El dolor de espalada en la zona lumbar, es una de las molestias más comunes el cual puede ser causado por varios factores. Es considerada una de las condiciones médicas más comunes. Según los especialistas, el 80% de la población experimentará molestias de este tipo al menos una vez en la vida.
Mala postura al sentarse o al estar de pie de una forma incorrecta, trabajar en oficina con una silla inadecuada es una de las causas más comunes. Mejorar tu postura, y estar consiente de cómo te sientas y te paras, realizar estiramientos suaves para la espalda y piernas puede ser de gran ayuda Tanto en la oficina como en casa, “una buena higiene postural pasa por evitar las posiciones mantenidas y tratar, en la medida de lo posible, de mantener las curvaturas de la espalda”
De la misma manera que el ejercicio es esencial en la prevención del dolor de espalda, la higiene postural cobra cada vez más importancia en un mundo sedentario y repleto de aparatos que nos hacen encorvar el cuello más de lo que nos gustaría. Javier Herrero, fisioterapeuta del Health Center Quirónprevención (Madrid), explica cuál debería ser el kilómetro cero: “En una jornada de trabajo de ocho horas hay que levantarse cada 30 minutos, caminar un rato y estirar. Puede parecer obvio, pero cuando estamos inmersos en una tarea lo más probable es que se nos olvide”.

Dolor lumbar: cuándo alarmarse y cuándo no

Precisamente, son esos cambios morfológicos que se dan en los discos vertebrales ―la parte no ósea de la columna que ejerce de articulación― y que se observan en mucha gente sin ningún síntoma los que conviene diferenciar de las patologías de columna, que sería todo aquello “asociado a síntomas que modifican claramente la calidad de vida de las personas”, precisa Pellisé.
“Si hacemos una resonancia magnética a población sin dolor, asintomática y en el rango de los 25 años, comprobaremos que en el 30% de los casos los discos han sufrido ya cambios morfológicos degenerativos. A los 40 años la cifra se eleva al 60%. Y a partir de los 60 años, todo el mundo va a tener algún cambio degenerativo en la columna. Pero eso no significa que vayamos a desarrollar una patología”.

La lumbalgia, también conocida como lumbago o dolor lumbar, sí se puede considerar una patología, sobre todo si cronifica. Y es precisamente la más frecuente: aglutina el 55% de los casos y es además una de las primeras causas de incapacidad temporal.
Lo positivo, retoma Pellisé, es que el 85% de estos dolores son autorresolutivos ―resuelven espontáneamente, sin dejar de hacer vida normal―, respecto a un 15% en los que el dolor puede cronificarse. Dentro de las lumbalgias se distinguen dos tipos: las que se asocian a signos de alarma y las que no, el llamado dolor lumbar inespecífico.

“La existencia de signos de alarma indica que la lumbalgia puede estar causada por alguna enfermedad específica. Son, entre otros, el dolor asociado a la fiebre, que podría indicar la existencia de una infección de la columna; el dolor asociado a un traumatismo, que podría indicar la existencia de una fractura; un dolor lumbar que se produce durante un cáncer, lo que puede indicar que hay metástasis; dolor lumbar a la vez que dolor en una pierna, que puede sugerir la compresión de un nervio; dolor lumbar asociado a incontinencia, que sugiere compresión de los nervios sacros…”, enumera Pellisé. Son la menor parte de los casos, pero “si estos signos de alarma se dan, conviene consultar al especialista cuanto antes”.
Además de la lumbalgia inespecífica, Pellisé destaca otras dos patologías. La primera es la archiconocida ciática por hernia discal, que se produce cuando una parte del contenido del disco intervertebral se sale de su posición y presiona una raíz nerviosa en la columna.

“La mayoría de las hernias no causan compresión de las raíces nerviosas y no dan síntomas. Son hallazgos casuales en la resonancia. Las hernias discales pueden sucederle a personas de cualquier edad, pero son más frecuentes en los adultos jóvenes con discos grandes. También forman parte del proceso de desgaste natural de la columna”.
Y añade: “Cuando la hernia comprime algún nervio y genera síntomas, en el 80% de los casos el dolor es transitorio y suele remitir en un periodo de unas seis semanas”. El doctor señala que, según varios estudios con gemelos idénticos, la existencia de cambios degenerativos en la columna, incluyendo la existencia de hernias discales, se explican básicamente por factores genéticos.

La predisposición individual y los factores genéticos explican en un 85% la existencia de hernias discales. “Misma carga genética, mismo patrón de envejecimiento”, apostilla. Por tanto, los componentes externos, como por ejemplo sufrir un accidente o determinados hábitos laborales y deportivos, tan solo explican el 15% de los casos.
Tratamiento conservador, la opción que debe primar
En pocos episodios de dolor de espalda, coinciden los especialistas, es necesaria la cirugía. “La opción quirúrgica cobra sentido”, entiende Pellisé, “en hernias discales en las que el dolor perdura más de seis semanas, o cuando notamos que los músculos se debilitan, como por ejemplo los del pie”. La intervención, en pacientes bien seleccionados, resuelve el dolor en el 95% de los casos, tanto en la hernia discal como en la estenosis, y es un procedimiento “relativamente sencillo”.
Pero la mayor parte de dolencias de espalda se resuelven con un tratamiento conservador, aquel que combina ejercicios de fortalecimiento, analgesia y fisioterapia. Es la tendencia médica predominante porque invade poco al paciente y en la mayor parte de los casos no sacrifica efectividad. Almudena Fernández-Bravo, jefa asociada del servicio de Rehabilitación del Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz (Madrid), destierra uno de los mitos de este tipo de tratamiento, el del reposo prolongado.

“Hay que educar al paciente. Y el reposo solo se debe realizar los primeros días, mientras el dolor es muy incapacitante. En cuanto el dolor va cediendo hay que comenzar a moverse. Es un aspecto muy importante para la recuperación”. En esas primeras medidas se incluye también la analgesia, que es recomendable para reducir las molestias, y la aplicación de calor local seco. “Unos veinte minutos y dos o tres veces al día”.
Sin embargo, el tratamiento conservador tiene un pilar que sobresale por encima de todo lo demás: el fortalecimiento de la musculatura del abdomen y la región lumbar. Esa es, según la Fernández-Bravo, la mejor prevención: “El ejercicio de estabilización del core permite crear una faja natural en el cuerpo. Está demostrado que a medio-largo plazo mejora el dolor, la discapacidad y la calidad de vida”. ¿Y qué hacemos si el dolor nos incapacita? “La idea es reducirlo siempre que se pueda, con infiltraciones o analgésicos, para que el paciente no deje de hacer ejercicio”.

Para el dolor crónico inespecífico asociado a cambios degenerativos propios de la edad y sin compresión de los nervios, explica Pellisé, cada vez se hace más hincapié en un “enfoque biopsicosocial”: “Es un problema multidisciplinar. Entra en juego la parte biológica, que sería el ejercicio; la parte mental, los posibles problemas psicológicos derivados de esta afección; y la parte social; que trataría del contexto más inmediato del paciente”. De hecho, prosigue, existen factores psicosociales que predisponen a un paciente a que el dolor lumbar se cronifique: “El sedentarismo, la tendencia a la depresión, el miedo a salir de casa, el estrés, la ansiedad… Son las llamadas yellowflags y tenemos que contemplarlas porque son un factor de riesgo de cronificación bien conocido”.

NAM/Holhangelli Urdaneta/Pasante/Con información de El País
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