Los recién casados dormían en su casa en el oeste de Myanmar en junio cuando siete soldados irrumpieron en ella.
La mujer, una rohinya musulmana que accedió a ser identificada por la inicial de su nombre, F, sabía lo suficiente para estar aterrorizada. Sabía que el ejército había estado atacando aldeas rohingya, como parte de lo que Naciones Unidas calificó de limpieza étnica en la nación de mayoría budista. Días antes había escuchado que los militares mataron a sus padres y que su hermano estaba desaparecido.
Ahora iban a por ella. Los hombres ataron a su marido con una soga y le pusieron un pañuelo en la boca. Le sacaron las joyas y le arrancaron la ropa. La tiraron al piso.
Y entonces, según su relato, el primer soldado empezó a violarla.
Ella forcejeó pero cuatro hombres la sujetaron y le pegaron con palos. Su marido finalmente pudo quitarse la mordaza y gritó.
Y ella vio como un soldado disparó una bala al pecho del hombre con el que se había casado solo un mes antes. Otro militar le rebanó la garganta.
Sus recuerdos se vuelven borrosos. Cuando los soldados terminaron, la arrastraron fuera y le prendieron fuego a su casa de bambú.
Pasaron dos meses hasta que se dio cuenta de que su sufrimiento estaba lejos de terminar: Estaba embarazada.
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