Los alrededores de la morgue de Bello Monte, en Caracas, se encuentran inusualmente vacíos. El silencio solo lo interrumpe el movimiento del personal forense, pues el grueso de la tragedia se gestiona en la morgue provisional de Los Silos, en La Guaira.
Sin embargo, bajo la llovizna caraqueña, permanecía Lisbet Pacheco. No llevaba grandes gestos de desesperación. La fatiga de ocho días de vigilia le había dejado una densa resignación, de quien ha transitado la incertidumbre ante la doble tragedia de los hermanos Paredes.
El pasado 24 de junio, un doble terremoto transformó el destino de miles de familias venezolanas. Para Lisbet, la tragedia se ensañó por partida doble, fracturando a los suyos en dos puntos distintos de la geografía del desastre: Caracas y La Guaira.
Primera hallazgo trágico

Después de ocho días, una de sus búsquedas terminó. Los equipos de rescate hallaron el cuerpo de su sobrina, María Gabriela Paredes, de 31 años, entre las placas colapsadas del edificio Petunia I, una estructura residencial en Los Palos Grandes que se desplomó por completo.
“A ella como que la agarró dormida”, dice Lisbet. “Sabíamos que estaba en el edificio porque ella acababa de hablar con su hija mayor, que le había dicho que ya las iba a buscar, que estaba llevando el mercado. Me imagino que se recostó porque a nosotros nos dijeron aquí que fue muerte instantánea”.
María Gabriela era madre soltera. Trabajaba en el hotel del Centro Ciudad Comercial Tamanaco (CCCT) y alquilaba un apartamento en el piso cinco del Petunia I. Por circunstancias al azar o la intuición de madre, hicieron que esos días el apartamento estuviera bajo remodelación. Por eso, sus tres hijos, una niña de 13 años de edad, otra de 10 y un varón de 6, no estaban con ella. Estaban bajo el resguardo de un familiar en otra zona de la ciudad. Están a salvo físicamente, pero el vacío que queda en ellos es definitivo.
Desgarrador reconocimiento
El reconocimiento del cuerpo no fue sencillo. En el Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses (Senamecf), Lisbet tuvo que revisar, junto a otras familias, un archivo digital con más de 400 fotografías de víctimas recuperadas. Rostros desfigurados, niños, cuerpos calcinados por cortocircuitos posteriores al sismo. La fisonomía de María Gabriela había desaparecido por el peso del concreto.
“Nosotros mismos no la reconocíamos”, relata Lisbet. “Si no es por dos tatuajes, decimos que no es ella. Su rostro parecía el de otra persona”, expresó. En su brazo derecho quedaron intactas las tres iniciales de sus tres hijos. En el izquierdo, una rosa. Esas marcas de tinta grabadas en la piel permitieron el reconocimiento.
Lisbet narra que la desesperación por encontrar a su sobrina desnudó una de las fallas más angustiantes de la emergencia: el vacío institucional y el desamparo informativo que sufren los familiares, quienes se enfrentan a un muro de silencio debido a la ausencia de un registro centralizado o una data clara de los fallecidos, lo que convierte la obtención de respuestas en una tarea cuesta arriba.
“Algunos rescatistas daban información muy tarde. Uno veía a los familiares desesperados y ellos solo decían que no sabían, no tenían una data exacta. Yo logré saber de mi sobrina porque tengo unos contactos aquí en el Senamecf que me llamaban cuando sacaban a una femenina”, resalta Lisbet, evidenciando que, en medio de la catástrofe, la información solo dependía de la buena voluntad o de las conexiones personales.
“Tenías que amanecer en el sitio para enterarte de algo”, expresa. También cuestiona la gestión del alcalde del municipio Chacao ante la emergencia, asegurando que nunca lo vio a pesar de que ella siempre estuvo en las adyacencias del Petunia I. “Yo le etiquetaba en fotos en redes pidiendo ayuda, pero solo veíamos al personal de Salud Chacao y a los propios vecinos apoyándose entre sí”.

En la morgue le ofrecieron a la familia la opción de un velatorio de dos horas con el féretro cerrado. Sin embargo, Lisbet y la madre de María Gabriela decidieron optar por la cremación inmediata. Piensan en los niños. Saben que la urgencia de ver a su mamá chocaría con una realidad visual demasiado traumática para ellos.
La otra pérdida

Mientras Lisbet firma las autorizaciones de cremación en Caracas, sus preocupaciones se desvían hacia Caraballeda, en el estado La Guaira. Allá la búsqueda continúa. Su otro sobrino, Yordy Paredes, médico de profesión y hermano de María Gabriela, permanece desaparecido.
Yordy vivía en las Residencias Caribe, un complejo que sufrió graves afectaciones: el edificio no solo cayó, sino que se hundió. Él estaba adentro.
Desde entonces, su pareja, Lenin, también médico del Hospital Vargas de La Guaira, se encuentra en una búsqueda desesperada, desafiando su propia seguridad. “Lenin se ha metido hasta en los sótanos”, cuenta Lisbet, visiblemente preocupada.
“Un vecino que logró salir nos dijo que lo más probable es que se hayan quedado atrapados en el pasillo central. Los rescatistas le dicen que no se meta más, que al excavar sin maquinaria puede provocar un derrumbe peor. Él está psicológicamente muy mal”, dice la tía.
En la espera del certificado de defunción de María Gabriela, Lisbet sabe que el siguiente paso de la familia es un camino largo. La niña de 13 años de edad ya empieza a procesar la pérdida. Los dos más pequeños aún habitan ese sentimiento difuso en el que la ausencia no se comprende del todo. La familia planea buscar el apoyo de redes de asistencia psicológica gratuita, porque entienden que el trauma del terremoto no termina todavía.
A pesar del dolor, la familia de María Gabriela todavía agradece haber recuperado su cuerpo para darle digna sepultura. En el comedor de los Paredes quedará una silla vacía y otra que aguarda por el rescate de Yordy. Su madre y su pareja, a través de redes sociales, piden maquinaria pesada y rescatistas internacionales que puedan ayudar a encontrarlo.
Esa es la realidad de la tragedia en Venezuela: un mapa de mesas familiares marcadas por la pérdida de seres queridos donde la rutina ahora convive diariamente con la pregunta de por qué sucedió.
NAM/Con información de El Nacional
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