jueves 4 de junio de 2026

#OPINIÓN || La fe contra las máscaras del poder || Luz Neira Parra

En Estados Unidos, la frontera ya no está solo en el sur: la frontera se ha desplazado a los barrios, a los estacionamientos de supermercados, a las calles donde familias enteras llevan 20 o 30 años construyendo una vida. Hoy, la amenaza no es únicamente el desierto; también son los cuerpos policiales enmascarados que irrumpen, rompen ventanas de vehículos sin orden alguna, apuntan a trabajadores que llevan décadas pagando impuestos y tratan a los latinos como si fueran criminales a la caza. Es una escena indigna, una teatralización del poder basada en el miedo.

Y, mientras la política utiliza a los migrantes como combustible electoral, algo inesperado ocurre: dos fuerzas religiosas históricamente muy distintas —las iglesias evangélicas y el nuevo papado de León XIV— están levantando la voz contra este clima de violencia institucional. La fe, por una vez, está cuestionando con contundencia al poder.

Evangélicos: un espejo moral para un país que se extravía

Las iglesias evangélicas, tan influyentes en la cultura política estadounidense, se han convertido en un espacio donde se reconoce una verdad incómoda: los latinos que hoy temen abrir la puerta al amanecer son los mismos que sostienen buena parte de la vida económica del país. Son feligreses, diáconos, voluntarios, padres y madres que han criado hijos nacidos aquí, y que ahora ven su estabilidad amenazada por agentes anónimos, armados y enmascarados, que irrumpen sin protocolo, sin humanidad y sin la menor intención de distinguir entre un delincuente y un albañil con 25 años en la misma dirección.

Líderes evangélicos han denunciado que estas tácticas no solo violan principios bíblicos de compasión, sino que erosionan la confianza comunitaria. ¿Cómo predicar misericordia si el Estado se comporta como un aparato de persecución? ¿Cómo defender la vida familiar si la policía arranca padres de sus hijos a medianoche?

Algunas congregaciones han tomado posición: acompañan legalmente a sus fieles, abren templos como refugios temporales y presionan a funcionarios locales para frenar prácticas de “cacería por perfil racial”. No son gestos simbólicos; son actos de resistencia moral.

León XIV: el Papa que habla desde la herida

La elección de León XIV —Robert Francis Prevost, nacido en Chicago, misionero en Perú, hijo de inmigrantes— ha introducido una voz profundamente incómoda para quienes normalizan la violencia contra latinos. Es el primer Papa estadounidense, pero su mirada es global y su sensibilidad es latinoamericana. Y eso se nota.

En sus declaraciones más recientes, León XIV señaló que el problema migratorio “no se resolverá si se sigue deshumanizando al migrante”. Subrayó que la dignidad humana no es negociable y denunció la “vilificación” de quienes llevan media vida en este país. Su crítica no es ideológica: es ética. Cuando advierte contra los “discursos que siembran miedo y justifican abusos”, está señalando directamente a la cultura política actual, donde la brutalidad policial se disfraza de orden.

León XIV entiende que una sociedad que acepta que agentes enmascarados rompan ventanas de autos, apunten a ciudadanos sin antecedentes o se lleven esposados a trabajadores de 60 años, es una sociedad que ha perdido su brújula moral.

La máscara como símbolo del abuso

El uso de máscaras por parte de cuerpos policiales debería ser, en una democracia, una excepción extrema. En Estados Unidos, se ha vuelto rutina. La máscara protege la identidad del agente, pero también oculta la responsabilidad. Una autoridad que actúa sin rostro actúa sin límites.

La escena es ya conocida: una camioneta sin logos oficiales, agentes cubiertos del rostro, órdenes gritadas en inglés a personas que apenas entienden, golpes, ventanas quebradas, celulares arrebatados y un inmigrante que desde hace 25 años nunca había tenido una multa. El mensaje es claro: para ciertos cuerpos policiales, basta el color de piel o el acento para convertir a alguien en objetivo.

Esa normalización del abuso —ese acto de cazar seres humanos— es incompatible con cualquier ética cristiana, evangélica o católica.

Cuando la fe se vuelve frontera ética

Lo sorprendente es que, en medio de esta crisis, los discursos religiosos comienzan a adquirir una fuerza política inesperada. Los evangélicos hablan en defensa de la familia migrante. León XIV habla en defensa de la dignidad humana. Dos mundos teológicos, dos tradiciones distintas, coinciden en un punto esencial: la brutalidad policial no es compatible con el cristianismo.

En una nación que presume de libertad, es la fe la que está recordando que los derechos humanos existen para proteger precisamente a quienes menos poder tienen.

Y hoy, quienes menos poder tienen en Estados Unidos son los migrantes perseguidos por agentes que actúan como si llevaran licencia para humillar.

La frontera verdadera

La frontera no está en el mapa: está en el alma del país.
Cada vez que una ventana es rota por un puño policial enmascarado, Estados Unidos retrocede.
Cada vez que una iglesia, católica o evangélica, protege a una familia aterrada, Estados Unidos avanza.

Entre ambas fuerzas —el abuso y la compasión— se decidirá qué clase de nación quiere ser este país.

NAM/Nota de Prensa

Síguenos en nuestras redes sociales para que tengas toda la ¡INFORMACIÓN AL INSTANTE!

Visita nuestro sitio web:
https://noticiaalminuto.com/

X:
https://noticiaalminuto.com/twitter

Instagram:
https://noticiaalminuto.com/instagram

Telegram:
https://noticiaalminuto.com/telegram

Grupo de WhatsApp:
https://noticiaalminuto.com/whatsapp