sábado 6 de junio de 2026

¡A FALTA DE UNA ETAPA! Vingegaard sentencia la Vuelta a España en otra jornada marcada por Gaza

Era un día tranquilo, con manifestaciones pacíficas y bengalas de fondo, protestas y colorido. O eso parecía. Porque en Becerril de la Sierra, a 17,5 kilómetros de meta y antes de ascender la última montaña de la Vuelta, la Bola del Mundo, que coronó a Vingegaard como ganador virtual de la prueba, decenas de activistas en favor de Palestina y contra el genocidio israelí en la franja de Gaza, el foco en el equipo Israel-Premier Tech, ataviados con las banderas palestinas y kufiyas (el pañuelo emblemático de Oriente Próximo), decidieron sentarse en el medio de la carretera después de que pasara Mikel Landa y sus compinches de fuga (Ciccone, Bernal, Armirail y Van der Lee). “Han saltado de repente, pero me ha dado tiempo a pasar”, explicó Landa; “no sé qué habrá pasado detrás”. Y lo que pasó fue una sentada que acabó mal.

La policía trató de evacuar a los activistas por las buenas. Pero, viendo que no surtía efecto y que quedaba poco tiempo para que llegara el grueso del pelotón, lo hicieron por las malas, toda vez que impedían el paso de los corredores. Se dio entonces un enredo morrocotudo porque primero pasaron otros fugados a duras penas, serpenteando a los manifestantes y cuerpos de seguridad, y, cuando llegó el pelotón, eso ya era una batalla campal: los policías deteniendo a los manifestantes con intercambio de golpes; los activistas que se zafaron increpando y obligando a algún ciclista a bajarse de la bici; y los corredores, consternados, pasando entre insultos y protestas como buenamente podían. Un guirigay bien peligroso para los ciclistas, que de caerse podrían romperse los huesos. No pasó, pero faltó poco. Suficiente para evidenciar que no todas las protestas han sido igual de pacíficas y que la policía no puede salvaguardar íntegramente la seguridad del pelotón porque es un estadio de cientos de kilómetros.

Y eso que el día comenzó con calma chicha por las calles de Robledo de Chavela, atestadas de curiosos que querían ver a los ciclistas y sus bicicletas que valen oro, también ansiosos por sacarse fotos con los protagonistas, quizá suertudos al llevarse el botellín de turno de regalo. Pero, de repente, todos sacaron los móviles y empezaron a grabar a la carretera. No era Vingegaard ni Almeida sobre la cabra, tampoco una manifestación, sino que era una riada interminable de motocicletas de la Guardia Civil, un poderoso desfile de rugidos a dos ruedas. “Nuca habíamos estado tan seguros”, bromeaban unos chavales. A su lado sonreían los cuerpos de seguridad, tranquilos a más no poder. Uno lamentaba que se le hubiera manchado una bota de barro; otro se miraba en un espejo como si fuera a pasar revista; y un tercero abrazaba a unos conocidos.

Aunque todos estaban en alerta, pues a pocos metros de la salida se congregaba una manifestación de activistas, el aderezo particular de esta Vuelta, tan vistoso como protagonista. A falta de la última jornada, se han reducido ya dos etapas de la edición para proteger a los corredores. Y ocurrió algo similar este sábado. Ya en carrera y al galope, a la altura de Cercedilla, la organización tuvo que hacer un pequeño recorte para evitar una concentración propalestina masiva. Nada grave, pero sí un sobresalto para un pelotón que está de los nervios, al punto de que advirtieron que, como sucedieran más incidentes que pusieran en riesgo su salud, echarían el pie al suelo. Pero la amenaza no se cumplió porque con el altercado en Becerril de la Sierra nada cambió, más allá de que se armó la gorda, una manifestación que se salió de madre.