Mientras América Latina celebra el fin del conflicto violento más largo de la región en Colombia, he visto con mucho dolor y decepción como su vecino, y mi otra patria, Venezuela, se acelera rápidamente hacia una guerra civil.
Yo viví más de una década en Venezuela, una gran parte de ese tiempo como amiga y asesora informal del presidente Hugo Chávez. Creí firmemente y defendí con fuerza y pasión sus iniciativas para erradicar la pobreza, fortalecer la democracia participativa, redistribuir la inmensa riqueza petrolera de Venezuela y asegurar la salud, la educación y la dignidad de todos los venezolanos. Hoy, muchos de esos programas bandera de Chávez que promovían la justicia social están siendo desdibujados debido a la crisis económica y política que parece seguir en escala incontrolable bajo el gobierno de su sucesor, Nicolás Maduro.
Más de cien venezolanos se han muerto durante meses de protestas anti-gubernamentales, algunos a manos de las fuerzas del estado y otros por los propios manifestantes usando armas letales. Las manifestaciones son el resultado de varios factores, incluyendo el descontento con la situación económica del país y la falta de productos básicos de consumo, además de la alta inflación y lo que muchos ven como una erosión de las instituciones democráticas y la poca transparencia en la toma de decisiones oficiales.
La oposición ni siquiera ha intentado encubrir su objetivo de lograr un «cambio de régimen» y los esfuerzos del Presidente Maduro para dialogar se han encontrado con oídos sordos. Un diálogo entre sordos tampoco puede abrir el camino hacia una resolución pacífica a la crisis en el país. Hasta ahora, ningún lado parece realmente dispuesto a negociar con sinceridad y seriedad para lograr una salida antes de que se convierta en la próxima guerra prolongada en la región.
