domingo 5 de febrero de 2023

¡ZULIA HISTÓRICA EN NAM! ‘La Muerte en Pie’ que sobrevivió a la II Guerra Mundial y se sembró en una Maracaibo que lo enamoró (Fotos)

“… lo más lejos posible de Europa, lo más lejos posible (…) y fue aquí en Maracaibo (…) Donde hoy es el Puente España, en pleno centro, ahí estaba, maltrecha, oxidada y en bastante desuso una sierra industrial para cortar madera, nadie sabía meterle mano a eso, nadie sabía nada de reparación. Pedí un torno y materiales de los que botaban las ‘petroleras’ y la puse a funcionar. Así me di a conocer en esta ciudad y fui ganándome el respeto y admiración de cada persona de esta ciudad. Aquí hice un nombre y poco a poco monté mi empresa, que comenzó con 10 hombres y llegamos a tener hasta 150 trabajadores…

…la primera persona que montó en Venezuela una fábrica de cromar piezas mecánicas lo traje yo y fue aquí, en Maracaibo, donde se hicieron por primera vez en el país esos trabajos. Aquí comenzamos a trabajar de 10 a 20 ejes de gatos hidráulicos largos, es decir, la primera cromadora que se hizo en Venezuela la instalé yo aquí en Maracaibo”.

Delgado alto y de piel clara. Ojos grises cristalino, cabeza despoblada con algunos cabellos caucásicos, piel arrugada de tanto trajinar durante 87 años de sobrevivencia y vivencias (Llegó hasta 95 en 2018 y ahí exhaló el último aliento en “Paola” su casa de siempre). Voz suave, pero aplomada, mirada triste y serena, manos recias con las huellas de alguien que ha construido mucho, cuerpo algo encorvado y andar cansado, Giuseppe Gaiot Sacón, nació en Treviseo, al norte de Italia, el 29 de noviembre de 1924 en medio de uno de los acontecimientos más estremecedores y sangrientos de la historia universal, la Segunda Guerra Mundial, donde su natal Italia estaba más que comprometida con Benito Mussolini al frente.

Habla el periodista redactor

Esta entrevista, me la concedió Giuseppe Gaiot en septiembre del año 2010, es decir hace 12 años. Gaiot tuviese hoy 99 años, casi un siglo. Ejercía yo el periodismo en el diario Versión Final. Conocí al sobreviviente gracias a mi madre, porque, con ella trabajaba y al mismo tiempo estudiaba una profesora de Trabajo Social, oriunda de La Guaira, llamada Consuelo Galindo de Gaiot, que era nada menos que la adorada esposa de Giuseppe. Desde pequeño, siempre admiré a este señor y, cuando ya estaba claro en mi vida que sería periodista, supe que debía hacerle su reportaje para la posteridad.

Este sábado, 23 de julio de 2022, 12 años después, traigo de nuevo, a través de los sábados de ‘Zulia Histórica en NAM’ para todos nuestros distinguidos lectores este trabajo, que considero de los más conmovedores y hermosos que he realizado en mi historia periodística y se lo dedico con gran afecto a María Consuelo Gaiot Galindo y a sus hijos María Paola Puche Gaiot y José Miguel Puche Gaiot, sus tres tesoros.

“La guerra marca para siempre”

“De muchacho me hablaban que por la zona donde vivíamos quedaba el teatro de batalla y había en cada familia un muerto. Un río bastante amplio, que pasaba como a mil metros de mi casa, se teñía todo de rojo por la sangre que dejaban los bombardeos a su paso; de eso me hablaba mi padre cuando yo era muchacho, pero igual lo viví. Aprendí a respirar el olor a pólvora y a carne carbonizada, aprendí a comer lo que me deparaba ese día sin pensar si estaba frío, caliente, si era estiércol o comida. Mis oídos se cansaron de escuchar el chirrido de los aviones, las bombas caer, las explosiones y los gritos desgarradores de mi gente, de mis hermanos de patria”.

Así comenzó su cronológica narración de la época que le tocó vivir y que marcó su vida para siempre dejando secuelas imborrables, como imborrables son las cicatrices dejadas por la guerra en su cuerpo.

Recorrimos Impagro, su gran logro después de sobrevivir literalmente a la guerra protagonizada por Benito Mussolini. Mientras camina con lentitud y nostalgia por su galpón aún con sus tornos y sus maquinarias viejas y un par de trabajadores leales fijando una bisagra a una pieza extraña y de gran tamaño, Gaiot, como si se tratara de un cassette de película, aplica el reverso para contar con imborrable memoria todos los escenarios a los cuales sobrevivió.

“Mi padre estaba herido, el brazo no lo movía. La familia se dividió, mi padre viajó hacia África y a mí me hicieron prisionero. La guerra estaba empeorando; Mussolini llamó al Gran Consejo y allí lanzó la propuesta a todos los que asistimos: ¿paz o guerra? Muchos votamos por la paz, pero, Mussolini fue el creador de la guerra y a quienes votamos por la paz nos tildaron de traidores y nos enviaron a un campo de concentración en Alemania y allí me formé en medio de la guerra”.

“Yo era la muerte en pie”

Gaiot habla y fija sus hermosos ojos grises en mí. Fue un intenso intercambio de miradas, como si de sus ojos salieran proyectados esos escenarios cruentos de la guerra. Yo, inmuto, totalmente estupefacto e hipnotizado de escuchar aquello, fijaba mi grabadora sobre el sofá de esa oficina, en su amada empresa, mientras nada de lo que ocurre a mi alrededor era capaz de perturbarme. Giuseppe narra los hechos que vivió y de pronto hace una pausa, cierra sus ojos por un instante y calla. Inhala una onda respiración por la nariz y luego abre sus ojos aguarapados y perfila su mirada al cielo como pidiendo fortaleza. Recordar aquello es lacerante y su voz aplomada se quiebra:

“En Alemania me decían ‘la muerte en pie’ llegué a pesar 36 kilos por el hambre que pasamos en ese campo de concentración. La comida, era una mano siniestra que apenas se veía en los cuartos oscuros o un palo con el cual nos empujaban un plato con frijoles fríos, raciones muy pequeñas y pan duro. Nos lanzaban bombas a cada rato, murió mucha gente; personas mucho más fuertes que yo caían a mi lado. Yo veía a mi alrededor cabezas, pedazos de piernas, brazos, mucha sangre, en verdad es muy triste recordar estas cosas, los gritos de mujeres y niños jamás los dejo de escuchar, eso no te abandona nunca”.

Travesía aterradora, pero formadora

Su travesía como prisionero de guerra lo llevó a Alemania, Checoslovaquia, Hungría, Yugoslavia e Italia: “Cuando llegué a mi casa, mi hermana no me reconoció. Estaba flaco, pálido, desgarbado, totalmente irreconocible y ella simplemente no podía creer que era yo (…) El que no ha vivido una guerra está muy lejos de saber lo que se vive en ella y los traumas que eso puede traer”.

Pero, como todo, algo bueno debió sacar este soldado de la vida de esos crueles momentos que le tocó vivir:

“En los campos de concentración alemanes trabajé como proyectista en la Fiat. Nos dieron estudios, adiestramiento y especialización. Allí me apliqué a fondo con álgebra, trigonometría y geometría y era que estudiaba con mucha pasión, porque, era la única forma de ocupar la mente en algo que no fuera la guerra y de aquello me enamoré y le dediqué mi vida entera…

…Nos enseñaron, por ejemplo, cómo dividir un milímetro en dos mil partes; dividir un pelo en 15,20 partes, esa es la alta precisión. De allí nos mandan a otra fábrica en Berlín, donde me dieron la oportunidad de demostrar que tenía capacidad para aplicar mecánica de alta precisión…”

El régimen extremista de la guerra le proporcionó una especialización basada en el ‘extremos perfeccionismo’ y el castigo al error. Eso le valió un amplísimo conocimiento en la metalmecánica que luego le serviría para aplicarlo en Venezuela y el Zulia siendo pionero en la materia en todo el país.

“Venezuela me sedujo, Zulia me enamoró”

Su vida de nómada prisionero lo llevó a estudiar geografía económica y, porque, además se lo exigían en los campos de guerra. Estaba decidido a abandonar Europa y Venezuela lo sedujo.

“Norteamérica no me sedujo, porque, de alguna manera estaba vinculada con la guerra. Le dije a mi padre que me diera dinero que estaba decidido a irme para siempre de Europa, donde viví momentos realmente dolorosos e impactantes. Jamás pude dormir tranquilo y aún hoy (septiembre, 2010) a mis 87 años, cierro los ojos y oigo las bombas, veo la gente corriendo de un lado a otro, oigo gritos, llantos, veo cuerpos despedazados, ríos de sangre y despierto temblado, sobresaltado y llorando, esas imágenes nunca se van a ir, jamás te abandonan”.

Más vida que un gato

En su viaje a Caracas vivió otro episodio aterrador, del cual, también salió ileso, todo lo cual, en momentos de reflexión le hacían ver que su presencia y su vida tenían un propósito muy significativo.

El sobreviviente tomó su avión, un DC-30 utilizado para la guerra: “El viaje se interrumpió súbitamente, porque un motor se paró a 3 mil metros de altura, el pánico se apoderó de todos, desviamos el vuelo a Brasil y ahí tuvimos un aterrizaje milagroso. Nos montaron en otro aeroplano y nos enviaron a Maiquetía, allí solo había cuatro casitas y mucho monte”.

En la capital venezolana comenzó a sonreírle la fortuna: “En Caracas vivía un amigo de estudios, Rino Adarmendinna era su nombre. Montó el primer taller de latonería y pintura que hubo en Venezuela. Nadie en Caracas sabía lo que era soldadura ni reparación. Rino tenía allí en su taller a 75 hombres que formó con paciencia y pasión. No recuerdo qué año era, pero entrábamos a la década de los 40. Allí llegaban los clientes y decían cómo querían el vehículo y el taller se encargaba de entregarles exactamente lo que ellos pedían”.

“Lo más lejos posible de Europa”

Pero, Gaiot quería llegar más lejos, “lo más lejos posible de Europa” Y ese lugar era Maracaibo y es allí cuando nos cuenta lo que consiguió al llegar a la capital zuliana.

Los dos primeros párrafos del inicio de este reportaje fueron extraídos expresamente de la narración que hizo en esta parte exactamente, cuando comienza a contar lo que se consiguió al llegar a Maracaibo.

La sierra industrial de cortar madera que consiguió en estado de desuso donde hoy queda el Puente España y de cómo, al pedir un torno y unos materiales de desecho de la industria petrolera, él logró poner a funcionar esa máquina, fue lo que le allanó el camino para emprender hasta llegar a fabricar piezas metalmecánicas de alta precisión para maquinarias de la industria del agro y luego extendiéndose hasta fabricar piezas para taladros de perforación y extracción entre otras piezas del ramo industrial. Nunca nadie lo había hecho entonces.

Tal talento le abrió campo para negociar con otros lugares como Colombia, por ejemplo, donde logró grandes alianzas para expandirse: “Comencé vendiendo piezas para tractores y después monté mi taller y me venían a buscar de todas partes, de Colombia me pedían palas y yo se las vendía (…) Este país marchaba en esa época, tú podías negociar, incluso, con la palabra, no había necesidad de firmar nada, la palabra era el documento más sagrado que existía, ahora todo es burocracia, corrupción y trabas”.

Consuelo, su único amor

Sonríe, se acomoda en el sofá y me mira: “…claro que la amo, cómo no la voy a amar si ella lo ha sido todo para mí (…) mire, la mujer es una cosa seria, a la mujer no hay que discutirle nada ni tratar de que te entienda, a la mujer déjala que te ame y quiérela como ella es (…) Era una mujer muy bella y muy alegre, siempre ha sido alegre Consuelo Antonia y con ella tuve a mi hija, una muchachita, mis ojos, mi adoración (…) ella era algo así como morenita, salió hermosa como su mama y yo le decía ‘mi motiloncita’, era una motilona, una motiloncita”.

Ese día, terminamos la primera parte de la entrevista en Impagro. Yo tenía que interrumpir, porque, requerían a mi fotógrafo, mi buen amigo Wildi Rivero. Raúl Semprún, mi jefe de redacción me apuraba con desespero, porque, a mí, sencillamente se me fue el tiempo y a Wildi lo propio haciendo fotos a diestra y siniestra sin mirar el reloj.

Fuimos después a su casa, su hermosa casa grande y allí concluimos nuestra conversación. Él sacó algunos recuerdos que tenía guardados; Una leontina, unos papeles, una especie de brújula y otros pequeños objetos que conservaba con nostalgia.

Una buena taza de café nos hizo ‘Moti’ su niñita ‘motilona’ que ya era grande y con dos hermosos niños: María Paola y José Miguel.

¿Qué pasó con Impagro?

Pues, Maracaibo se la tragó. Algunas cosas sucedieron, pero, fundamentalmente Gaiot ya estaba agotado, no tenía la misma fuerza para seguir al frente sorteando tantos vaivenes que como traba le ponía el país, este mismo país que ahora tenemos. No sé qué pasó al final con Impagro, pero solo queda en el recuerdo de “Moti” y en el mío, el haber tenido el privilegio de recorrerlo y de conocer máquina a máquina en ese enorme galpón.

Hace cuatro años partió…

Giuseppe viajó a Italia hace poco más de cuatro años. Su hija “Moti” y sus nietos amados lo llevaron para que compartiera y se despidiera de su hermana, tal vez la que aquella vez no le reconoció. Aquel viaje a Italia le removió las fibras de sus recuerdos, se regresó con nostalgia y acompañó a su “Moti” y a sus nietos por un corto tiempo, hasta que, la salud poco a poco lo fue abandonando. Mucho trajín, demasiado cansancio, demasiada batalla para un ser humano que prácticamente tenía la misma fuerza y temple que las piezas de hierro y acero que milimétricamente fabricaba con sus manos y la de sus obreros. Fue un 29 de agosto de 2018 cuando, de seguro, dio un saludo a la bandera y entregó el fusil con el que combatió toda su vida: su voluntad inquebrantable y su amor por la familia y el trabajo y… partió…

Hasta sus últimos momentos, Gaiot no dejó de sorprender a quienes le rodeaban. Cuenta ‘Moti’ que los médicos que lo atendieron estaban patidifusos sin entender las razones por las cuales un anciano de 95 años pudo durar diez días sin ningún tipo de hidratación ni comida: «Sólo esperábamos que muriera, pero él se resistía, como siempre, batallando, luchando hasta que solito, su corazón se paró».

Los médicos -añade María Consuelo- atribuyeron tamaña resistencia a la misma que lo hizo sobrevivir a la guerra. Giuseppe Gaiot era casi de acero.

Para ‘Moti’ y sus dos hijos, fue duro verlo apagarse: «Una memoria tan prolija y tan poderosa como la de él e ir notando que ya todo se borraba de su mente no fue fácil. Mi hija no lo soportó y se mudó con su padre, le partía el alma verlo así; José Miguel fue mi mano derecha, él me auxilió en todo, me ayudaba a atenderlo y a cuidarlo, era muy pegado con papá».

«En medio de su condición senil, ya sin saber que yo era su ‘Moti’ solo me decía: ‘tú eres una gran mujer’ es una frase que llevo siempre conmigo».

Sus manos prodigiosas

Con toda la sapiencia acumulada y los años de interminables estudios, su dominio extraordinario de los números, la geometría, la trigonometría, el álgebra y los milímetros, Giuseppe Gaiot Sacón construyó piezas de todos los calibres:

  • Gatos hidráulicos, largos y cortos
  • Palas mecánicas para tractores
  • Palas para retroexcavadores
  • Piezas para maquinaria agrícola
  • Cromadores de piezas
  • Sierras
  • Engranajes
  • Bisagras
  • Tubería
  • Bombas de extracción de crudo
  • Equipos de exploración y perforación…

Frases de aquel sobreviviente

“Lo único que yo quiero es seguir trabajando, que existan las condiciones que existían antes de poder expandir la empresa. Tener materia prima con qué trabajar; que se acerquen los clientes como hace 30 y 40 años. Que incrementemos la producción en vez de estar importando cosas que perfectamente podemos fabricar aquí, porque, de hecho, yo he fabricado aquí piezas que hoy se importan”

“Quiero vivir al margen de la política, ya he relatado las cosas horribles que viví en la guerra. La política es algo de lo que ni siquiera quiero hablar”.

“El trabajo es lo único que saca adelante a un país; que se trabaje con amor, disciplina, dedicación y deseos de superación y a cada obstáculo hacer frente con el mismo amor y humildad”.

“Aquí hemos diseñado y seguimos diseñando piezas importantes para equipos industriales…Hemos rediseñado y fabricado bombas de extracción de crudo que no las hace nadie en el país y se las hemos presentado a Pdvsa y por el mismo tema político y sus negocios, prefieren importar en vez de invertir en la industria nacional”.

“Yo he dejado mi vida en este galpón, he trabajado con amor y todavía lo sigo haciendo, marcado por las cicatrices y los dolores en mi cuerpo, pero, aquí sigo hasta que me lo permitan”.

“Yo quiero mucho a Venezuela ¡Carajo! Me da coraje ver cómo la gente no quiere a su país, la gente no tiene una cultura del trabajo ni del patriotismo en este país”.

“La industria está paralizada, no hay materia prima para trabajar. De 150 trabajadores apenas si quedan nueve o diez, pero, aquí estamos luchando, buscando las maneras de mantener la empresa y salir adelante”.

“No sé cuál es el rumbo de Venezuela, yo aspiro seguir trabajando y esperar un futuro para nuestros nietos. Ojalá que las cosas mejoren, que la política de paso a cosas más productivas”.

“No veo en este momento una luz al final del túnel. No sé cuál será nuestro futuro. No estoy ni a favor ni en contra del comunismo, estoy totalmente apartado de esos temas”.

“María Consuelo (Moti), mi única hija; María Paola, mi nieta y José Miguel, mi nieto son las tres inspiraciones que me motivan a seguir trabajando y viviendo, por ellos y para ellos”.

Su legado, su familia

María Consuelo Gaiot Galindo se hizo docente, estudió, hizo su postgrado y se ha convertido en una gran profesional de carrera. Sus hijos, los nietos de Giuseppe, siguieron el legado; María Paola se graduó de abogado y José Miguel es enfermero y está cursando sus estudios de Medicina en la Universidad del Zulia (LUZ), siguen juntos en la misma casa grande que les dejó su papá, con sus recuerdos y con todo el amor que, a su estilo, serio, recio y constante, les sembró a todos.

NAM/Ernesto Ríos Blanco/Reportajes Especiales

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