La batalla de San Quintín fue célebre por muchos motivos. Fue uno de los más grandes enfrentamientos españoles contra el ejército de Francia que dio al entonces bisoño Rey Felipe II una victoria decisiva. Tan decisiva como la posterior de Lepanto. Como es sabido, la batalla se decantó del lado español el 10 de agosto de 1557, día de san Lorenzo, por lo que el joven Rey mandó construir su palacio de El Escorial con forma de Parrilla, en honor al santo del día de aquella gran victoria.
Pero incluso las grandes victorias tienen flecos. Y San Quintín los tuvo, igual que había tenido un complicado prólogo con la alianza del Papa Pablo IV y el Rey francés Enrique II. Nada había sido fácil, y menos lo fue la toma de la ciudad después de la batalla. San Quintín dominaba desde una colina una zona de más de dos leguas, y su parte sur suroeste estaba inundada aquellos días por algunos pantanos y el río Somme.
