martes 7 de febrero de 2023

¡ESCUCHA EL AUDIO ESCALOFRIANTE! Se cumplen 12 años de la caída del vuelo 2350 Conviasa Margarita-Puerto Ordaz (Audio+Fotos)

El día transcurría con total normalidad, un 13 de septiembre común y corriente, cada quien en su dinámica de vida y de trabajo. Los aeropuertos, como siempre con su actividad en pleno desarrollo. Un vuelo se preparaba para salir desde el aeropuerto Santiago Mariño de Porlamar hasta el aeropuerto Manuel Carlos Piar de Puerto Ordaz. El 2350 de Conviasa, piloteado por un experto con más de 1.200 horas de vuelo como el Capitán Ramiro Cadena Cárdenas, de primer oficial un menos experimentado Luis Albarrán y el técnico de vuelo Gilbert Parada.

Con dos horas de retraso, a las 9:00 de la mañana del lunes 13 de septiembre de 2010, el avión ATR 42-320 matrícula YV 1010 de Conviasa despegó del Aeropuerto Internacional General en Jefe Santiago Mariño de Porlamar, estado Nueva Esparta, rumbo a Puerto Ordaz. 51 personas iban a bordo: 47 viajeros y cuatro tripulantes.

50 minutos más tarde, el vuelo 2350 de Conviasa se acercaba al Aeropuerto Internacional Manuel Carlos Piar. La azafata anunció con voz nerviosa que el aterrizaje ocurriría en pocos minutos, pero el avión no llegó. Se estrelló a las 9:53 am en el patio de la bodega de almacenamiento número 10 de la Siderúrgica del Orinoco (Sidor), a escasas 10 millas de la pista de aterrizaje.

Testimonios de la tragedia

Presentamos a continuación un excelente trabajo del portal web Correo del Caroní que hiciera el año antepasado, tras cumplirse los 10 años de esta tragedia. Hoy lo rememoramos cuando se cumplen 12 años de aquella fatídica mañana. Ha sido el último gran accidente aéreo que se haya registrado en Venezuela, un país destacado por sus pocos accidentes aéreos en relación con el número de vuelos y a pesar de que fallan muchos protocolos de seguridad y todavía se vuelan aviones considerados ya unas reliquias con demasiadas horas de vuelo transcurridas.

El saldo: 34 sobrevivientes y 17 personas fallecidas, entre ellos el pasajero Gustavo Torres. “Es difícil cuando la vida se te va en un segundo”, comentó María Alvea, sobreviviente y comadre del fallecido en entrevista a Correo del Caroní.

Gustavo, María, su esposo José Silva y Nérida Hernández, esposa de Torres, fueron de vacaciones a la isla de Margarita para pagarle una promesa a la Virgen del Valle. Sin embargo, Silva tuvo que ir el domingo a Valencia a una reunión de trabajo y no tomó el vuelo de regreso junto a ellos. “Hasta la fecha doy gracias a Dios por eso, porque si no, no estuviera vivo”, comentó.

Antes de estrellarse recuerda que el avión subía y bajaba, pero pensaba que era algo normal. Al ver el puente Orinoquia se calmó porque pensaba que llegarían a la pista en segundos. “Ya cuando estábamos llegando lo que recuerdo son los gritos de las personas, pero ni me imaginaba, en verdad que el avión se iba a caer”, recuerda.

En su mente aparecen por instantes las imágenes de ese día. Cuando sintió que el avión cayó, notó que aún estaban lejos del aeropuerto. Se desesperó: los asientos se habían desprendido por el impacto y tapaban a su hija María Antonieta, de dos años de edad. Se desabrochó el cinturón y la encontró solo con un pequeño golpe en la boca y en el pie; casi intacta.

Salió por un espacio del avión destruido. Entre el humo, lo primero que vio fue a un trabajador de Sidor, quien le prestó su teléfono para llamar a su madre. A Alvea se le marcó el cinturón en el cuerpo del impacto. Sufrió golpes y quemaduras leves en las plantas de los pies. La sobreviviente tiene marcas que aún la afectan. “A mí me da pánico, desde ese momento los vuelos nacionales no los he podido hacer”, expresó.

Sigue asistiendo a terapia y para despejar la mente trabaja con bisutería. “La psiquiatra me mandó varias terapias y hasta estar en el aeropuerto, pero no he podido, (…) cuando viajo lamentablemente tiene que ser con tratamiento, porque no puedo”, dijo.

Aún tiene las fotos de aquel viaje, un neceser, los recortes de periódico y los boletos de ese día. “A veces quisiera devolver el tiempo, pero no se puede”, expresó. Extraña a Torres, quien era padrino de su hija. Luego del accidente se enteró que estaba embarazada y en honor a su compadre le puso Gustavo a su segundo hijo.

“¿Que si he llorado? he llorado bastante, pero ahí vamos”, comentó. Para Alvea todo fue un milagro, agradece a Dios, a la Virgen del Valle, el rescate de los obreros de Sidor y a los bomberos que salvaron su vida y la de otros 33 pasajeros.

“Prohibido olvidar”

La mañana del lunes 13, Livia Reina estaba preparando el desayuno para recibir a su esposo José Rojas y a sus hijas Nácar y Piliani. Ellos le avisaron que el vuelo estaba retrasado por una falla. Terminó de cocinar y se alistó para ir a trabajar.

José Rojas era oriundo de Nueva Esparta y partió el 2 de septiembre a la isla de Margarita junto con sus dos hijas. Cada septiembre iban de vacaciones y a visitar a su madre quien estaba delicada de salud. 11 días más tarde regresaban para recibir un ascenso en la estatal Bauxilum, en la que tenía casi 30 años trabajando.

Era un viaje de ida y vuelta, regresaría para hacer sus diligencias laborales y que sus hijas se inscribieran en la universidad. Ese era el plan. Cuando terminaba de alistarse, Reina recibió una segunda llamada de su hermana. Le sorprendía la insistencia.

— Mira, pero, ¿estás segura que las niñas salieron hoy de Margarita? —preguntó su hermana por segunda vez.

— Bueno… sí, ellas vienen. Pero ¿qué está pasando? que me has llamado dos veces y estás preguntando lo mismo —respondió exigiendo respuestas.

— Hermana es que están diciendo en las noticias que se cayó un avión que venía de Porlamar…

La mujer fue al aeropuerto y, luego, al Hospital Uyapar. “Estuvimos todo el día ahí esperando a que llegaran los heridos y no llegaba ninguno”, comentó. Livia estaba en shock y pronto perdió la noción del tiempo.

Sus amigos visitaron todos los centros de salud y al no encontrar a los familiares, terminaron yendo a la morgue. Temían decirle, pero pasada las 5:00 de la tarde le confirmaron las muertes de su esposo José y sus dos hijas.

Nácar estudiaba recursos humanos y Piliani iba a empezar sus pasantías como contadora en Bauxilum. “Su papá ilusionado porque en la empresa ella iba a quedar por él, le faltaban seis meses para jubilarse”, expresó. Luego de eso, José y Livia se irían a vivir a Margarita.

“Tuve que enfrentar la vida, con mi dolor, con mi tristeza”, dijo. Fueron años en los que evitaba pasar al frente del aeropuerto Manuel Carlos Piar y se entristecía cuando escuchaba el ruido de los aviones.

Nueve años más tarde migró a España buscando cambiar de aires y salir de la emergencia humanitaria que golpea al país. “Yo misma le pedía a ellos y a Dios sobre todo para montarme en un avión”, manifestó. Nueve años después del accidente, abordó por primera vez un avión para salir de Venezuela.

Luego de 10 años trata de vivir recordando a su familia desde la felicidad, compartiendo más y tratando de valorar la vida. Tiene a su hijo mayor con vida, que vive en Caracas. Livia no olvida que por la negligencia de Conviasa perdió a sus seres queridos. “Siempre digo, prohibido olvidar, porque eso fue una tragedia que se pudo haber evitado”, concluyó.

Una versión más aterradora

E.J. Rivas, no figura en la lista de pasajeros, como tampoco unos cinco pasajeros más. No se sabe las razones, pero Rivas contó con mayor detalle lo que se vivió en esos instantes tan aterradores: «Cuando el avión comenzó a dar saltos bruscos hacia abajo y trataba de subir, pero volvía a bajar súbitamente, yo intuía que algo estaba mal»

Rivas miraba a su compañero de asiento, un desconocido, ambos se miraban como sabiendo que algo malo pasaría: «Me asomé varias veces por la ventanilla y lo que se veía era monte, pero, si notaba que cada vez que me asomaba, estábamos más bajos. De pronto, comienza a sonar una campanita, como un pitico incesante. Es allí cuando comenzó a cundir el pánico».

Rivas sobrevivió para contarlo y relató que son imágenes que jamás se le borrarán de su mente. «Eso nunca lo superas, jamás. Cuando vives cosas así es cuando le vez el rostro a la muerte y la sientes respirándote el pescuezo. De pronto, a los 5 minutos de comenzar a sonar la campanita, el avión se inclina nariz abajo y comienza a descender sin control. Entonces, sale la tripulante de cabina y se ubica adelante, cerca de la cabina de controles. Se sienta y comienza a gritar: ‘Posición de impacto uno, dos, tres; abrochados, uno, dos tres, posición de impacto, vamos a caer, protéjanse».

«De pronto se me olvidó la posición de impacto -narra Rivas- y me vuelvo a asomar por la ventanilla y ya lo que veo es un patio con muchas máquinas viejas, unos tambores de hierro y unos tubos, eso me lo vi casi encima y me vuelvo a colocar en posición de impacto, es decir cabeza gacha entre las dos piernas y los dos brazos cubriendo la cabeza, en posición fetal, esa es la posición de impacto. Solo me pasaba por la mente mi familia, mi mamá, mi hermano y mi esposa. Estaba recién casado, yo me casé en junio del 2009, solo fui a Margarita a un Congreso y me devolvía a Ciudad Guayana para bajar a El Tigre, donde unos familiares, allí terminé llegando, pero fue para recuperarme del accidente».

«Lloraba sabiendo que moriría -continúa el sobreviviente- y de pronto sentí un fuerte golpe y escuché una explosión seguida de un zumbido muy agudo. me aferré durísimo a mí mismo, yo iba en los asientos traseros, un poco más atrás de las alas, cerca de una de las puertas de salida, creo que eso me salvó. Hubo una explosión y solo se escuchaban gritos de la gente. Olía a plástico quemado y a carne quemada, nunca perdí el conocimiento. Cuando el avión se detuvo en su deslizamiento explosivo por el suelo, de inmediato abrí los ojos y a mi lado no había nadie, ni siquiera estaba el asiento donde estaba mi compañero, menos él. Me desabroché y casi al instante un paramédico me sacó de ahí. Me dijo que debíamos salir rápido porque el avión explotaría, luego me pusieron en una camilla y me inyectaron algo que me durmió. Cuando abrí los ojos estaba en el hospital».

«Había mucha conmoción -amplía- Gente gritando y llorando por todos lados. Yo estaba aturdido, me dolía mucho la cabeza. De hecho, sufrí un fuerte golpe en la cabeza y tenía una contusión y una hinchazón muy grande. Me hicieron un montón de exámenes, radiografías, electroencefalogramas, tomografías, de todo y estuve allí como una semana».

 Rivas dice que «todo fue muy rápido. Una vez que caímos todo fue violento. demasiado rápido. A mí me sacaron de la escena en un santiamén. Yo preguntaba era por mi compañero, nadie me daba razón y nunca supe de él, creo que murió».

Rivas vive en Caracas. dice no haber superado el accidente. No se atreve a tomar un avión y cuando le ha tocado, es algo aterrador para él. Sobrevivir a un accidente de estos es algo realmente milagroso.

52 meses más tarde

El mal funcionamiento del Sistema Centralizado de Alerta de la Tripulación (CCAS/CAC, por sus siglas en inglés) activó de forma errónea el sistema de advertencia de pérdida (incapacidad de la aeronave de mantener el vuelo controlado por falta de sustentación). A esto se suman las deficiencias de la tripulación para controlar la emergencia. Ambos factores constituyen “la causa más probable” del accidente, refleja el informe final de la Dirección General para la Prevención e Investigación de Accidentes Aéreos del Ministerio del Poder Popular para Transporte Acuático y Aéreo publicado en diciembre de 2014, cuatro años después de la tragedia.

El asesor jurídico de víctimas aéreas, y quien acompañó también a los sobrevivientes del accidente de Conviasa, William Dugarte, explicó que el informe refleja “causa probable” porque “la aeronave no estaba en condiciones de aeronavegabilidad que exige la autoridad aeronáutica en los estándares internacionales ya que no estaba funcionando la caja negra que registra los parámetros de la aeronave”.

El FDR (grabador de datos de vuelo o caja negra) registra la actividad que se realiza durante el vuelo, maniobras, acciones de los pilotos y hasta movimientos. Su función es registrar datos, para en caso de un accidente, lograr entender y analizar lo ocurrido en los momentos previos y establecer sus causas. Esta herramienta para saber a detalle lo sucedido no funcionaba en el avión.

Conviasa fue creada en 2004 en el mandato del presidente Hugo Chávez. Desde sus inicios ha sido administrada por el Estado; en 2010 contaba dentro de su flota con cuatro aviones ATR-42, luego del accidente entraron en desuso.

El grabador de audio en cabina (CVR, por sus siglas en inglés) permitió determinar tres situaciones anormales: (1) la activación del sistema de advertencia de pérdida; (2) la desconexión del mecanismo de desacople de cabeceo conocida como “Pitch Disconnect” que originó que los dos elevadores se desconectaran complicando las maniobras del piloto; y (3) la manipulación de los compensadores de los elevadores que conllevó a que el piloto ejerciera grandes esfuerzos sobre el control de vuelo antes del impacto.

El avión había tenido un mantenimiento tipo C el 19 de abril de 2010, en las instalaciones de la empresa Air Repair Technologies de Estados Unidos. La compañía contratada por Conviasa no tenía la certificación aeronáutica del Instituto Nacional de Aeronáutica Civil (INAC) en ese momento.

“No logran detectar que el FDR no estaba funcionando, o sea que la caja negra no estaba grabando los parámetros de la aeronave y eso es una obligatoriedad para que una aeronave pueda realizar vuelos”, detalló. Los factores para que hubiera un accidente eran varios, ya que desde Conviasa y el INAC incumplieron las regulaciones aeronáuticas, considera Dugarte.

Falta de rigurosidad

El especialista explicó que el Sistema Centralizado de Alerta de la Tripulación, que se activó de forma errónea, mide los parámetros como altitud y velocidad de la aeronave y advierte irregularidades al piloto.

Dicho sistema arrojó que la velocidad del ATR 42320 estaba por debajo de la recomendada, activando el sistema Stick Pusher. Este mecanismo de defensa empujó la parte delantera de la aeronave hacia abajo, para -en caso de pérdida de suspensión- caer de forma controlada y en el descenso adquirir suficiente velocidad para recobrar el control de vuelo.

Según el informe, las evidencias de la grabación de voces de cabina indican que se presentó la luz ámbar con la leyenda fault, que fue apagada por el copiloto. Pero el sistema se volvía a activar. Al descender, el sistema de advertencia de pérdida debía cancelar el encendido de alarma, luces y vibración, pero este procesamiento tampoco ocurrió y el sistema quedó de forma constante con las alertas activadas.

“Todos estos sistemas se activaron, pero el capitán y el copiloto desconocían el motivo por el cual se estaba presentando esta alerta y allí es que comienzan a entrar en confusión”, contó Dugarte.

Ramiro Cadena era capitán desde 1980, cuando empezó a volar con la extinta aerolínea Viasa. Había volado en Indonesia; sin embargo, no fue hasta 2008 que realizó su primera prueba como piloto de un ATR-42/72.

El siguiente audio recoge todo el vuelo, desde su salida desde Margarita hasta el momento del impacto

El informe final indica que Cadena presentó fallas en sus capacidades cognitivas y habilidades psicomotoras en esa primera prueba. “Su progreso era lento, mostraba desorganización, mostrando deficiencias de conocimiento teórico y dominio de la aeronave”, resalta el escrito. Al año siguiente, en una segunda oportunidad fue que logró completar la certificación como piloto de un ART-42/72.

El análisis psicológico realizado después de su muerte a partir de expedientes de la tripulación, análisis de la transcripción y del audio del grabador de voces de cabina definió que tuvo un pobre desempeño operacional, a pesar de tener suficiente experiencia, con 1.200 horas como capitán de nave en el sistema ATR. “Se deduce una gestión de la cabina de mando, que propina momentos de anarquía y autocráticos, que encubren su vulnerabilidad en el dominio de las habilidades y destrezas necesarias para el puesto que desempeñaba al momento del accidente”, indica el documento.

El copiloto fue calificado con un desempeño insuficiente en la cabina, por manejo operacional errático y aspectos aptitudinales, además de la poca retroalimentación con el capitán de la aeronave. “En general aplicación inadecuada de los recursos de la cabina; pues su comportamiento

fue sumiso y obediente, con pobre comunicación asertiva lo que limitaba la sinergia esperada”, refleja el documento.

La hija de Cadena, Katiuska, declaró en 2012 al diario El Nacional que su padre estaba preocupado por algunas fallas reportadas. “Me decía ‘chama es que, si uno reclama una cosa, te echan. Ayer echaron un compañero mío’, me dijo un día”.  Y como anécdota rememora cuando un día le pidieron la tarjeta de crédito a su padre para recargar con gasoil la aeronave, porque no había quien gestionara en ese momento. Pero todo ello fueron comentarios al margen. La ilusión de Cadena era lograr que Viasa le cancelara la liquidación y luego retirarse y vivir en Margarita, porque “amaba Margarita”.

Sin embargo, el asesor sostiene que el piloto debía tratar de mantener la altura, identificar las fallas y los procesos a aplicar en el manual de vuelo y no comenzar a descender como lo hizo. Para Dugarte, si la tripulación hubiese tenido la capacitación para ese tipo de emergencia no hubiese ocurrido un accidente de tal magnitud.

“Encontramos un clima organizacional dentro de la aerolínea que es complaciente con la deficiencia que viene mostrando su personal a la hora de recibir la formación. En aerolíneas como American Airlines si un piloto no te pasa el simulador, no hay una segunda oportunidad; ese piloto no pasó el simulador”, explicó.

Responsabilidad estatal

“En la aviación es imposible que ocurra un accidente aéreo por una sola causa, tienen que juntarse mínimo dos factores”, advierte el asesor aéreo, quien resaltó que en el caso de Conviasa hubo un mal clima organizacional, complacencia en los procedimientos de entrenamientos de la tripulación, poco seguimiento de mantenimiento de la aeronave y erróneas decisiones de la tripulación.

El especialista manifestó que el INAC contribuyó en los hechos que generaron el accidente al no velar por las regulaciones que tienen establecidas, entre ellas que una empresa que no está certificada haga mantenimientos a una aeronave venezolana. “La autoridad aeronáutica te avala y te autoriza a la realización de estas operaciones. ¿Cómo se llama eso? complacencia, porque es la aerolínea del Estado, el INAC es del Estado”, aseguró.

Los accidentes aéreos en el país no son tan notorios ni recurrentes por la disminución de vuelos y aeronaves operativas. “Cada vez son menos vuelos, menos rutas”, expresó. Con las aerolíneas quebradas y una aviación en crisis los accidentes prácticamente pasan desapercibidos. “No se ha reflejado en números, porque la infraestructura colapsó”, manifestó.

El especialista en operaciones de búsqueda y salvamento, administración de aeropuertos y experto en administración de desastres, Arturo Martín Cuervo, consideró que la tripulación no tenía la capacitación ni los entrenamientos para resolver el problema.

De acuerdo con Martin, hubo desesperación por parte de la tripulación y no se siguió el manual de vuelo. Sin embargo, achaca la responsabilidad a la falta de profesionalismo de la aerolínea. “En ese accidente los culpables no son los pilotos ni la falla de la aeronave, es la organización, que es responsable de tener pilotos entrenados y aviones en buen estado”, señaló.

NAM/Con información de Correo del Caroní

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