Utilizada a menudo con ligereza, la palabra “abstinencia” pocas veces designa un propósito firme y duradero. Los compromisos sociales y profesionales a menudo nos obligan a hacer un alto en el camino y ceder ante una copita de vino, unas cervezas en el bar o un champagne celebratorio. Y si bien es cierto que con el alcohol el secreto es consumirlo con moderación y una copa no hace daño a nadie, con frecuencia nos dejamos llevar por las opiniones del resto.
Si bien la “abstinencia” existió durante siglos (en sus orígenes relacionada con los licores más fuertes y con el paso del tiempo con todo tipo de bebidas), el “teetotalism” apareció en Inglaterra en la primera mitad del siglo XIX. La diferencia entre ambas subraya un énfasis en el segundo término que distingue la abstención flexible de la negación total de ingerir cualquier licor que lleve alcohol: en resumen, una actitud ante la vida.
De ahí viene la última tendencia que está calando entre los millennials y que apunta a convertir en algo cool el rechazo o el consumo mínimo de alcohol. Ya sea después de una fase en la que se ha consumido o durante toda una vida, el teetotalism defiende que la negación del alcohol puede venir determinada por una cuestión de gusto y no tener que justificarse por motivos de salud, religiosos o familiares.
Aunque estudios recientes realizados en Reino Unido, marco de una sociedad históricamente consumidora, demuestran que el rechazo total al alcohol entre millennials ha aumentado notablemente respecto a generaciones anteriores, la negación del alcohol sigue provocando extrañeza; ser teetotaler significa estar en minoría y eso genera desconcierto a ojos de la mayoría de las personas que relacionan la abstención con el aburrimiento o la monotonía.
La Vanguardia
