viernes 5 de junio de 2026

¡DESGARRADOR! Villa Caracas: la dura vida en Barranquilla de los refugiados venezolanos

Una pala levanta chispazos de arena en un vecindario de tablones de madera. Domingo por la mañana. No hay descanso para César De La Hoz desde que salió de su país. «Hay que luchar, guerrear, como dice uno». Suda. Se seca y sigue trabajando en el nuevo piso donde encontró un hogar.

En un extremo de la principal capital del norte de Colombia, por donde ya no hay cemento y el monte se desparrama. Donde la ola de progreso urbanizador de Barranquilla se desmorona como una arepa de harina vieja, mordisqueada por alimañas. Más allá de las últimas vías pavimentadas. Al final de un barrio que se sigue llamando La Ceiba, aunque ya casi no le quedan árboles. A donde no llega ninguna ruta de bus ni taxi. Ni ningún policía ni funcionario público ni ONG. Al fondo de un foso donde parecía no haber nada.

Uno de los venezolanos que reside en la Villa Caracas de Barranquilla (fotos: Jesús Ivanov Díaz)

Uno de los venezolanos que reside en la Villa Caracas de Barranquilla

Villa Caracas, le llaman a este nuevo barrio que se alza del polvo, de la nada. Levantado por las ilusiones, y las manos de inmigrantes venezolanos, como César.

No hay cifras oficiales de cuántos han llegado a vivir al Caribe colombiano, solo la certeza de que en esta región es donde más se concentran. Y que se cuentan por miles. Día a día crece el número de los que salen huyendo de Venezuela.

Unas 100 casas se apilan aquí entre zanjas y montículos de tierra. No hay nubes. El sol cae como un baño de fuego sobre esta bodega humana al aire libre, hecha de hileras de cajones recostados unos sobre otros. Botellas de plástico sirven de lámparas y tarros de pintura de macetas. Cruces de palos secos sostienen cables de energía pelados. Dos niños corren por ahí descalzos, y un perro flaco se sirve un banquete de huesos de conejo.

Cesar cava. Busca el «control» de una tubería que se rompió. Un hilo de agua brota entre la arena de sol triturado, y amenaza con convertir todo en un charco de porquería. «Estamos en la lucha grande de poner las cloacas. Eso contamina a los niños, contamina todo», dice el hombre descamisado, nacido hace 38 años en la Caracas original.

Allá era negociante de pollos. Su familia tenía una distribuidora. «Hasta hace cinco meses yo me mantuve medio estable». Es uno de los recién llegados. Aguantó hasta que pudo. Vivía en una casa de cuatro pisos, «con todos los servicios». El negocio estaba en un local en la primera planta. Cambió eso por una hamaca y cuatro paredes de madera, sacada de los restos de aserraderos y carpinterías. La razón es una sola: comida.

La escasez lo expulsó de su tierra. Deja a un lado la pala, y mientras habla, poco a poco se va formando un grupo de villa-caraqueños a su alrededor.

Nadie responde cómo es posible. Por eso vinieron a vivir aquí. A incomodarse aquí.

«Cuando llueve, coño, toca a veces dormir sentado, porque está la gotera que cae y primero son los carajitos».

En su versión colombiana, César se convirtió en albañil. Se acercó a las obras en construcción con una pregunta como única tarjeta de presentación: ¿qué hay para hacer a cambio de un plato de comida? La mayoría de hombres de la villa son como él, obreros. Así han ido trayendo, de distintos puntos, los escombros para los cimientos de sus casas.

Villa Caracas empezó a formarse hace cerca de un año. El correo de los rumores fue atrayendo a más y más refugiados. Eran tierras que permanecían desocupadas en la pendiente de una loma, en plena zona de riesgo.

A los últimos en llegar les alquilan los ranchos, a $150.000 por mes, unos 50 dólares.

Esta es la primera villa conformada por desplazados por el gobierno de Nicolás Maduro.

Una de las primeras en llegar fue Karina Romero, hace un año. Aunque nació en Venezuela hace 40, cuenta con doble nacionalidad. Sus padres son una pareja de barranquilleros que se fue a Caracas en los 70, a buscar un mejor porvenir para sus hijos. Ella tuvo que regresar por el mismo motivo. Su esposo, Arley, trabajaba como contratista de una alcaldía caraqueña. Supervisaba un grupo de trabajadores en labores de mantenimiento urbano. Hasta que dejaron de pagarle.

«Prácticamente por reclamar sus derechos lo amenazaron de muerte». Karina también contribuía a la economía familiar. Hacía panes y dulces para la venta. Pero ya no tenían dinero en efectivo ni para el trigo, ni para el azúcar, ni para «comprar lo más mínimo de la cesta básica. Y yo, con los niños».

Las casas de Villa Caracas se han caído tres veces. Pero las han vuelto a levantar.

Karina pide. «Que se arrimen y nos den una manito aquí».

César la mira y calla. El calendario marca 31 de diciembre. Da lo mismo. No hay la menor señal de adornos navideños, ni fiestas, ni alcohol ni peticiones de año nuevo. Como él, aquí la mayoría sepultó desde hace rato el optimismo y las expectativas de que llegaran a ayudarlos.

César dice una última cosa, con la mirada estancada en el barrio de refugiados que crece en el patio trasero de Barranquilla. «La tierra se corre, pero aquí estamos, luchando». Se levanta, se voltea y vuelve a enterrar su pala.

NV1/Infobae