En juego que se extendió a doce entradas, Puerto Rico derrotó a Holanda 4 carreras por 3, abriendo la semifinal del Clásico Mundial de Béisbol.,en el Dodgers Stadium.
Puerto Rico está en la final del Clásico en espera del ganador entre Japón y los Estados Unidos, otro choque que se antoja lleno de ansiedad y expectativas, como ya es costumbre en este evento que ha marcado un parte aguas entre lo que habían sido sus tres primeras ediciones y ésta repleta de magia y espectáculo.
Si al inicio parecía que la acción desbordaría la pizarra de carreras, luego el encuentro se fue decantando más por el lado de la estrategia, del movimiento de relevistas y los riesgos calculados, mientras se establecía la trinchera del 3-3 y los ceros caían una detrás del otro, aumentando la intensidad contenida, a punto de desbordarse de un momento a otro, con alguna escaramuza de pelea que no pasó de gestos y advertencias.
Las oportunidades de triunfo se sucedían de uno y otro lado. Holanda, camuflada bajo el aroma y el talento de sus territorios del Caribe, dejó a 10 hombres en base; Puerto Rico a nueve, en una paridad pasmosa que colocaba mano a mano a dos de los infields más completos y vistosos que las Grandes Ligas podrían ofrecer.
Si de un lado los Correas, los Lindors y los Báez hacían jugadas de encomio; los Simmons, los Schoops y los Bogaerts no cejaban en su defensa del diamante en una férrea protección del empate.
Hasta que llegó el tiempo del béisbol de gratis: los extra innings.
Holanda, entonces, desaprovechó su chance con dos hombres en primera y segunda. Puerto Rico no dejaría pasar la suya para dominar un juego donde, por un momento, el béisbol pasó a un segundo plano por detrás de las voluntades.
