claro que tenemos distintos roles. No hablamos igual frente a un cliente que tomando unos tragos con amigos. Podemos ser más relajados, más espontáneos, hacer bromas, decir alguna grosería. No se trata de vivir acartonados.
Pero hay contrastes que llaman la atención.
Ese profesional impecable, cuidadoso con cada palabra, que habla de respeto, liderazgo y consideración hacia los demás… y que, apenas cambia de escenario, utiliza un lenguaje tan vulgar, agresivo o casi escatológico que alguien podría decir: “¿De verdad esta es la misma persona?”.
Y no es grosería aislada.
Es cuando cambia también la forma de tratar a la gente.
Cuando quien habla de respeto en una conferencia ridiculiza al mesonero. Cuando quien exige buen trato a su equipo destruye a alguien en una conversación privada. Cuando quien se presenta como profundamente ético encuentra perfectamente justificable hacer afuera aquello que condenaría dentro de la oficina. Cuando tu forma de hablar y manejarse en la calle, dista tanto de tu forma de estar en tu espacio profesional.
Ahí aparecen las costuras.
Porque una cosa es tener registros distintos y otra necesitar un personaje para cada escenario.
No tienes que hablar igual, vestirte igual ni comportarse exactamente igual en todos tus roles. Eso sería absurdo.
Pero debería existir un hilo reconocible.
Que quien te conoce en lo privado pueda escuchar al profesional que eres y pensar: “Sí, esa persona también es él o ella”.
Porque puedes cambiar de rol, de lenguaje, de escenario y hasta de volumen.
Lo que resulta más difícil de explicar es tener que cambiar de valores.
Y entonces ésta es la pregunta que me hago:
Cuando tus dos versiones parecen personas completamente distintas, ¿cuál de las dos eres realmente?
NAM-Laura la Rosa Colmenarez
